Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

viernes, 1 de marzo de 2013

Historia

Salvatierra, una Lectura Profana

Batanes

Un puente es la alianza de Dios con los hombres. Los arcos son la simplificación del puente. El arcoiris, después del diluvio, fué presentado por Dios a Noé como pacto de alianza y reconciliación. San Juan Nepomuceno, después de muerto, fué metido en una piel de toro y tirado al río desde un puente de tres arcos. Santo Domingo de la Calzada construyó un puente para el paso de los peregrinos que iban a Compostela. Santa Irene, esposa de San Sebastián.

Ellos lo saben por tradición oral, son las parvadas que cada noche llegan a refugiarse en los tres sabinos, testigos silentes de los acontecimientos de Batanes, el puente que unió Huatzindeo con la ciudad de San Andrés de Salvatierra, paso de unión, de fraternidad, dolor y vergüenza para algunos, y triunfo para otros.

Hoy están los sabinos, no quedan huellas de las balas, del fragor de las batallas libradas bajo este puente, en el puente mismo. Abrazarse a ellos es sentir el torrente de savia, el paso de los años, la historia:

El 16 de abril se produjo una batalla entre el general insurgente Ramón López y Agustín de Iturbide. Triunfante el segundo, mandó fusilar a 25 liberales que buscaban la independencia de México. Por éste y otros hechos, algunos historiadores califican a Iturbide como: “un militar capaz, que obtuvo varios y sonados triunfos entre los que se cuenta el de su ciudad natal (Valladolid, hoy Morelia), de tan lamentables consecuencias para Morelos, Sanguinario, cruel y casi sádico, sobre todo con los prisioneros. Su nombre acabó siendo uno de los más odiados por los insurgentes por sus ambiciones y ruindades”.

Ahí están tres mezquites. Siempre floreando como un símbolo de inmortalidad, árbol ancestral que ha acompañado al hombre y guardado en su gruesa corteza sus pasos; por algo las cruces de mezquite, las coronas de espinas. Ellos saben y nos dicen, si los sabemos escuchar.

De Iturbide hay otra faceta: su religiosidad, su acendrado catolicismo, que ante otros ojos, ante la mirada conservadora, lo convertía en el nuevo Moisés.

...¡Alumbren, Madre Santa, tus fulgores
La senda de la patria dolorida!
Libértala de iberos opresores
Y llévala a vivir con nueva vida.
La sangre de los nuevos luchadores
No debe en campo estéril ser vertida:
La Patria Mexicana libre sea,
Y libre, constituya su presea.

Paradójico resulta, con los ojos del tercer milenio, entender cómo la Iglesia Católica, que excomulgó y degradó a hombres de la talla de Hidalgo, Morelos y Matamoros, llevó a un realista a consumar una revolución de independencia que nunca compartió, a la que se opuso y anatemizó; cómo un presbítero, al paso del tiempo, hace loas a la patria mexicana para liberarla de iberos y a fin de cuentas, ser ella la consumadora, vía Iturbide que acabó con Mariano Matamoros y moralmente destrozó a José María Morelos y Pavón.

Iturbide, este hombre calificado como sanguinario y ruin, regaló una crucecita de oro para el Niño Jesús, que se encuentra en brazos de Nuestra Madre Santísima de la Luz. Don Ramón López Rayón, general insurgente en la guerra de revolución de independencia, le confiere a la imagen el grado de Capitana en abril de 1812, y la designa “Defensora de la Ciudad”.

Cuatro meses antes, el 6 de enero de 1812, el mismo general Iturbide mandó a celebrar solemne Misa de Función para Nuestra Madre Santísima de la Luz, a fin de nombrarla Patrona de la Guarnición de Civiles. En 1815 el Emperador nombró a la Virgen General de los Ejércitos de Mar y Tierra, imponiéndole una banda y un bastón de mando.

Ahí están los tres añosos árboles, los arcos del puente, las rocas, la ribera y las parvadas, que por generaciones siguen llegando con su ruido, que recuerda la algarabía de esas batallas. Años más tarde, el Puente de Batanes vuelve a surgir a la historia, cuando el General Manuel García Pueblita triunfa sobre los franceses. García Pueblita, héroe nacional del que poco se ocupa la historiografía y que olvidó la tradición popular, está sin embargo presente bajo la sombra vasta de estos tres gigantes.

Conocido como “El General Pueblita”, nació en Pátzcuaro, Michoacán en 1822, nueve años después del fusilamiento de los 25 liberales. Pueblita se distinguió por su arrojo y valentía en múltiples combates. Se alistó en la Guardia Nacional de su estado en la Sección “Matamoros”; durante la intervención norteamericana en 1847, combatió en la batalla de La Angostura. Se mantuvo afiliado al Partido Liberal, en cuya defensa luchó en 1852.

Dos años después, el 5 de mayo de 1854, se pronunció contra la dictadura de Santa Anna, participando en las batallas de la toma de Uruapan, de Paracho, de Aguililla y en el ataque a Morelia. El 23 de septiembre de 1855, entró con el Coronel Epitacio Huerta a esa ciudad, al frente de 800 hombres. En la Guerra de Tres Años defendió la Constitución de 1857, peleando contra Márquez en Acámbaro. Pueblita combatió en Guanajuato y Querétaro, fué gobernador y Jefe Militar de su estado. El 25 de marzo de 1855 venció al imperialista Isasi cerca de Puruándiro.

El 25 de mayo combatió en Zitácuaro y el 2 de junio en Valle de Santiago, Guanajuato. Estuvo al lado de José María Arteaga en el sur de Michoacán. En 1865 es sorprendido en Uruapan por las fuerzas francesas y muerto por un zuavo en la misma casa donde se había alojado. Este hombre cubrió también de gloria las armas nacionales al derrotar a los franceses en el puente de Batán. Se afirma en la Enciclopedia de los Municipios de México, Estado de Guanajuato, capítulo Salvatierra, que el triunfo de Pueblita contra los franceses en el puente de Batanes fué en 1867, pero el dato no es preciso, toda vez que él había muerte precisamente en una celada francesa dos años antes.



Tomado del Libro: “Salvatierra, una Lectura Profana”
de Luis Montes de Oca y Sergio Hernández Saucedo


Historia y Evolución de Salvatierra

La Vida Colonial Salvaterrense, 1644-1810 (continuación)

La Vida Religiosa (conclusión)

Ser cofrade conllevaba obligaciones, como: estar al corriente del pago de las cuotas o jornales, ya en dinero o en especie fácilmente realizable; asistir y participar en todas las celebraciones litúrgicas y de culto propias de la cofradía; cumplir con aquellas encomiendas que se les dieran; aportar recursos para aquellas obras, materiales y espirituales que la cofradía decidiera; y sobre todo, llevar una vida privada y pública congruente con los principios del cofrade. Era común, que toda persona honorable perteneciese alguna.

Las Bulas de la Santa Cruzada tuvieron su origen desde los tiempos anteriores a los Reyes Católicos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Los soberanos españoles habían obtenido el privilegio del Papa, para recoger limosnas destinadas a la reconquista y rescate del Santo Sepulcro, y demás Lugares Santos en manos de los musulmanes, así como, para la reconquista de España, en poder de los moros.

Los fieles recibían a cambio de su limosna, un documento que amparaba su contribución, lo denominaban Bula de la Santa Cruzada, por tanto, todo súbdito de su majestad, debía comprar una bula de aquellas, so pena de ser perseguido como hereje. La Bula de la Santa Cruzada fué una contribución muy productiva para la Corona Española, puesto que la reconquista de España se dió antes del descubrimiento de América, y la última cruzada hacía más de centuria y media que había terminado, sin embargo, la bula se siguió cobrando durante toda la época colonial. Esta contribución fué de tal productividad, que para 1795, el párroco y juez eclesiástico de Salvatierra, pedía autorización para aplicar el excedente de su venta en obras del curato.

Una de las entradas más significativas de dinero que tenían los conventos y curatos, eran los réditos de las capellanías, eran éstas, legados píos que dejaban determinadas personas, para que, con los réditos de esos capitales, se les aplicaran después de muertos ciertos sufragios, sobre todo misas. Otras capellanías estaban destinadas a la celebración anual de actos de culto en honor de alguna advocación de la Virgen María, o de algún santo o santa en particular, para celebrar su festividad. El capital principal de la capellanía estaba impuesto en bienes raíces seguros, a veces en los de la propia iglesia, estos capitales no eran de los conventos o de los curatos, pero tenían éstos la obligación de su custodia y administración.

Para fundar una capellanía, ésta debería ser aceptada por las autoridades religiosas a quien se encomendaba, y después protocolizada ante escribano real, en el protocolo se especificaba hasta el más mínimo detalle de lo que se debería realizar en los actos de culto, como los gastos de la cera, de la pólvora y cuetes, en caso de haberlos, o si la misa era solemne y con cantor o coro, o si debía realizarse una procesión, etc.

Como ejemplo, en el convento del Carmen para el año de 1797, según los registros del libro de capellanías, había impuestas 42 de ellas, con un total de capital de 94, 610 pesos oro, la carga de las misas que por este concepto soportaba el convento era de 823, que se repartían en 69 mensuales, con excepción de los meses de agosto, septiembre, octubre, noviembre y diciembre, a los cuales les tocaban 68 a cada uno. La vida conventual en Salvatierra seguía el ritmo fijado por las normas y leyes propias de cada institución, ajustada como un reloj y sólo interrumpida un tanto, en las festividades y acontecimientos extraordinarios que alteraban en algo, la monótona tranquilidad del existir de entonces.


Por lo general, los religiosos se levantaban a las 4:30 de la mañana en verano o a las 5:30 en invierno, de 5 a 6 ó de 6 a 7 según el caso, tenían la oración de la mañana; se distribuían las horas del Oficio Divino que tocaban a esta parte del día: prima, tercia, sexta, nona; comían temprano, hacia las 12 horas; venía después una hora de recreación y otra de siesta; por la tarde, había rezo de vísperas y otra de oración en común de las 17 a las 18 horas; después de la colación, como llamaban a su parca cena en tiempo que no fuera de ayuno, tenían un rato de tertulia fraternal; por la noche, después del rezo de completas, hacia las 21 horas y media, tomaban disciplina los lunes, miércoles y viernes, azotando su cuerpo por espacio de un Miserere cantado; se acostaban hacia las 22 horas, para levantarse a recitar Maitines y Laúdes a las 24 horas por espacio de una hora.

Una particularidad que nos ilustra el P. fray Isidro de la Asunción, visitador general de la provincia Carmelita a finales del siglo XVII: “es que a muchos frailes no les gustaba estar en Salvatierra, porque debido a lo poco poblado de entonces y ser españoles, se estimaban aislados, sin tener religiosos de muchas órdenes con quienes tratar, ni muchos sermones qué predicar, ni paisanos con quienes, aunque fuera pocas veces, conversar, y en general, la falta de seculares con quien tratar y médicos para curar”. Con esto nos describe en forma interesante, la vida cotidiana en nuestra ciudad.

La Fundación de los Barrios de San Juan y Santo Domingo

Fueron estos barrios los primeros síntomas de crecimiento de la nueva ciudad Salvatierra, y también los primeros asentamientos urbanos de naturales que hubo. El Barrio de San Juan fué fundado a sólo quince años de distancia de la fundación de la ciudad. Fué en el año de 1659, cuando el indio Juan Miguel presentó al Cabildo una petición, para que le hiciera una merced de tierras de 500 varas en cuadro para asentar una comunidad de naturales.

Los naturales que con Juan Miguel presentaron la solicitud de merced de tierras para reunirse y poblar el barrio fueron: Pedro Alonso, Diego Martín, Nicolás Sánchez, Diego Hernández, Juan Cristóbal, Juan Pérez, Nicolás Rodrigo, Agustín Hernández, Diego de Santiago, Juan Pascual, Juan de Soto, Juan Matusino, Juan Francisco, Nicolás Francisco y Juan Antón. Tomaron posesión judicial de las tierras que comprendían, desde el puente Grande (puente de Batanes) hasta la acequia de don Juan de Samoano (hoy canal Reforma), Juan Miguel fué nombrado alcalde y mayordomo del barrio en presencia de don Diego Jacinto Serrano, gobernador de los indios otomíes de las provincias de Acámbaro y Zelaya.

Fué hasta el año de 1667, cuando el obispo de Michoacán fray Marcos Ramírez de Prado, estando de visita pastoral en Salvatierra, les otorgó licencia para edificar la capilla primitiva dedicada a San Juan Bautista, patrono titular del barrio. Esta capilla medía 15 varas de largo por 6 de ancho, con techos de vigas y muros de cal y canto encalados, el altar se labró de cantera donde colocaron la imagen del Santo Patrono. La actual iglesia se terminó en el año de 1735, aprovechando la construcción de la capilla antigua en su mayor parte, para el actual crucero y la sacristía.

Juan Miguel nación en Huatzindeo, de don de sus padres eran vecinos, casó con Catalina Ponce de León, natural y principal del pueblo de Cuitzeo de la Laguna, su juventud la pasó en la hacienda de don Francisco de Raya, donde junto con otros indios habían nombrado patrono a San Juan Bautista. Desde esos tiempos, mostró una especial inclinación a las cosas de la iglesia, fué él, quien en 1631, estando en el jacal del indio llamado Juan Viejo en Huatzindeo, encontró la Sagrada Imagen de Ntra. Sra. de la Luz, llevándosela a la hacienda de San Nicolás para su cuidado y culto.

Todo hace suponer que tuvo una relación muy estrecha con los religiosos Franciscanos desde los tiempos del hospitalillo en Huatzindeo, los siguió hasta su establecimiento en el pueblo de Chochones, pues fué alguacil de la doctrina del convento de San Francisco. A su muerte, en el año de 1670, fué sepultado en la segunda capilla que edificaron los Franciscanos en Salvatierra, la actual sacristía del templo de San Antonio. Trabajó con mucho celo y entusiasmo en el crecimiento y desarrollo del barrio, sin aceptar gentes de mal vivir e invitando a los vecinos a convivir en paz y quietud, pidiéndoles cumplir con sus obligaciones espirituales y con el pago de los reales tributos a su majestad. Corría el año de mil setecientos sesenta y cuatro, cuando el canónigo de la catedral de Valladolid don Francisco Esquivel y Vargas, distinguido salvaterrense hijo del capitán don Antonio Esquivel y Vargas, uno de los fundadores de la ciudad, hizo imprimir el libro titulado El Fénix del Amor en el que describe nuestra ciudad, con ocasión del hallazgo del Señor del Socorro.

Según su crónica, en 1682 se celebró una junta de república de indios vecinos del barrio de San Juan para solicitar una imagen de Cristo Crucificado, una vez hechas las diligencias preliminares, resolvió de acuerdo con unos escultores entrar al monte inmediato en busca de madera para la talla del Cristo, salieron cuatro indios separadamente a practicar la diligencia, al día siguiente, volvió uno de los enviados con la noticia de haber hallado un árbol de corcho o de patol, alto y parejo, con ramas gruesas y en postura adecuada para tallar en él un Cristo. En vista de la noticia, salió un grupo de indios, hallando el árbol de pie y derecho que se mantenía en tierra con tan sólo dos raíces superficiales, comenzaron a descortezar y conforme arrancaban la corteza, fueron descubriendo la imagen ya formada y perfecta del Crucifijo, declarando los escultores que la imagen era tan perfecta, que no era menester más que ponerle la encarnación. Le pusieron la advocación y título del Señor del Socorro.

“Tomóse razón auténtica del suceso, dice el Sr. Esquivel y Vargas, y se mantiene en el Archivo del Convento del Carmen la relación exacta de los hechos, es de advertir que siendo la madera de que está hecha la imagen fofa y deleznable, no ha padecido con el tiempo el más leve quebranto, ni injuria de la polilla, manteniéndose intacta”.

Existió hasta época juarista una hermosa tradición que nos deleita con su pluma Esquivel y Vargas: “Dejase ver la ciudad más hermosa y galana el Miércoles Santo, en lo más apacible de la primavera, que hace las mañanas del más dulce entretenimiento, tal lo es esta mañana en que a sus albores lo hace la gente y, en tropas hace una hermosa concurrencia desde la aurora hasta la hora de salir con la Sagrada Imagen del Cristo de su santuario, se dicen muchas misas, se riegan las calles y se adornan de flores, ramos y frutos, haciendo más vistoso lo que es más conato de la naturaleza que del arte, luego sale el Cristo de su templo con majestad y grandeza, seguido de una ordenada procesión que le conduce a la Iglesia Parroquial donde se le canta misa solemne, para por la tarde hacerle volver a su templo, donde sus fieles ocurren piadosos y confiados al socorro de sus necesidades”.

Tomado del Libro: “Historia y Evolución de Salvatierra”
de Miguel Alejo López


Aztlán: origen y destino

Aztecas, la Séptima Tribu Nahuatlaca

Huitzilopochtli (Mexi, Mexitli) era el máximo sacerdote Azteca, a su muerte se decide buscar el lugar de la profecía hecha por él mismo. En el año 1116 de nuestra era, muere Huitzilopochtli y los Aztecas emprendieron su salida de Aztlán en busca de la tierra prometida. Fué divinizado y sus restos fueron cargados desde entonces hasta ser depositados, mucho tiempo después, en el Templo Mayor, construido en su honor, en la Gran Tenochtitlán.

No se ha podido precisar la fecha exacta en que salieron de Aztlán, pero se sabe que pasaron por Chicomoztoc en el año 1160, lo que concuerda con los siguientes 165 años de peregrinación y el cumplimiento de la profecía, el 18 de julio de 1325. Tenoch, uno de los sacerdotes superiores fué quien cumplió con la profecía. Cuando él estaba al frente, los Aztecas llegaron a aquella isla pantanosa del lago del Valle de México, donde se encontraron “un águila sobre un nopal devorando una serpiente”, fué el último guía y en honor a él, la ciudad de la profecía fué llamada Tenochtitlán. Tenoch murió en el año 1363, 38 años después de haber cumplido con la profecía.

Los Aztecas fueron la última de las siete tribus nahuatlacas que arribaron al Valle de México, llegando en el año 1215 d.C. Estableciéndose en el cerro de Chapultepec en el año 1276 d.C., que era territorio de los Tepanecas de Azcapotzalco, asiento del gobierno de Tezozómoc, Señor de todos los pueblos que se encontraban alrededor del gran lago del Valle de México. Tiempo después, los Aztecas tuvieron problemas con los Culhúas, lo que motivó que Tezozómoc los reubicara, mandándolos a Tizapán, lugar pedregoso, salitroso e infestado de serpientes, con el fin de alejarlos lo más posible y con la esperanza de que se fueran a otras tierras, lejos de sus dominios. Pero los Aztecas eran excelentes cazadores de serpientes y gustaban de comer su carne; también poseían grandes habilidades y conocimientos para trabajar la tierra, por lo que pronto hicieron de Tizapán, un lugar seguro para vivir, casi libre de serpientes y una de las tierras más fértiles de toda la región.

Tiempo después, los Aztecas al mando de Tenoch, pasaron por diferentes lugares, entre ellos Iztapalapa y Mexicalzingo, hasta que finalmente se establecen en una isla pantanosa que nadie quería, pero es en ese mismo lugar, donde se cumple su profecía y por fin encuentran “el águila posada en un nopal devorando una serpiente”, algo para lo que ellos también eran buenos; para devorar serpientes. Cumplida la profecía, los Aztecas deberían fundar, en ese preciso lugar, la Gran Ciudad, a la que nombraron Gran Tenochtitlán.

La gran habilidad que tenían los Aztecas para preparar y cultivar la tierra, ocasionó que las tribus cercanas los envidiaran por las variadas y abundantes cosechas que obtenían, por lo que constantemente eran hostigados. Pero los Aztecas también eran excelentes guerreros, por lo que poco a poco se fueron imponiendo a las tribus de los alrededores. El pueblo Azteca se puede distinguir de todas las culturas del mundo porque en un lapso de tiempo relativamente corto, un siglo, extendió su imperio desde lo que hoy conocemos como el centro de México hasta Centroamérica, recogiendo tributo por lo menos de 30 millones de indígenas que vivían en México, en tiempos en que la cultura Azteca tuvo contacto con los españoles. En ese tiempo, la Gran Tenochtitlán era una gran Metrópoli que contaba por lo menos con cien mil habitantes, población que no tenía ninguna ciudad de España y sólo comparable con algunas ciudades de Europa, como París en Francia y Venecia en Italia.

Había llegado el momento, en el año 1325, se cumplió la profecía. Se iniciaron los trabajos, se clavaron grandes troncos en lo profundo del lago, troncos que fueron unidos por ramas y cañas, cubriendo estos amarres con gruesas capas de tierra, se plantaron sauces estratégicamente alrededor de los terrenos ganados al lago para evitar la erosión, construyendo así una gran cantidad de islas llamadas chinampas. Entre éstas se desazolvaron grandes canales y con este lodo se cubrieron las chinampas, lo cual sirvió como un gran fertilizante.

En las chinampas se diseñaron grandes avenidas y entre éstas, se construyeron una gran cantidad de puentes fijos y removibles que podían aislar a la ciudad y protegerla de los ataques de otras tribus guerreras. Se construyeron una gran cantidad de casas y pronto se convirtió en una importante metrópoli. Se levantaron majestuosos palacios para el Emperador, para los Caballeros Águila y los Caballeros Tigre. Finalmente, en el lugar donde se cumplió la profecía, se edificó el imponente Templo Mayor, dedicado a Huitzilopochtli y donde se depositaron sus restos, ya inmortales y divinizados, que venían cargando durante casi tres siglos, desde el año 1116, en que acaeció su muerte, hasta que se construyó su recinto final.

Por una diferencia entre el sacerdote Tenoch y el sacerdote Atlacuahuitl, la tribu Azteca se dividió en dos partes, una de ellas se fué a otra isla llamada Tlatelolco, lo que dió lugar a que se formaran México-Tenochtitlán y México-Tlatelolco, convirtiéndose en pueblos rivales por mucho tiempo, pero finalmente se volvieron a unir para formar el Gran Imperio Azteca. Tezozómoc, al ver el impresionante desarrollo que empezaba a tener el pueblo Azteca, les exigió tributo, por ser el dueño del lago donde se habían establecido. Tratando de aminorar los tributos, el pueblo Azteca solicitó al señor de Culhuacán les proporcionara un familiar suyo para que los gobernara.

El señor de Culhuacán les dió un nieto al que los Aztecas llamaron Acamapichtli, que quiere decir “el que tiene el bastón de mando”. Esto no gustó a Tezozómoc por lo que en vez de bajarles los tributos se los aumentó. Pero los Aztecas empezaron a mostrar sus destrezas en la guerra y Tezozómoc los empezó a utilizar para conquistar aquellos pueblos que él no había podido dominar, por lo que poco a poco se fueron ganando su confianza.

Empezando con Acamapichtli como primer emperador, a él le sucedieron otros diez emperadores Aztecas, haciendo un total de once:

I Acamapichtli, El que tiene el bastón de mando. (12 años: de 1377 1389)
II Huitzilíhuitl. Cola de colibrí (27años: de 1390 a 1417)
III Chimalpopoca. Escudo que humea. (9 años: de 1418 a 1427)
IV Itzcóatl. Serpiente de pedernal. (13 años: de 1427 a 1440)
V Moctezuma I Ilhuicamina Flechador del cielo. (29 años: de 1440 a 1469)
VI Axayácatl. Cara en el agua. (12 años: de 1469 a 1481)
VII Tizoc. Pierna enferma. (5 años: de 1481 a 1486)
VIII Ahuízotl. Perro de agua. (16 años: de 1486 a 1502)
IX Moctezuma II Xocoyotzin. Señor joven y ceñudo. (8 años: de 1502 a 1520)
X Cuitláhuac. Cieno en el agua. (9 meses: 1520)
XI Cuauhtémoc. Águila que cae. (1 año: de 1520 a 1521)

Acamapichtili tuvo 20 esposas con las que procreó varios hijos, pero sólo dos lo sucedieron; Huitzilíhuitl, segundo emperador Azteca, e Itzcóatl, cuarto emperador Azteca. En sus doce años de reinado, reemplazó todos los jacales de tule, cañas y jaras por casas de piedra, arena y cal. el INFONAVIT (Instituto que en México controla los fondos de los trabajadores para proporcionarles vivienda), debería revisar este periodo. Acamapichtli reconstruyó toda la ciudad de Tenochtitlán con los materiales más modernos de la época: piedra, cal y arena. Hoy en día, en el centro de la ciudad de México, todavía podemos encontrar en pie, algunas de las construcciones que edificó hace 500 años. También dotó de vivienda a todo el pueblo de Tenochtitlán y si no las hubieran derribado los españoles, aquellas construcciones seguramente seguirían hoy en pie.

Tomada del Libro: “Aztlán: origen y destino”
de: Melquiades González Gaytán

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