Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

domingo, 2 de febrero de 2014

Libro

HISTORIA DE LA MÚSICA POPULAR MEXICANA

Los Inmortales de la Canción Ranchera

El Rescate de las Esencias Nacionales

La canción campirana originada en el siglo XIX pareció sufrir un proceso de revitalización: se trataba de un nacionalismo que desembocaba en una canción añorante al estilo de la “Canción Mixteca” (1916) de José López Alavez, “La Pajarera”, “El Desterrado” (1917) y “La Borrachita” (1918) de Tata Nacho. La acogida que tuvieron esas canciones elaboradas por músicos con preparación académica fué tan grande y tanta la demanda que en 1919 la RCA grababa en Nueva Jersey toda una serie de canciones con esas características: “Paloma Blanca”, “Juan Soldado”, “A la Orilla de un Palmar”, “El Abandonado”, “La Pajarera” y “Perjura”, ejecutadas por los intérpretes triunfadores de aquellos años: Carmen García Cornejo, Ángel R. Esquivel, Mario Talavera, Felipe Llera y los duetos Ábrego-Picazo y Ovando-Rosete.

Nuevas canciones vinieron a afirmar el naciente género de recreación ranchera, que pronto se convertiría en un producto citadino con color campirano. Tal es el caso de “Adiós Mariquita Linda” (1925) de Marco Antonio Jiménez, “La negra noche” (1926) de Emilio D. Uranga, “Allá en el rancho grande” (1927) en arreglo de Silvano Ramos y “El Limoncito” (1928) en arreglo de Alfonso Esparza Oteo. En los años veinte, el género conocido como “Canción ranchera” estaba muy distante del estilo inseparable del mariachi que ahora se conoce. Por lo general, se le acostumbraba cantar acompañada por piano, orquesta de alientos (maderas) o de cuerdas.

En 1926 se formó en el puerto de Tampico un grupo que iba a ser un eslabón imprescindible en la evolución del género ranchero: Los Trovadores Tamaulipecos. El primer conjunto fué constituido por el agente vendedor de autos, Ernesto Cortázar, el mecanógrafo de Veracruz, Lorenzo Barcelata; el feje de la oficina de bienes nacionales de Tampico, Alberto Caballero; el fotógrafo de una compañía petrolera, Antonio García Planes, y el chofer Andrés Cortés Castillo. La carrera del grupo fué relámpago. En 1927 se encontraban ya en Nueva York y a su retorno a México, después de la trágica muerte de García Planes y Caballero, incluyeron en el grupo a José Agustín Ramírez y Carlos Peña.

En los cortos años de su asociación lograron establecer un estilo de canciones y de ejecución que pronto tuvo muchos imitadores. En 1935, Barcelata y Cortázar se separaron del grupo y gracias a su amistad con Emilio Portes Gil fueron nombrados directores musicales de la XEFO, Radio Nacional. A pesar de las buenas intenciones del futuro presidente y protector de la canción mexicana, los dos compositores no lograron en la radio la influencia definitiva y definitoria de la canción mexicana que se esperaba de ellos, acaso por la poca simpatía que la difusora proyectaba en su auditorio.

La verdadera trascendencia del binomio Barcelata-Cortázar se hizo patente en sus creaciones del género ranchero para el cine nacional. Barcelata y Cortázar fijaron los moldes y el estilo de la canción posterior dentro y fuera del cine nacional. La nueva canción ranchera ya había sido prefigurada por el trío Garnica-Ascencio en 1927 y por infinidad de intérpretes del teatro de revista que contribuyeron a crear el género. Entre ellos podría mencionarse hasta a los yucatecos Guty Cárdenas y Pepe Domínguez, el primero por sus grabaciones de “Albur de Amor” en arreglo de Adolfo Estrada (1929) y “Caminito de la Sierra” de Joaquín Pardavé (1927), y el segundo por sus “Aires del Mayab”, que tenía todo el corte de una canción campirana.

La nueva canción ranchera se manifestaba sobre todo en la modalidad de son alegre, campirano y bucólico-ranchero de “Atotonilco” (1933), de Juan José Espinosa;
“Flor Silvestre” (1929) de los Cuates Castilla o “Soy Virgencita” (1929) en arreglo de Armando Rosales, pero también en el estilo de evocación triste de “La Negra Noche” (1926) de Emilio D. Uranga y en el más popular de todos, el nuevo estilo bravío representado por la cancionera Lucha Reyes cuando se retiró del trío Reyes Ascencio, al perder su voz de soprano, y se dedicó a cantar de garganta.

La Canción Ranchera y el Cine

El estilo ranchero bravío fué el resultado de una conjunción de elementos. La nueva forma de ejecución daba una nueva impostación a la voz o prescindía por completo de ella, utilizando directamente la garganta, aunque esto significara en ocasiones una enunciación rasposa y poco musical (por lo tanto más bravía). Otro elemento determinante fué la incidencia de las actitudes cinematográficas en la aparición de los nuevos temas de la canción ranchera. La canción bravía, escrita en tono mayor, era agresiva, afirmativa y reivindicativa. Si el tema era amoroso, adoptaba un tono exigente y fanfarrón. Estamos aún lejos del lloriqueo hiposo de años posteriores.

El descubrimiento del charro cantor en la película Allá en el Rancho Grande representaba a Tito Guízar como un “charro rosa” y fué la mejor afirmación exitosa del nuevo estilo. “Guadalajara” (1937) de Pepe Guízar puede considerarse como un modelo del género. El afianzamiento definitivo de la canción ranchera ocurrió en los años cuarenta. El nuevo binomio Esperón-Cortázar inició la producción en serie con las canciones de ¡Ay, Jalisco no te Rajes!, la película cumbre de Jorge Negrete. Sin detenerse a hacer las obvias consideraciones sociológicas acerca del macho de la cine-opereta mexicana, habría que señalar que las producciones de Esperón y Cortázar tenían una factura fuera de lo común.

Francamente emparentadas con el tradicional son jalisciense, pero con mucha mayor sofisticación, hacían gala de una invención y una frescura que mantenía en los oídos del oyente del nexo cada vez más lejano con la provincia campirana. Durante los años comprendidos entre 1940 y 1949 dominaron el panorama los intérpretes ya clásicos del género ranchero: Jorge Negrete, Lucha Reyes, el trío Tariácuri con Juan Mendoza a la cabeza, Tito y Pepe Guízar, el trío Calaveras y Matilde Sánchez. La producción de canciones rancheras se concentró en firmas ya conocidas y nuevos epígonos del género: Manuel Esperón, Ernesto Cortázar, Lorenzo Barcelata, Chucho Monge, Pepe Albarrán, Gilberto Parra, Víctor Cordero y Felipe Valdés Leal.

“La Tequilera”, el gran éxito de Alfredo D’Orsay en la voz de Lucha Reyes, inauguró y difundió los nuevos temas e inspiraciones de la canción ranchera: el alcohol, el corrido de nota roja, el abandonado, el desdén y el elogio de provincia al lado del machismo y la afirmación nacionalista o localista. En 1942, Víctor Cordero publicó “Juan Charrasqueado” y en 1945 aparecieron “Así semos en Jalisco” de Pepe Albarrán, “Tequila con limón” de Esperón-Cortazar y “México lindo” de Chucho Monge.

Pepe Guíza

(continuará…)

Nos gustaria saber lo que piensas del blog, escribe un comentario (* campos obligatorios)