Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

martes, 1 de abril de 2014

Narraciones

Un Relato Extraordinario

por : RMP

Estimado lector, esta vez me permito presentarte un pequeño fragmento de un libro titulado “Testimonio”, escrito por el vidente colombiano Marino Restrepo sobre una experiencia sobrenatural que Nuestro Señor Jesucristo le regaló mientras se encontraba secuestrado dentro de una caverna obscura de una montaña de la selva Colombiana, donde tuvo lugar este portentoso encuentro de él y Nuestro Señor Jesucristo. En relato del señor Restrepo es muy conmovedor y muy digno de leerlo en profunda meditación cristiana. Al terminar de leer el libro de referencia, se siente uno más cristiano y más católico que antes de haberlo terminado.

Yo tengo la convicción de que nuestra Santa Iglesia Católica, apostólica y Romana por medio de sus predicadores y escritores, deberían propagar al máximo estos libros que son veneno para el diablo, para los incrédulos y los ateos; así también para los protestantes. Empezad pues, a leer mi muy estimado lector. Dice así:

“En la primera imagen que tuve al comenzar esta experiencia, me vi en un triciclo con un palo en la mano, recorriendo rápidamente el patio interior de mi casa, dañando las plantas por donde pasaba. A partir de ese cuadro, todo se mostró con la misma claridad. De pronto sucedió algo, que tan sólo el Espíritu Santo, en el corazón de cada lector, podría explicar, porque no puedo encontrar palabras para hacerlo. Me encontré, de repente, boca abajo sobre el pasto, sintiendo la frescura de un campo amable. Levanté mi cabeza y miré hacia mi costado derecho. En el tope de una montaña aledaña vi una ciudad iluminada, pequeña, pero vibrante, llena de aparente vida.

No estaba iluminada porque fuera de noche, pues el sentido de día o de noche no parecía existir. En ese instante, escuché una increíble voz que, al comenzarme a hablar, transformó toda mi existencia. Una voz tan majestuosa que ni un millón de palabras podrían describirla. Si tomara todos los Salmos que alaban al Señor, no tendría la suficiente belleza para hacerle justicia a la descripción de esa imponente voz. Miré hacia mi costado izquierdo y vi mi cuerpo como a través de una cortina de humo, tirado en ese cuarto de terror, amarrado y encapuchado. Lo primero que sentí en mi corazón fué que ya había partido de este mundo, pero no me sentía muerto. Por el contrario, si alguna vez he sentido lo que es vida ocurrió en ese instante.

No sentía peso ni dolor, no tenía miedo ni angustia. Tenía el sentido de un cuerpo, a pesar de verme en la lejanía, en el único cuerpo que yo me conocía, pero esto no parecía importarme. La voz que escuché no era humana, era la voz de Nuestro Señor. Nadie podría hablar así, venía de todas partes, parecía que saliese de dentro de mí y llenaba toda la existencia que ahora me rodeaba. Sin embargo, el Señor me lo confirmó al decirme: “Te voy a mostrar desde qué momento comenzaste a alejarte de mí”. No lo hizo de ninguna forma intimidante, sólo sentía un infinito amor, una eterna seguridad de que estaba en las manos de aquel, a quien no tenía nada que temer, a quien sólo podría amar y de quien sólo verdadero amor podría finalmente recibir.

No había un sentido de tiempo ni de espacio, a pesar de observar montañas, la ciudad iluminada, el mismo pasto sobre el que me encontraba acostado. Nada parecía ser, era como si todo existiera sin estar unido, pero en un todo. El Señor procedió a darme una larga y detallada lección sobre el mundo material y mi relación con Él. Siempre que se refería al mundo en algún hecho particular referente a mi vida, podía penetrar en esa ciudad iluminada, que parecía ser como el escenario del mundo material donde yo aparecía en medio de sus ejemplos y enseñanzas. El Señor me dijo que el mundo está tan alejado de Él como nunca en toda la historia de la humanidad lo había estado. Que el estado de idolatría ha superado cualquier ciclo humano del pasado que pueda estar registrado en nuestros anales históricos de las Sagradas Escrituras; que nuestra pobreza espiritual es de dimensiones alarmantes. El mismo progreso industrial y tecnológico y los grandes alcances sociológicos reflejan en iguales proporciones la inmensa quiebra espiritual de la humanidad. Una generación sin luz del cielo, iluminada únicamente por la seducción de una vida transitoria e ilusoria, por la cual se entrega hasta el último esfuerzo para conquistarla.

Siglos de materialismo que poco a poco han derrumbado la estructura espiritual, edificada con la sangre del Cordero y con la de miles de mártires, en los primeros cuatrocientos años del cristianismo. Dice el Señor que ha sido tal el alejamiento de Dios que la humanidad, en su gran mayoría, está exclusivamente dedicada a alimentar lo que va a morir, el cuerpo humano, y totalmente despreocupada de nutrir lo que realmente va a vivir eternamente, como lo es el alma. Es tanta la adoración que se le da a lo material que la gran mayoría de almas pasa a la presencia de Dios en un estado de desnutrición espiritual. Prácticamente, son almas inválidas, que no pueden soportar la luz de Dios. La jornada del alma, durante esta vida en la carne, está orientada a alcanzar la salud espiritual para la vida eterna en el espíritu.

Por medio de la vida en la carne, conscientes de la comunión con el espíritu, podemos beneficiarnos de un crecimiento espiritual que nos dará la gracia de encontrar una unión con Dios en el momento del desprendimiento de la carne o, mejor, en el momento de la muerte del cuerpo humano, que será la máxima realización de la criatura que se funde con su creador para nunca más separarse. Cada instante en la vida del espíritu, mientras camina encarnada por este mundo transitorio, es un espacio de tiempo que puede marcarse para el beneficio eterno, si se vive en armonía con Dios. Al mismo tiempo, cada instante que se vive en el cuerpo sin comunión con el espíritu es un periodo de tiempo que se ha separado de Dios en la misma eternidad.

El Señor nos explica cómo es de importante, para poder establecernos en perfecta comunión entre carne y espíritu, tener que comprender primero algo básico de la sabiduría de nuestra existencia espiritual: el cielo, el purgatorio, el infierno y el mundo material existen al mismo tiempo en la eternidad. Por lo tanto, debemos ser conscientes de que en este mismo instante y desde el mismo instante en que fuimos concebidos en el vientre de la madre estamos parados en la eternidad. Toda nuestra acción permanentemente obra en un plano eterno, sólo que cuando se establece armonía con el espíritu, después de haber estado separado de esta armonía, podemos, mientras estamos en la carne aún, cambiar la relación desarmoniosa que vivimos antes por una de armonía, rehabilitando así todos los instantes que se habían vivido desconectados del espíritu, los cuales podemos llamar momentos de desamor.

Sólo mientras estamos encarnados podemos lograr esta rehabilitación, porque en el momento del desprendimiento del cuerpo material, o muerte de éste, pasamos del estado de la gracia al estado de la justicia. En el estado de la justicia, el alma se encuentra desnuda de la carne, sostenida tan solo en lo que logró establecer como esencia espiritual mientras habitaba en el cuerpo material. Todos los vacíos de amor que se vivieron durante el tránsito de la encarnación se tienen que llenar porque esos son vacíos de luz, la cual forma el cuerpo espiritual que hasta no estar perfectamente iluminado no puede entra a su fuente de origen de luz, que es su Creador. Éste es el estado que llamamos purgatorio. El alma que ya no tiene cuerpo material para pecar, que ya reconoció al Creador como su amo, rechaza al diablo como señor, pero no está en un estado perfecto de pureza, en un estado de perfecta iluminación.


Un Relato Extraordinario
por : RM P

Estimado lector, esta vez me permito presentarte un pequeño fragmento de un libro titulado “Testimonio”, escrito por el vidente colombiano Marino Restrepo sobre una experiencia sobrenatural que Nuestro Señor Jesucristo le regaló mientras se encontraba secuestrado dentro de una caverna obscura de una montaña de la selva Colombiana, donde tuvo lugar este portentoso encuentro de él y Nuestro Señor Jesucristo. En relato del señor Restrepo es muy conmovedor y muy digno de leerlo en profunda meditación cristiana. Al terminar de leer el libro de referencia, se siente uno más cristiano y más católico que antes de haberlo terminado.

Yo tengo la convicción de que nuestra Santa Iglesia Católica, apostólica y Romana por medio de sus predicadores y escritores, deberían propagar al máximo estos libros que son veneno para el diablo, para los incrédulos y los ateos; así también para los protestantes. Empezad pues, a leer mi muy estimado lector. Dice así:

“En la primera imagen que tuve al comenzar esta experiencia, me vi en un triciclo con un palo en la mano, recorriendo rápidamente el patio interior de mi casa, dañando las plantas por donde pasaba. A partir de ese cuadro, todo se mostró con la misma claridad. De pronto sucedió algo, que tan sólo el Espíritu Santo, en el corazón de cada lector, podría explicar, porque no puedo encontrar palabras para hacerlo. Me encontré, de repente, boca abajo sobre el pasto, sintiendo la frescura de un campo amable. Levanté mi cabeza y miré hacia mi costado derecho. En el tope de una montaña aledaña vi una ciudad iluminada, pequeña, pero vibrante, llena de aparente vida.

No estaba iluminada porque fuera de noche, pues el sentido de día o de noche no parecía existir. En ese instante, escuché una increíble voz que, al comenzarme a hablar, transformó toda mi existencia. Una voz tan majestuosa que ni un millón de palabras podrían describirla. Si tomara todos los Salmos que alaban al Señor, no tendría la suficiente belleza para hacerle justicia a la descripción de esa imponente voz. Miré hacia mi costado izquierdo y vi mi cuerpo como a través de una cortina de humo, tirado en ese cuarto de terror, amarrado y encapuchado. Lo primero que sentí en mi corazón fué que ya había partido de este mundo, pero no me sentía muerto. Por el contrario, si alguna vez he sentido lo que es vida ocurrió en ese instante.

No sentía peso ni dolor, no tenía miedo ni angustia. Tenía el sentido de un cuerpo, a pesar de verme en la lejanía, en el único cuerpo que yo me conocía, pero esto no parecía importarme. La voz que escuché no era humana, era la voz de Nuestro Señor. Nadie podría hablar así, venía de todas partes, parecía que saliese de dentro de mí y llenaba toda la existencia que ahora me rodeaba. Sin embargo, el Señor me lo confirmó al decirme: “Te voy a mostrar desde qué momento comenzaste a alejarte de mí”. No lo hizo de ninguna forma intimidante, sólo sentía un infinito amor, una eterna seguridad de que estaba en las manos de aquel, a quien no tenía nada que temer, a quien sólo podría amar y de quien sólo verdadero amor podría finalmente recibir.

No había un sentido de tiempo ni de espacio, a pesar de observar montañas, la ciudad iluminada, el mismo pasto sobre el que me encontraba acostado. Nada parecía ser, era como si todo existiera sin estar unido, pero en un todo. El Señor procedió a darme una larga y detallada lección sobre el mundo material y mi relación con Él. Siempre que se refería al mundo en algún hecho particular referente a mi vida, podía penetrar en esa ciudad iluminada, que parecía ser como el escenario del mundo material donde yo aparecía en medio de sus ejemplos y enseñanzas. El Señor me dijo que el mundo está tan alejado de Él como nunca en toda la historia de la humanidad lo había estado. Que el estado de idolatría ha superado cualquier ciclo humano del pasado que pueda estar registrado en nuestros anales históricos de las Sagradas Escrituras; que nuestra pobreza espiritual es de dimensiones alarmantes. El mismo progreso industrial y tecnológico y los grandes alcances sociológicos reflejan en iguales proporciones la inmensa quiebra espiritual de la humanidad. Una generación sin luz del cielo, iluminada únicamente por la seducción de una vida transitoria e ilusoria, por la cual se entrega hasta el último esfuerzo para conquistarla.

Siglos de materialismo que poco a poco han derrumbado la estructura espiritual, edificada con la sangre del Cordero y con la de miles de mártires, en los primeros cuatrocientos años del cristianismo. Dice el Señor que ha sido tal el alejamiento de Dios que la humanidad, en su gran mayoría, está exclusivamente dedicada a alimentar lo que va a morir, el cuerpo humano, y totalmente despreocupada de nutrir lo que realmente va a vivir eternamente, como lo es el alma. Es tanta la adoración que se le da a lo material que la gran mayoría de almas pasa a la presencia de Dios en un estado de desnutrición espiritual. Prácticamente, son almas inválidas, que no pueden soportar la luz de Dios. La jornada del alma, durante esta vida en la carne, está orientada a alcanzar la salud espiritual para la vida eterna en el espíritu.

Por medio de la vida en la carne, conscientes de la comunión con el espíritu, podemos beneficiarnos de un crecimiento espiritual que nos dará la gracia de encontrar una unión con Dios en el momento del desprendimiento de la carne o, mejor, en el momento de la muerte del cuerpo humano, que será la máxima realización de la criatura que se funde con su creador para nunca más separarse. Cada instante en la vida del espíritu, mientras camina encarnada por este mundo transitorio, es un espacio de tiempo que puede marcarse para el beneficio eterno, si se vive en armonía con Dios. Al mismo tiempo, cada instante que se vive en el cuerpo sin comunión con el espíritu es un periodo de tiempo que se ha separado de Dios en la misma eternidad.

El Señor nos explica cómo es de importante, para poder establecernos en perfecta comunión entre carne y espíritu, tener que comprender primero algo básico de la sabiduría de nuestra existencia espiritual: el cielo, el purgatorio, el infierno y el mundo material existen al mismo tiempo en la eternidad. Por lo tanto, debemos ser conscientes de que en este mismo instante y desde el mismo instante en que fuimos concebidos en el vientre de la madre estamos parados en la eternidad. Toda nuestra acción permanentemente obra en un plano eterno, sólo que cuando se establece armonía con el espíritu, después de haber estado separado de esta armonía, podemos, mientras estamos en la carne aún, cambiar la relación desarmoniosa que vivimos antes por una de armonía, rehabilitando así todos los instantes que se habían vivido desconectados del espíritu, los cuales podemos llamar momentos de desamor.

Sólo mientras estamos encarnados podemos lograr esta rehabilitación, porque en el momento del desprendimiento del cuerpo material, o muerte de éste, pasamos del estado de la gracia al estado de la justicia. En el estado de la justicia, el alma se encuentra desnuda de la carne, sostenida tan solo en lo que logró establecer como esencia espiritual mientras habitaba en el cuerpo material. Todos los vacíos de amor que se vivieron durante el tránsito de la encarnación se tienen que llenar porque esos son vacíos de luz, la cual forma el cuerpo espiritual que hasta no estar perfectamente iluminado no puede entra a su fuente de origen de luz, que es su Creador. Éste es el estado que llamamos purgatorio. El alma que ya no tiene cuerpo material para pecar, que ya reconoció al Creador como su amo, rechaza al diablo como señor, pero no está en un estado perfecto de pureza, en un estado de perfecta iluminación.

Se encuentra en un estado de santidad, pero debe purgar toda la rehabilitación de su cuerpo espiritual que se encuentra aún impuro, por la imperfecta relación de alma y carne durante su periodo de gracia. Si encontramos lo divino, lo perfecto, la excelsa santidad, para compenetrarla, tenemos que alcanzar el estado máximo de pureza. La increíble ignorancia espiritual en que se encuentra la humanidad, según me muestra el Señor, es tal que me señala esta situación presente como peor que Babilonia, Sodoma y Gomorra. El pecado no es un acto de transgresión, sino una forma de vida. Todo se ha justificado para vivir totalmente desvinculados del decálogo santo de los diez mandamientos. La economía del espíritu está en bancarrota. Los seres humanos carecen del conocimiento de la presencia real del diablo en sus vidas.

El Señor se está refiriendo a los que deben saberlo, por tener la gracia del Espíritu Santo, recibida por medio del bautismo, porque aquellos que no han sido bautizados en Cristo, ya por ser paganos, judíos o mahometanos, son llamados a la justicia divina de acuerdo con los talentos espirituales que les dió el Señor. Lo triste es que la inmensa masa de cristianos, que está muy arriba de un billón de seres humanos, no es conciente del Evangelio. No tienen presente en sus vidas la gracia de las enseñanzas de Cristo, plasmadas en el Nuevo Testamento, como mapa perfecto de la salvación. El diablo es algo metafórico, aislado de una realidad diaria. Lo peor de todo, dice el Señor, es que la Iglesia misma, en una gran proporción, se ha desentendido de la enseñanza del conocimiento del enemigo. Hasta el punto que la palabra exorcismo es motivo de la persecución y de discriminación dentro de la misma Iglesia.

Y todo esto por el acomodo que se le ha hecho al Evangelio con el mundo, el protestantismo de la Iglesia Católica, por miedo a ser ridiculizada por un mundo que cada día busca más lo políticamente correcto que la recta devoción. Leia de la enseñanza de Cristo sobre lo que debemos saber del maligno es tan inmensa en el Evangelio que es absolutamente absurdo, dice el Señor, que la Iglesia pueda ignorar que esta enseñanza debe ocupar un plano importantísimo, vital, en la catequesis. Si no reconocemos que el caminar por este mundo transitorio y material es una batalla de vida o muerte del alma, estamos desperdiciando toda la gracia recibida de nuestro Señor Jesucristo, que es la llave del camino, la senda de la verdad, la conquista de la vida eterna.

La trampa más grande, tendida por el enemigo a la humanidad, es el hacernos creer que la vida eterna comienza cuando muere la carne y no durante esta vida, la cual hace aparecer como si fuera otra, separada a la que viene en el espíritu. Si de algo nos ha liberado Jesús es el inmenso error sembrado por el enemigo en el paganismo oriental por miles de generaciones, el error de la reencarnación. Cristo nos mostró cómo existe una sola vida en la carne. El alma nunca regresa a su cuerpo material, sino hasta el momento del juicio final, donde le será integrado un cuerpo perfecto. La astucia del enemigo, que siempre imita lo divino para confundir al hombre, toma el conocimiento que tiene por ser ángel, de que estamos unidos a un solo cuerpo, a un solo árbol, desde el pecado original y, por lo tanto, todos nuestros antepasados están vinculados con nosotros, no solo en una forma genética, sino también en una espiritual.

Todo esto lo tomó Satanás y lo convirtió en reencarnación. Mediante el ocultismo y todas las prácticas paganas de Oriente, el ser humano ha sido separado de la gracia por siglos de siglos. El hecho de que llevamos en nosotros la información de toda la historia de la carne, desde Adán y Eva, hace que Satanás, por medio de regresiones, lleve a mostrarles otras vidas a las criaturas atrapadas en su error y hace creer que esas vidas son de ese mismo espíritu, cuando, en realidad, son las de sus antepasados que están unidos al mismo árbol. El Señor me muestra cómo somos un mismo árbol, y cada uno de nosotros pertenece a una rama del mismo, rama que se remonta hasta nuestros primeros padres, Adán y Eva. Por medio de esa rama, recibimos millones de bendiciones como consecuencia de las buenas acciones de los antepasados, y que el Oriente lo hace aparecer como karma o ley de causa y efecto. También recibimos maldiciones, las cuales se deben a un número limitado de generaciones que Oriente llama mal karma.

Me muestra el Señor un río como comparación de la carne. Si tomamos el río Amazonas, por ejemplo, y sumergimos nuestra mano en el lugar donde nace, en los Andes peruanos, estamos tocando la misma agua de ese río Amazonas que pasa por Colombia. Y si sumergimos nuestra mano en el río Amazonas que pasa por Brasil, estamos tocando la misma agua que pasó por Colombia y Perú. Es un extenso río, pero es la misma agua. Así es la carne humana, dice el Señor, un inmenso río de humanidad, de pecado, que viene desde el nacimiento, desde Adán y Eva.

El Señor me explica que Él toma la carne humana, une lo divino con lo humano, la sumerge en el río de pecado, la crucifica, la resucita y por medio de ella repara el pecado del hombre desde el mismo nacimiento, hasta la última vertiente que correrá hasta su regreso. Es un solo cuerpo material el que toma el Señor y lo sumerge en una sola carne de pecado, redimiendo toda la caída original, devolviéndonos la gracia de la vida eterna, superando la maldición de la muerte, adquirida por la envidia del diablo. Dice el Señor que una inmensa porción de la humanidad, hoy, es un producto de la fornicación y no del amor. Seres humanos que son concebidos a diestro y siniestro, en medio de los pecados más abominables. Todas estas criaturas son, en su mayoría, rechazadas desde el vientre materno y miles de ellas abortadas. Nacen en un mundo sin amor y arrastran la carga, no solo del pecado original, sino también de la abominación del pecado de los padres materiales.

Si bien es cierto que los que heredamos la bendición de ser bautizados en Cristo nuestro Señor somos perdonados y liberados de toda atadura de nuestros ancestros y el pecado de nuestros padres, también es verdad que cuando alcanzamos a pecar y perdemos la gracia, cayendo de regreso en todas las raíces del mal con que nacimos, más las nuevas cadenas de nuestro propio pecado. El pecado no se puede heredar, me explica el Señor, pues se nos ha sido dada la libertad de escoger entre el bien y el mal, pero sí heredamos las consecuencias del mismo. Debido a esta masiva ausencia de amor en tantos millones de seres humanos que nacen en medio de los más horribles pecados, el mundo no podría estar más oscuro.

Estamos inundados de resentimientos, de odios, de corazones abandonados y pisoteados, desde antes de salir del vientre de la madre. Una humanidad que, en su mayoría, busca resolver su dolor creando dolor en los demás e inflingiéndose una naturaleza autodestructiva. Así crean un escenario de vicio, de muerte y desolación. El mismo pecado que penetra la carne, por medio de la impureza sexual, se convierte en su propia esencia que no es más que la muerte, pero ya no la muerte tan solo del cuerpo material, sino también la del alma misma”.

Lector amigo: yo te sugiero comprar este gran libro del Sr. Restrepo porque es como la luz de un nuevo día que nos alumbra para cruzar con seguridad los caminos de este “Valle de lágrimas” como es este mundo engañoso y cruel, que a veces ya no lo podemos soportar.

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