Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

miércoles, 2 de octubre de 2013

El Rincón para Niños

Juan el Perezoso

Había una vez un niño muy gracioso, muy simpático y muy inteligente que se llamaba Juan, y que por esas buenas cualidades era muy querido de cuantos lo trataban; pero, por desgracia, Juan tenía un grave defecto que disgustaba mucho a sus buenos papás y que le ocasionaba frecuentes disgustos. Juan era sumamente perezoso, de manera que, a pesar de su inteligencia, adelantaba muy poco en el colegio, y sus maestros se veían obligados a castigarlo con mucha frecuencia. No se había encontrado el modo de hacerlo trabajar con método y constancia, por lo que sus compañeros lo llamaban “Juan el Perezoso”.

Era en el alegre tiempo de las vacaciones, el único agradable para Juan en todo el año, cuando nuestro pequeño héroe, aprovechando un lindísimo día de agosto, salió a pasear por una hermosa pradera que se extendía cerca de su casa. El sol brillaba más que nunca y una deliciosa brisa templaba al calor de las ardientes horas del mediodía. Otro niño hubiera, probablemente, corrido presuroso durante mucho rato por aquel bellísimo paraje; pero Juan el Perezoso después de andar breve rato, prefirió tenderse muellemente a la sombra de un copudo árbol, y entretenerse en contemplar desde allí, en tan cómoda posición, el lindo paisaje que a su vista se ofrecía.

El cielo, sin una sola nube, era de un azul espléndido; el campo brillaba en todo su verdor bajo los dorados rayos del sol; la yerba se mecía suavemente movida por la brisa; en los árboles cantaban alegremente los pajarillos, mientras innumerables abejas libaban el néctar de las flores, y por el suelo corrían variados insectos: hormigas, escarabajos y verdes gusanillos. Juan, encantado con cuanto veía, hubiera deseado permanecer allí toda la vida, gozando con los encantos del hermoso día de verano. Mas pronto, una idea, que a él le pareció tristísima, vino a interrumpir su felicidad.

¡Qué encantador sería!, pensaba, pasar así el año entero, tendido sobre la yerba, bajo los árboles, sintiendo ese fresco viento exquisito que parece acariciarme dulcemente la cara, y sobre todo... sin hacer nada... Pero desgraciadamente estamos ya a últimos de agosto; muy pronto llegará septiembre, el odioso septiembre y abandonando toda esta felicidad tendré que volver al colegio; y levantarme temprano, y asistir a clase, y estudiar, y trabajar!!! ¡Qué desgraciado soy!.. Y qué desgraciados son todos los muchachitos que tenemos que ir al colegio!.. ¡Oh!, quisiera ser cualquiera otra cosa: una planta, un pájaro, una abeja, una hormiga,... porque todos ellos viven eternamente aquí y no tienen que trabajar... Así podría hacer siempre lo que quisiera, y todo el año sería de vacaciones para mí.

La pena que la idea de volver al colegio le causaba, no impidió, sin embargo, que poco después el perezoso Juan se rindiese al sueño, quedando plácidamente dormido sobre la yerba. Y entonces tuvo el sueño más raro que había soñado en toda su vida. Le parecía estar donde mismo habíase dormido, a la sombra del árbol, y era el mismo día esplendoroso día de verano; pero con gran sorpresa advirtió que entendía lo que murmuraban las hojas de los árboles al moverse estremecidas por la brisa, lo que zumbaban las abejas al volar de flor en flor, lo que cantaban los pajarillos, y hasta los secretos que se comunicaban las hormigas al tocarse agitando sus minúsculas antenas... Y todo aquello iba dirigido a él.
-¡Juan el perezoso!... ¡Juan el ignorante!... murmuraban burlonamente pájaros e insectos, árboles y flores.- No sabemos qué es mayor, si tu pereza o tu ignorancia. Y a seguidas, oyó el asombrado Juan que murmuraban las hojas de los árboles:
-Este tonto muchachito se figura que nosotros los árboles no trabajamos. Pues mire usted, señor Juan, trabajamos sin cesar: continuamente hacemos crecer nuestras raíces bajo tierra y sobre las ramas las tiernas yemitas que luego convertimos en hojas y flores; luego abrimos esas flores para que en ellas liben las abejas y para que perfumen el ambiente; más tarde las convertimos en frutas para que de ellas salgan las semillitas que producirán otros árboles iguales a nosotros... Y así un día y otro día, a través del año. ¿Trabajamos o no, señor perezoso?

Apenas las hojas de los árboles habían callado, zumbaron rápidamente las abejas:
-Como este niño haragán no estudia lo que debiera, no sabe que nosotras no volamos tontamente, por gusto, de flor en flor, sino que vamos en busca del alimento y del de nuestras hijitas, las larvas que están encerradas en la colmena. Ni sabe tampoco que con el néctar que sacamos de esas flores fabricamos una sustancia dulcísima, llamada miel, ni que fabricamos también otra sustancia blanda y blanca llamada cera, para construir con ella nuestras colmenas, ni que almacenamos nuestro alimento para el invierno cuando no haya flores... Y así un día y otro día, a través del año. ¿Trabajamos o no, señor perezoso?

Luego dijeron los pajarillos:
-Este pequeño Juan se figura que los pájaros no tenemos que hacer más que cantar para arrullar sus oídos. No piensa que cada día nos es preciso buscar nuestro alimento, de frutas, yerbitas, o imperceptibles insectos; que es necesario construir, con muchísimo cuidado, nuestros nidos con yerbas, pajitas, plumas, y cuanto podamos encontrar, y luego, durante muchos días, calentar sin cesar nuestros huevecitos para que se conviertan en pichones: y después que nuestros hijitos han nacido, buscar alimento para ellos también, y ponérselo en los piquitos, y más tarde enseñarlos a volar... Y así un día y otro día, a través del año. ¿Trabajamos o no, señor perezoso?

Y las hormigas, moviendo rápidamente sus antenas, murmuraron:
-¿Qué no trabajamos nosotras las hormigas? Pero, ¿nos has observado bien, niño aturdido? No nos ves siempre atareadas, de un lado para otro, buscando comida para el día de hoy y para el de mañana, arrastrando unas a otras para llevar juntas lo que cada una no podría conducir al hormiguero, construyendo bajo tierra larguísimas galerías para guardar nuestras provisiones?... Y así un día y otro día, a través del año. ¿Trabajamos o no, señor perezoso?

Y todos a coro, hojas y hormigas, pájaros y abejas, repitieron entonces miles de voces:
-¡Juan es el único que no trabaja! ¡Juan es el único que no trabaja! ¡Qué vergüenza ser en el mundo el único que no trabaja!...

Despertó el niño de pronto, frotándose los ojos y le pareció como si todo aquel encantador paisaje hubiera cambiado; no era ya sólo dulzura y reposo lo que se respiraba en él. El campo era como un inmenso taller o como un grandísimo colegio, donde todos se esforzaban incesantemente por cumplir con su deber, mientras él, “Juan el perezoso”, no tomaba parte en el trabajo universal. Y comprendió tan bien lo que los árboles y los animales le habían dicho que era una vergüenza ser en el mundo el único que no trabajaba, que inmediatamente se levantó y se dirigió a su casa a preparar con gran entusiasmo sus libros y sus cuadernos para el próximo septiembre.

Desde entonces, siempre que su antigua pereza quería dominarlo, recordaba la tarde pasada en la pradera y pensaba:
-No puedo yo ser menos que las abejas y las hormiguitas. Si hasta ellas tan pequeñitas e insignificantes trabajan, ¿cómo no he de trabajar yo que quiero llegar a ser hombre de provecho?

Y así, con perseverancia y firmeza, nuestro amiguito, gracias a la lección que le dieron seres muy inferiores a él, dejó de ser “Juan el Perezoso”.

Tomado del Libro “Alma Latina”

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