Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

jueves, 2 de enero de 2014

Historia

Historia y Evolución de Salvatierra

La Vida Colonial Salvaterrense, 1644-1810 (continuación)

Descripciones Coloniales de la Ciudad de Salvatierra (conclusión)


Descripción de Don Francisco Arnaldo de Ynassi a nuestra ciudad en 1649:

Hase fundado con la nueva ciudad otro convento de los religiosos carmelitas descalzos, que con solo las limosnas y cuidado que ellos ponen ha crecido mucho, y está ya casi acabado, tan curioso y aseado como los demás que tienen en esta Nueva España. Han hecho una huerta muy grande por donde entra el agua de el río. Y pueden regar gran pedazo de tierra, y tratan de hacer puente de cal y canto en el mesmo río grande, por donde puedan los vecinos pasar fácilmente de la ciudad a sus haciendas y de ellas venir los criados y mayordomos a oír misa al lugar. El valle en que está fundada es muy abundante de trigo de riego con el agua de el río Grande que se saca fácilmente y es el mejor de esta provincia y el que más vale en México. Cogen otras muchas semillas de maíz, chile, garbanzo, lenteja, frijoles, y otras cosas en diecinueve labores de trigo con algunos molinos. Hay también algunas haciendas de ganado a los alrededores, el temple es muy bueno, y las aguas, y hay mucho bastimento de carnero, vaca, gallinas y otras aves, y mucho pescado de el río Grande”.

En 1746, Joseph de Villaseñor y Sánchez en su obra: Theatro Americano, describe a la ciudad de Salvatierra en los siguientes términos:

“Esta jurisdicción se halla agregada a la de Celaya, de donde dista doce leguas por el rumbo del oeste suroeste, y de la capital México sesenta y ocho por el oeste noroeste. Es su cabecera la ciudad de Salvatierra, situada en temperamento templado, extendiéndose su ceñido distrito a otros barrios que la circundan, en los que viven novecientas y cinco familias de indios, que hablan del idioma otomí, pero por ser inteligentes en el castellano la mayor parte son administrados en él o por los religiosos franciscanos del convento y doctrina de esta ciudad en la que también otro de carmelitas descalzos que igualmente dan pasto espiritual a la feligresía, la que aumentan cerca de trescientas familias de españoles, mestizos y mulatos, que viven así en ella, como en los ranchos y haciendas del recinto, es también república de indios con gobernador y alcaldes, y regidores que la compones.

Los frutos en que unos y otros comercian son semillas y frutas regionales que produce el país, y en la rivera o isleta del río Grande cultivan abundancia de melones y sandías, que son de los mejores de estas provincias y obispado, y aunque mucha parte del terreno es pedregoso, no carece de fertilidad por las huertas y granjas, que la hacen divertible a la vista, y en sus términos hay varias haciendas, en la que viven muchas familias de españoles, mestizos y otras calidades, dedicadas a las labores del trigo y maíz”.

Con la habilidad y dominio del grandioso y a la vez sutil lenguaje alegórico que siempre caracterizó a sus escritos, el canónigo salvaterrense, D. Agustín Francisco Esquivel y Vargas, describe en su obra: El Fénix del Amor, el paisaje de Salvatierra en el año de 1764:

“A orillas del caudaloso río Grande hace cinta de plata, también diré de oro, por los caudales, con que enriquece a la Nueva España y muchas partes de estos reinos… pero con ninguno se muestra más liberal que con la ciudad de Salvatierra… Goza su situación las más bellas cualidades, cielo alegre, amenidad natural, céfiro apacible, terreno fecundo, aguas saludables y temperamento templado… En la cima de esta situación se ve despeñar el río, en un profundo salto, a cuyo golpe que da en las peñas, rebate a lo alto una espesa munición de agua, que luego se deshace en delgada lluvia o neblina. De esta cima descienden y se reparten, como aquellos cuatro ríos del Paraíso, cuatro caudalosas acequias de una y otra banda en beneficio reparten, como aquellos cuatro ríos del Paraíso, cuatro caudalosas acequias de una y otra banda en beneficio de las labores… Corramos a los alcances del Paraíso por esta bella amenidad… que es usura de los sentidos: allí no tiene que desear la vista con tanta variedad de árboles y frutos de todas calidades, plantas, abundancia de flores, exentas de los rigores del invierno, en una continua primavera, pues hasta el septiembre se mantienen las rosas. El olfato percibe, una cuadra antes de llegar al sitio, el olor de las flores, en especial en la primavera la flor de los ates o chirimoyas, fruta nacional”.

En el mismo año de 1764, el fraile capuchino fray Francisco de Ajofrín a su paso por Salvatierra, la describe de la siguiente forma en su: Diario de Viaje:

“Poco después de Chamacuero se encuentra un río que pasa por el Obraje hasta el pueblo de San Antonio, y sus márgenes están vestidas de sauces y sabinos corpulentos y de unas raíces muy grandes. Por la tarde llovió y se puso el camino muy pesado; fui a dormir a la ciudad de Salvatierra, dos leguas muy largas, jornada nueve leguas.

Me recibió en su casa con mucho afecto el señor doctor Don José Javier de Rivera, cura principal, vicario y juez eclesiástico.

Se halla la ciudad en la longitud de 272 grados, 10 minutos y en la latitud de 21 grados, 30 minutos, en temperamento sano, templado y benigno. Dista de la capital de México por oeste-noroeste, 90 leguas. Su vecindario se compone de trescientas familias de españoles, mestizos y mulatos, y como unos mil indios que hablan el idioma otomí. Era antes doctrina de Padres Observantes; ahora hay un cura clérigo. Su jurisdicción toca a la ciudad de Celaya, por lo que hay sólo Teniente de Alcalde Mayor. La república de indios tiene su gobierno, alcaldes y regidores.

Hay comercio muy bueno de tiendas y mercadurías, demás del que ofrecen las semillas y frutas regionales. Se coge vino, aceite y abundancia de melones y sandías que son las más afamadas de la provincia, y aunque el terreno es pedregoso, es no obstante fértil y abundante por las muchas huertas y granjas que la hacen divertible. Pasa por las cercas de la ciudad el río Grande, que eran los términos de división entre los indios tarascos y mixtecos: sus aguas son muy útiles para regar huertas y haciendas y las riveras del río son frondosísimas y deliciosas. La ciudad tiene sobradísima agua para beber y regar sus jardines.

Hay convento grande de Padres Observantes que era la parroquia antigua; otro de Padres Carmelitas Descalzos; un beaterio con su iglesia, de Nuestra Señora de la Luz, parroquia que se está fabricando; una iglesia y hospicio que están haciendo los Padres Dominicos. Pasé aquí el día de Nuestra Señora del Carmen”.

Escandaloso Litigio por la Hacienda de Santo Tomás entre Órdenes Religiosas en Salvatierra
(Agustinos vs. Franciscanos)

Lo que fuera la hacienda de Santo Tomás, junto con las de la Concepción y San Buenaventura, formaron parte de las extensas propiedades del primer terrateniente del Valle de Huatzindeo Joao de Illanes, vecino de la villa de Zelaya. A la muerte de este en 1590, su yerno Martín Hernández (el viejo) heredó todas estas propiedades.

Entre sus disposiciones testamentarias estaba la fundación de una capellanía sobre estas tierras a favor de los Religiosos Franciscanos del Convento de Huatzindeo. Martín Hernández (el viejo) procreó una numerosa familia, entre los cuales se encontraban sus dos hijas que ingresaron como religiosas al Convento de las Clarisas de México, con los nombres de Sor Melchora de los Reyes y Son Antonia de San Martín, y su hijo Martín Hernández (el mozo).

Por razones económicas, ni Martín Hernández (el viejo) ni su hijo, pudieron pagar las dores de las dos religiosas al Convento, tampoco pagaron un préstamo que este mismo les hizo por la cantidad de ocho mil ochocientos quince pesos de oro, quedando como garantía las extensas tierras donde estaban asentadas las mencionadas haciendas.

Las Religiosas Clarisas demandaron a Martín Hernández (el mozo) por el importe del capital y los réditos de la deuda cuando ya había muerto su padre. Las tierras se remataron y por no haber postores, fueron adjudicadas a las Clarisas en el año de 1669, estas por sus Constituciones tenían prohibida la posesión de bienes fuera de sus conventos e iglesias, por lo que fueron apercibidas por sus superiores a venderlas de inmediato.

Las Religiosas Clarisas vendieron a Antonio Ramos Romano (o Ramos Natera) y a su mujer Antonia Aguirre las haciendas en la cantidad de trece mil pesos de oro común más seiscientos pesos anuales para el pago de los réditos y cincuenta pesos anuales destinados al convento de San Francisco como pago de las misas por la capellanía fundada por Joao de Illanes.

El 7 de mayo de 1695, Antonio Ramos Romano vendió las haciendas adquiridas al Convento Agustino de Celaya, representado por el Padre Fray Antonio Muñoz. Para el pago de esas tierras compradas a Ramos Romano, el Convento Agustino de Celaya tomó en préstamo a Don Antonio Esquivel y Vargas la cantidad de veintidós mil novecientos pesos, garantizando el Convento dicha deuda con las mismas tierras compradas a Ramos Romano, además las de la hacienda de San Nicolás y la de Santiago del Montecillo que estaban unidas en una.

El escándalo se gestó desde dentro de la misma Orden Agustina. Las propiedades pertenecían a un convento específico o a la Provincia, así pues cada cual tenía lo suyo dentro de la misma orden. Esto se agravó porque para el año de 1699 empezó lo que se conoció como la alternancia, o sea que un periodo fuese Provincial un religioso mexicano (novohispano) y al siguiente lo fuese un español.

Por diferencia de opiniones se dividieron los Padres Capitulares en dos grupos, uno se reunió en el Convento de Cuitzeo y el otro en el de Valladolid. Los Capitulares reunidos en Valladolid, eligieron al Padre Fray Juan de la Cueva, a quien reconocieron y dieron la obediencia los conventos con Priores mexicanos. Los que tenían Priores españoles reconocieron al Provincial emanado del Convento de Cuitzeo.

Tomado del Libro: “Historia y Evolución de Salvatierra”
de Miguel Alejo López

La Epopeya y la Leyenda
El Otro Rostro de la Historia
por: J O G

Libertar a una Patria
Sed de Justicia... (continuación)

La adhesión a la causa insurgente, suscitó que desde las primigenias escaramuzas, los españoles fueran enrejados, primero, y luego enviados con premuera a Guanajuato. El cura Hidalgo despachó a un propio para comunicar a las autoridades que no arribaría a esa comunidad de momento, por tener que ponerse en marcha hacia Valladolid, aunque envió instrucciones sobre las acciones insurgentes a seguir, así como una regular cantidad monetaria para fabricar cañones. De los siguientes sucesos, la villa de León solo de oídas fué noticiada, ya de batallas ganadas o perdidas por los insurgentes. Al arranque de octubre, el control insurgente regía ya férreo en buen puñado de villas, llámense León, San Felipe, Dolores, Chamacuero, Celaya, Salamanca, Silao o la simbólica Guanajuato…

El reflujo hispano

Los españoles entendiblemente, reaccionaron con furia. Casi al parejo los mandos militares, políticos y religiosos echaron a andar su saber y poder, buscando nulificar la efervescencia que el preocupante movimiento insurgente estaba ya mostrando. Coincidencia fué que un nuevo virrey recién arribara a la Nueva España, quien luego de puesto al tanto de la grave situación imperante en el país, publicó severas penas contra todo el que estuviera o fuera sospechoso de estar involucrado con la revuelta insurgente. De entrada, comandó que a la ciudad de Querétaro marcharan de la capital virreinal tropas a ampararla; enseguida, envió urgido mensaje a Calleja para que se trasladara a marchas forzadas sus haberes bélicos desde San Luis Potosí hasta la ciudad de Guanajuato y restituyera las simpatías populares leales al rey.

También y con el designio de agenciarse las simpatías populares mando publicar un bando en el cual se dejaban libres del pago de tributos en la Nueva España, a todos los indios y las castas. De igual manera, difundió con premura otro desplegado en el cual tasaban las testas de Hidalgo, Allende y Aldama, maniobra que no provocó efecto alguno de delación. Procediendo así, la altiva autoridad virreinal suponía asegurar que fueran la ambición, la traición y el asesinato las fuerzas oscuras que se encargaran de matar las cabezas y la lucha libertaria; pero…

Los obispos también fraguaron su malévola porción: pretendieron extraer provecho de su autoridad moral, lanzando la excomunión para los insurgentes y la parte del pueblo que los acompañara. Asunto de condena que igual resultó vana…

“La diócesis de Michoacán en voz de su obispo, de quien dependían las villas de Guanajuato, madrugando al virrey lanzó la amenaza de excomunión desde la comodidad de su diócesis en Valladolid, suponiendo que el normalmente sumiso pueblo acataría la orden eclesiástica y dando la espalda al movimiento, dejaría solos a sus líderes, pues la excomunión obligaba al resto de los habitantes de la villa a no ayudar ni siquiera hablar con el excomulgado… Pero fué inútil. Aún así, otros obispos secundaron las medidas como el de Valladolid y los de Guadalajara, Oaxaca y México.

La medida desvaneció en el aire, sin golpear a ninguno de los insurgentes, pues los seguidores del Cura Hidalgo y camaradas del movimiento conocían muy bien la oculta intención clerical y que a estas solo las movían los más intereses políticos y materiales del Cesar que los de Dios”.

Hendiendo un sendero de libertad

En este caminar de cosas andaban, y luego de sopesar la situación, hombres y armas decidieron marchar, poniendo rumbo ahora hacia Nueva Valladolid, donde Hidalgo tenía además de maravillosas memorias de juventud, gran ramilletes de amigos y simpatizantes. Mientras Aldama ocupado estaba en recorrer la región guanajuatense, pueblo por villa, esparciendo la inquietud popular por la libertad, convidando de paso a quienes quisieran agregarse a la disputa contra el monarca español.

Rumbo a Valladolid, el ejército insurgente pasó por comarcas que hoy son nombrados como Valle de Santiago, Yuriria y Salvatierra, y al poco, arribarían a Acámbaro lugar en que reacomodarían ánimo, armas y planes. Y es que, cuando distaban casi a tiro de piedra de Valladolid, Hidalgo y sus inmediatos jefes, prefirieron variar rumbo y llegar a Acámbaro, pues ahí moraban una singular dama llamada Doña Catalina Gómez de Larrondo y el torero Luna, que liderando un puñado de féminas, niños y ancianos, atacaron mediando el 7 de octubre una columna realista, diezmándola y arrebatándole oro, plata y haberes, con que pagarían al ejército real.

“Finalmente enfilaron rumbo a Morelia, donde luego de disponer un gobierno independiente, retornaron sus pasos, de nuevo rumbo a Acámbaro donde el día 22 de octubre se realizó una gran parada militar en la que otorgaron a Don Miguel Hidalgo el nombre y mando como Generalísimo del Ejército Libertador de América, y Allende caminaba ahora como Capitán General del movimiento”.

Ahora México, la capital novo hispana estaba en la mira. Andando estaban y, arribando a un lugar nombrado Las Cruces, alcanzaron sonada victoria, aunque ahí resolvieron no marchar a la capital virreinal, volviendo sus pasos, ahora marchando a Querétaro. A medio trecho hacia esa urbe, en una villa llamada Aculco el ejército insurgente sufriría fea derrota a manos de las tropas del despiadado Félix Calleja del Rey. Ante esta incómoda situación, el grupo comandado por Allende enfiló raudo, ahora hacia Guanajuato; y otros, dirigidos por Hidalgo emprendieron marchas forzadas hacia Guadalajara.

“Por estos días, las plazas insurgentes ya sumaban muchas, en especial las guanajuatenses; puede afirmarse, que de manera total estaban con el movimiento, la gente respondía con fervor y valentía, en particular los más pobres”.

Finalmente, Allende arribó a Guanajuato. Calleja y sus tropas fueron tras de él, para redimir esa importante urbe y vengar las pasadas afrentas de septiembre. Allende envió varias misivas a Hidalgo y Rafael de Iriarte urgiéndoles su ayuda. Pánico e incertidumbre hacían presencia ya en las huestes insurgentes. Tiempo no había para saludar al pánico, y Allende fortificó en lo posible la cerril ciudad con los apenas cañones disponibles. Don Casimiro Chowell, ingeniero minero de La Valenciana acudió al auxilio de Allende, sembrando cientos de barrenos en la cañada de Marfil. Los guanajuateños sin mermar ánimo se dispusieron a defender con sangre su sitio, pues la situación era reverso de moneda de cuando la Alhóndiga de Granaditas.

“Asomando Calleja las afueras de la ciudad, divisó de inmediato la favorable situación en número y armamento. Partió su ejército en dos, para atacar por distintos rumbos, menos transitar por Marfil, pues un traidor lo había puesto sobre aviso de que el paso estaba minado”.


Tomado del Libro: “La Epopeya y la Leyenda, el Otro Rostro de la Historia”
de Jorge Ojeda Guevara

Aztlán: Origen y Destino
El Saqueo de México por España (conclusión)

Todos los países de Europa estaban maravillados por las riquezas que recibí España de las Américas. Esto movió la envidia y la codicia de varios países europeos y pronto se infestaron las aguas del océano Atlántico de piratas y corsarios, principalmente; ingleses, franceses y holandeses, que la mayoría de las veces corrieron con suerte y lograban robar la carga de las naves españolas y huir a resguardo de sus gobiernos cómplices y protectores. Si llegaban a capturarlos, se les daban muertes ejemplares o eran castigados cortándoles las manos, los pies, la nariz y las orejas, a otros más se les untaba miel y se les amarraba a a un árbol, donde se les abandonaba para que fueran torturados por los insectos del lugar.

La corrupción existió desde la llegada de los españoles a América por las muchas actividades prohibidas y que ellos de todas formas llevaban a cabo, en el tráfico de esclavos participaron muchos españoles, al mando, primero, de Cristóbal Colón, y más tarde, de Nuño Beltrán de Guzmán. Ambos mantenían contacto con los piratas ingleses, franceses y holandeses, a quienes les vendían a 2 pesos oro por cada esclavo. La corona española, con una doble moral, por un lado mandaban sus ordenanzas que obligaba a los españoles a respetar a los indígenas, y por otro lado exigía rendimientos, riquezas y ganancias no importando la forma.

España, Madre Patria o Patria Maldita

¿Madre Patria, para quién? Sólo para los propios españoles que vinieron a explotar a América, perdón, a explorar a América. España no fué madres ni para sus hijos nacidos aquí, a quienes llamó criollos, que ya no tuvieron los mismos derechos que los españoles nacidos en la península Ibérica. Pero para los indígenas, España fué peor que una madrastra frustrada: fué una exterminadora, una inquisidora, confabuladora, ambiciosa, codiciosa, cínica, sádica, traidora, hereje, abusiva, saqueadora, en pocas palabras; fué la encarnación del mal para someter a los indígenas.

Los reyes católicos ordenaron que no se esclavizaran y durante tres siglos lo hicieron: Carlos V, en 1543, promulgó que el indio debía ser tan libre como el español y durante tres siglos se les negó su libertad. Se ordenó buen trato y cuidado del indígena y 90 años después de la conquista, ya habían acabado cuando menos con 29 millones de indígenas mexicanos. El holocausto alemán encabezado por Hitler no fué nada si comparamos la aniquilación de seis millones de judíos con los 29 millones de mexicanos. Quizá Hitler fué más rápido, pero los españoles fueron cinco veces más efectivos, traidores, salvajes y sanguinarios.

Es hasta el 6 de diciembre de 1810 cuando un cura criolla, Miguel Hidalgo Y Costilla, el primero de los 200 curas que participaron en el movimiento de Independencia de México, proclamó la abolición de la esclavitud en la Nueva España. Sólo 200 curas tuvieron la capacidad de raciocinio para entender que, para su supuesta madre patria, ellos eran considerados un indígena más, porque los indígenas no eran considerados seres humanos sino propiedades, de esta manera, tanto los ingleses para los indios norteamericanos, como los españoles para los indígenas, consideraban que no podían existir derechos humanos para una propiedad. Los ingleses se fueron más lejos todavía, al querer acondicionar varias islas en Norteamérica, para la cría de negros, ya que consideraban que saldría más barato que traerlos de África.

Pero volviendo a aquellos curas que tuvieron el valor de enfrentarse a la Iglesia Católica, es necesario anotar que la proclama de Miguel Hidalgo, sobre la abolición de la esclavitud, no se concretó hasta 1829, al final del mandato de nuestro primer presidente republicano, Guadalupe Victoria, en 1817 Fernando VII, rey de España, prohibió la introducción de esclavos en cualquier colonia española, pero esa ordenanza hecha por Cédula Real, nunca se hizo cumplir y el tráfico de esclavos continúo de contrabando.

Así como en el levantamiento de Independencia, donde la Iglesia en todo momento estuvo al lado de los españoles, sin importar sus brutales herejías, posteriormente, continuó al lado de los ricos, de la gente en el poder y lo que fué el colmo de las traiciones y de las herejías, en plena guerra entre México y los Estados Unidos de Norteamérica, la Iglesia Católica se alió a los protestantes norteamericanos, con el fin de que no tocaran sus propiedades en México. Eso era lo que más les importaba y al parecer ha sido el interés supremo en toda la historia de la vida de la Iglesia, qué tristeza. Predicaron que no se ofreciera resistencia al invasor norteamericano y llegaron a amenazar con la excomunión a aquellos que lo hicieran.

Más que “Madre Patria”, como no se quién la bautizaría, yo la llamaría “Patria Maldita”. Esa que casi nos dejó exclusivamente para estudio de la Antropología; que nos puso a un paso de ser una especie extinta; que impulsó su lengua de siete millones de hablantes a 30 millones de indígenas; que montó sus templos sobre los nuestros (cuando no los destruyó); que con un frente de 15, 097 frailes impusieron su religión creyéndola la mejor, la única la definitiva, sin importar que para imponerla se tenía que someter y muchas veces hasta matar para escarmiento de los demás, como lo hacían sobre grandes grupos de indígenas paganos.

Esa fué una labor para la que estaba muy bien entrenado el fraile Eusebio Kino, quien con engaños de recibir algún regalo o despensa para la familia, lograba congregar una gran cantidad de indígenas para luego ser masacrados por los fusiles españoles. O aquel experimento de los frailes que, después de establecer la educación superior en la Nueva España (destinada a los españoles y criollos), permitieron el ingreso de algunos indígenas que llegaron hasta el nivel superior y habiendo concluido sus estudios superiores, sobrepasaron las expectativas de los frailes y de los españoles, pues los indígenas superaron con mucho a los españoles y criollos.

Desde ese momento, quedó estrictamente prohibida la educación superior para los indígenas, ya que se podrían convertir en un peligro para la Iglesia, para los españoles, criollos, y para el mismo gobierno español. Así, sin ni siquiera saber leer, nunca se despertaría la curiosidad de conocer los miles de libros que la Iglesia Católica tenía prohibidos, por la información que contenían, porque “era dañino” para la fe y la moralidad de los cristianos.

De esta manera, desde 1590 hasta 1948, la Iglesia publicó 30 índices de libros prohibidos. En el último, prohibió más de 4000 libros. Algunos de los autores prohibidos fueron: Enrique VIII, Martín Lutero, John Calvin, Galileo, Rousseau, Voltaire, Montesquieu, Diderot, Boccachio, Zuinglio, Hus, Dante, Maquiavelo, Savonarola, Tomás Moro, Miguel de Cervantes, Fernando de Rojas, por poner solamente algunos ejemplos.

Pero nuestro presidente indígena, don Benito Juárez García, se les coló a los encargados de vigilar que los indígenas no se prepararan más allá del silabario y verdaderamente si fué un peligro para los ricos descendientes de españoles y para la misma Iglesia. Pero a partir de él, ya nadie lo ha hecho.

Tomada del Libro: “Aztlán: origen y destino”
de: Melquiades González Gaytán

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