Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

lunes, 2 de septiembre de 2013

Historia

Literatura de Emancipación de Miguel Hidalgo y Costilla

Don Miguel Hidalgo y Costilla, cura de Dolores, en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, en un acto de heroísmo, decisión y sacrificio, dió el grito de Independencia en el pueblo de Dolores. Era un sacerdote muy ilustrado, de sólida cultura; profesor primero y rector después de la Universidad de San Nicolás en Valladolid; inteligente, lector asiduo de los clásicos, traductor de Moliere y probablemente de Racine. Intentó llevar a la práctica, entre sus feligreses, sus teorías humanistas y ayudó a los indios a encontrar posibilidades para una vida mejor: les enseñó a fabricar seda, cerámica y ladrillos.

Los habitantes de la Ciudad de México tuvieron noticias el 28 de septiembre de 1810 del levantamiento en el pueblo de Dolores a través del a Gaceta, en la cual el Virrey Venegas ofrecía diez mil pesos por la cabeza de Hidalgo, Aldama, y Morelos. En ese mismo periódico se publicó el edicto de excomunión lanzado por el Obispo electo de Valladolid, D. Manuel Abad y Queipo, en contra de los caudillos insurgentes. El edicto inició en la literatura mexicana el género político; no es propiamente un documento religioso, sino una defensa del régimen, y una invitación para agruparse al lado del Virrey, y contrarrestar los efectos de la invasión napoleónica salvando así la unidad del imperio español.

Por su parte, Hidalgo se defiende desde Valladolid de las acusaciones del Obispo, en un manifiesto suscrito el 5 de diciembre de 1810 y que es una protesta energética contra el edicto absurdo de la Inquisición en que se atribuyen faltas conta el Dogma, que él no cometió, con el objeto de presentarlo como hereje abominable a la sociedad de entonces. Elocuente es el curioso documento, que dice más con su sencillez que las miles de proclamas artificiosas. Lo presento, con la inatención de ver en él el estilo utilizado por Hidalgo en su escritura.

Os juro, desde luego, amados conciudadanos míos, que jamás me he apartado de, ni en un ápice, de la creencia de la Santa Iglesia Católica; jamás he dudado de ninguna de sus verdades; siempre he estado íntimamente convencido de la inhabilidad de sus dogmas y estoy pronto a derramar mi sangre en defensa de todos y cada uno de ellos. Todos mis delitos traen su origen del deseo de vuestra felicidad; si éste no hubiese hecho tomar las armas, yo disfrutaría de una vida dulce, suave y tranquila, yo pasaría por verdadero católico, como lo soy en mi lisonjeo de serlo: jamás habría habido quien se atreviera a denigrarme con la infamia de la herejía.

Abrid los ojos, americanos, no os dejéis seducir de nuestros enemigos; ellos no son católicos sino por política, su dios es el dinero, y las contaminaciones sólo tienen por objeto la opresión...Abrid los ojos, vuelvo a deciros; meditad sobre vuestros verdaderos intereses; de este precioso momento depende la felicidad o infelicidad de vuestros hijos y de vuestra prosperidad... Rompamos, americanos, estos lazos de ignominia con que nos han tenido ligados tanto tiempo; para conseguirlo no necesitamos sino unirnos. Si nosotros no peleamos contra nosotros mismos, la guerra está concluida, y nuestros derechos a salvo.

Unámonos, pues, todos los que hemos nacido en este dichoso suelo; veamos desde hoy como extranjeros y enemigos de nuestras prerrogativas a todos los que no son americanos... Establezcamos un Congreso que se componga, de representantes de todas las ciudades, villas y lugares de este reino que, teniendo como objeto principal mantener nuestra Santa Religión, dicte leyes suaves, benéficas y acomodadas a las circunstancias de este pueblo; ellos, entonces, gobernarán con la dulzura de padres, nos tratarán como a sus hermanos, desterrarán la pobreza, moderando la devastación del reino y la extracción de su dinero, fomentarán las artes, se avivará la industria, haremos uso de las riquísimas producciones de nuestros feraces países y a la vuelta de pocos años, disfrutarán sus habitantes de todas las delicias que el Soberano Autor de la naturaleza ha derramado en este vasto continente.

Una escritura clara, transparente es la que presenta Hidalgo a través de este escrito en el cual manifiesta con ahínco lo que busca lograr en nuestras tierras a través de su insurrección.


Grito de Dolores, Llanto de Españoles

Este 15 y 16 de septiembre celebrarán -dice ellos-, un aniversario más de la Independencia de México. Admirarán como siempre la figura del cura Hidalgo y compañeros, ignorando al verdadero libertador de México. Junto con esos festejos, también deben recordarse o conocerse algunos hechos realizados por el cura Hidalgo y compañeros como: los cientos de españoles pacíficos que personalmente mandó degollar en Morelia, Guadalajara, y poblaciones por donde pasaba, y las que bajo las órdenes de la gente de Allende, se realizaron en Guanajuato, la rivalidad con Allende que al final le quitó el mando, la liberación de los criminales mas peligrosos para aumentar su ejército permitiendo asesinatos, saqueos, incendios, etc. Para ellos, nos apoyaremos en la Historia de México escrita por el prestigiado historiador don Lucas Alamán, testigo presencial de esos acontecimientos. Dice Alamán:

Hidalgo, a pesar de la oposición de Allende, decidió marchar a Guadalajara (estaba en Morelia) pero antes, mandó degollar a los españoles que tenía presos. Con este fin dispuso se les sacase en diversas partidas para darles muerte; fuera de la ciudad, la primera salió la noche del 13 de noviembre en la que iban 40 individuos que fueron degollados en la Barranca de las Bateas, la segunda se despachó en la noche del 18 de noviembre y se componía de 44 personas. Todas las circunstancias que contribuyeron en estas atroces matanzas las hicieron más horrorosas: hacíanse por orden de un eclesiástico, el cura Hidalgo, como él mismo lo reconoció en su proceso. En cuanto a los asesinatos de Guadalajara, Hidalgo los calculó en 350, aunque se creyó entonces que habían sido mil (1000).

Entre los muertos había hombres venerables por sus virtudes, ancianos, un sacerdote y un lego carmelita. A todos se les conducía en la noche o la madrugada a algunos kilómetros de distancia, hasta la orilla de un barranco; allí se les desnudaba y atados de manos, eran entregados al bárbaro furor de los indios, que los mataban a lanzadas, empujando sus cadáveres a la profundidad del barranco. Un movimiento de horror se excitó entre toda la gente y muchos se dirigieron a Allende para que tratase de evitarlas, y por ese motivo Allende consultó con el Gobernador de la Mitra si era lícito dar un veneno a Hidalgo para cortar los males que estaba causando, como los asesinatos que por su orden se ejecutaban, porque desde el inicio de la revolución se apoderó Hidalgo de todo el mando tanto político como militar.

La división entre Hidalgo y Allende se hacía cada vez mayor, pues Allende y Aldama no estaban de acuerdo con los excesos que por todas partes se cometían, tolerados por el “bribón del Cura”, como le llamaba Allende a Hidalgo. Después de la derrota de Puente de Calderón, cuando Hidalgo y los suyos huían hacia el norte, cerca de Zacatecas, Allende amenazó a Hidalgo con quitarle la vida si no renunciaba el mando en el mismo Allende, lo que hubo de hacer. Desde entonces, Hidalgo siguió incorporado al Ejército Insurgente sin ningún cargo ni mando. Pero aunque a Hidalgo no le quedase más que la apariencia del poder, hacía uso de ella, para la destrucción de los desgraciados españoles que habían quedado en su poder.

Anticipaba las órdenes para que se recogiesen todos, tuviesen o no indulto y a su llegada eran degollados. Acompañaba a Hidalgo una joven de buen parecer, disfrazada de hombre, parece ser que era su ahijada o más bien su hija según se decía, habida con la mujer de un español que no por eso, dejó de ser de los presos degollados. En cuanto a Allende que defendía la ciudad de Guanajuato del ataque de Calleja. Él y sus generales permanecieron durante toda la batalla en las casas, no habiendo visto ni el humo de la artillería, después de la derrota de los Insurgentes la plebe se arrojó sobre los presos y degolló a la mayor parte de los 247 presos.

En la breve batalla de Aculco, los Insurgentes se pusieron en precipitada fuga, al primer cañonazo, siendo los generales los primeros en huir. Tan repentino engrandecimiento, hizo perder la cabeza a Hidalgo, dábasele el nombramiento de “Alteza Serenísima”, acompañaban su persona oficiales que lo custodiaban, y en todo se hacía tratar como un soberano. Muy seguido había ceremonias a las que asistía el cura generalísimo con gran uniforme, y del brazo de una dama que estaba entonces en todo el esplendor de la juventud y de la hermosura. Lástima que, para Hidalgo solo disfrutó unos cuantos meses del poder.

Llegada de Hidalgo a San Miguel el Grande (hoy Allende)

El Cura Hidalgo llegó a San Miguel al anochecer del 16 de septiembre. En aquella noche y el día siguiente fueron saqueadas las casas de los europeos (españoles) y reducidos estos a prisión. El mismo Hidalgo desde el balcón de una casa, tiraba al pueblo las talegas de pesos gritando: “Cojan hijos, que todo es suyo”. Los criminales que estaban en la cárcel fueron puestos en libertad, y como lo que se hizo en San Miguel con los criminales y los españoles fué lo mismo que se hizo en cuantas poblaciones entraron Hidalgo y los Suyos. El Obispo electo de Michoacán, Abad y Queipo publicó el 24 de septiembre un edicto donde declaró que Hidalgo y sus compañeros, habían incurrido en la excomunión.

Llegada de Hidalgo a Guanajuato y la Toma de la Alhóndiga.

Entregóse la plebe al pillaje de todo cuanto se había reunido en la Alhóndiga y todo desapareció en pocos momentos. Hidalgo se reservó para sí las barras de plata y el dinero. Los saqueadores combatían por el botín y se daban muerte, unos a otros. Comenzó esa misma tarde y continuo por toda noche y días siguientes el saqueo general de las tiendas y casas de los españoles de la ciudad más despiadadamente que lo hubiera hecho un ejército extranjero. En aquella funesta noche no se oían más que los golpes con que echaban abajo las puertas, y los feroces alaridos del populacho que aplaudía viéndolas caer, y se arrojaban a sacar efectos de comercio muebles ropa y toda clase de cosas. Las mujeres huían despavoridas a las casas vecinas trepando por las azoteas.

El día 29 de septiembre, Guanajuato presentaba un lamentable aspecto de desorden, ruina y desolación, la plaza y las calles estaban llenas de pedazos de muebles, de restos de cosas sacadas de las tiendas de licores derramadas después de haber bebido el pueblo hasta la saciedad. Éste se abandona a toda clase de excesos. Mas información: Tomo I y II de la Historia de México, por don Lucas Alamán.

D H R



Aztlán: Origen y Destino

América, el Nuevo Mundo (conclusión)

Américo, más que una persona de trabajos rutinarios, era una persona que gustaba de la aventura y le apasionaba la investigación, por lo que abandonó sus trabajos administrativos en la empresa y se incorporó a las expediciones de exploración que se encontraban en su máximo apogeo. Por lo que se embarcó hacia el Nuevo Mundo en 1499, auspiciado por los reyes de España y en 1501 realizó otro viaje al Nuevo Mundo, patrocinado por los reyes de Portugal. Era un marinero con conocimientos, experiencia en alta mar, y mucha intuición, lo que lo llevó a bordear las costas del Nuevo Mundo, concluyendo después de varios viajes de reconocimiento, que las tierras pisadas por Colón, se trataban de otro continente desconocido hasta entonces y que no se trataba de la región oriental más lejana del continente asiático, como lo creía Colón e hizo creerlo a mucha gente.

Para el año de 1504, Américo tenía claros los contornos del nuevo continente, por lo que estuvo enviando registros de sus descubrimientos al teólogo y cosmógrafo Martín Waldseemuller, de origen alemán, uno de los cosmógrafos más importantes de Europa en su tiempo. Waldseemuller trabajó con la información enviada por Américo, y en 1507 publicó el primer mapamundi al que llamó, “Universales alioriumque lustratines”, un mapamundi impreso en una superficie de 3.5 metros cuadrados, de los que se imprimieron mil ejemplares y hoy sólo se conserva una réplica. En él, se exponía una tierra completamente nueva y en un tamaño nunca presentado. En estas primeras impresiones es donde aparece por primera vez el Nuevo Mundo, identificándolo con el nombre de América; honor que hizo Waldsemuller al marino italiano Américo Vespucio.

Para la Iglesia Católica, que a veces peca de prudente y a veces de vanidosa, el nuevo continente planteó un gran problema, porque los seres humanos creados por Dios, sólo se encontraban en el continente asiático, africano y europeo: más allá de los mares que rodeaban estas tierras, ya no podía, ni debería de existir, más seres vivos, ni más tierras. Este hallazgo de nuevas tierras, con nuevos habitantes, no podía ser explicado.

No tardó mucho en llegar la primera explicación: se argumentó que los pueblos de América descendían de alguna de las doce tribus israelíes, que pudo haberse extraviado, navegar hasta América y establecerse en ella. De aquellas doce tribus formadas cada una por los doce hijos de Jacob, cuatro generaciones después de Abraham: José, Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neptalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón y Benjamín, la tribu de Judá no podía ser, ya que de ella descendió el pueblo de Israel. Tampoco lo podría ser ninguna de las demás tribus, porque algo característico de las doce tribus era su monoteísmo, cuando todas las tribus de América eran politeístas. Nunca hubo una explicación convincente por parte de la Iglesia, que presumía de tener siempre todas las explicaciones y la razón en todo.

La Conquista de México, la aniquilación y el milagro mexicano

La existencia del pueblo mexicano se debe a un milagro, un milagro que no sabemos a quién atribuírselo: si a los dioses Aztecas, que le cumplieron a su pueblo todas sus profecías, haciendo del pueblo Azteca uno de los más grandes, poderosos y fructíferos imperios de América, o al nuevo dios recién estrenado e impuesto por los españoles desde el siglo XV, adquiriendo desde entonces, hasta nuestros días, la fe católica. De tal forma que hoy, 96% de la población la practica, a pesar de haberla implantado en todas sus colonias. Bien se podría decir que los españoles son “candil de la calle y oscuridad de su casa”.

El Dios que nos impusieron, es el mismo que dicen escogió al pueblo de Israel como su favorito, pero que después de 2000 años no ha podido darles un lugar estable, ni paz, ni tranquilidad, ni tolerancia, ni esperanza de su gente. El milagro mexicano se debe a lo que pasó después del descubrimiento de América, en 1492, y posterior a la conquista de México, en 1521.

Justo al contacto de con los europeos, México contaba en sus territorios con 30 millones de habitantes y al interaccionar con el pueblo español, empezó a experimentar un rápido descenso de su población, de tal forma que, para 1534, el país ya solo tenía cinco millones de habitantes, es decir: en 13 años de conquista española, ya habían dado muerte, o hecho esclavos, o vendidos en Europa, a 25 millones de mexicanos. A pesar de ello, continuó la conquista, el tráfico de esclavos, los maltratos, abusos y la sobreexplotación de la población mexicana, con la anuencia de los clérigos que siempre estuvieron acompañando a los conquistadores españoles, desde el segundo viaje de exploración de Colón, en 1493, con su misión evangelizadora que quizá la sintieron una misión imposible.

No era tarea fácil evangelizar a 30 millones de mexicanos, tan arraigados al politeísmo. Y casi se convierte de verdad en un misión imposible, cuando en 1610, se contabilizan en el país menos de un millón de mexicanos: más de 29 millones de mexicanos habían muerto, o habían sido capturados para ser vendidos en Europa. Por poco, y gracias a Dios, los clérigos creyeron que ya no iba a haber a quien evangelizar. Muy a pesar que desde el principio, los reyes católicos le habían prohibido a Cristóbal Colón traficar con esclavos, toda la última América, que iba a vender a Europa, esta fue una de las causas que ocasionó que en 1499, Cristóbal Colón, su hermano Bartolomé Colón, y su hijo Diego Colón, fueran hechos prisioneros en la Isla la Española, que por muchos años fue el cuartel general donde llegaban primero todos los viajes de España y donde se decidía su destino final. .

También de ahí salieron todos los viajes de exploración y de conquista en el siglo XV. Francisco Bobadilla fue quien los apresó y los envió engrilletados a España, donde, a pesar de que a su llegada fueron perdonados por la Corona, a Colón se le quitaron sus títulos y todos los privilegios que tenía. Se podría pensar, que Colón creyó que como España tenía 50 años traficando con esclavos negros de África, queriendo competir en el tan remunerable negocio que iniciaron los portugueses a mediados del siglo XV y que casi tenían el control y monopolio de los esclavos que compraban o capturaban en África y los llevaban a vender a Europa, España podría ahora, por medio de su conducto, competir con Portugal, llevando esclavos de América, donde abundaban y no tenían costo para los españoles, por creer que ellos eran los dueños de todo lo que existía en el Nuevo Continente, como lo dispusieron ellos y el Santo Papa, Alejandro VI, que los confirmó dueños de casi toda América.

Así, en menos de 50 años, despoblaron las islas del Caribe por el salvajismo y la ambición desmedida de los españoles, por el trato inhumano y violento, y por la captura y venta que hicieron de los indígenas, vendiéndolos como esclavos en Europa. A principios del siglo XVI, el fraile dominico Bartolomé de las Casas, “El defensor de los indios”, (¿qué tal si no lo fuera?), sugiere que se trajeran esclavos negros de África, que eran de naturaleza más resistente que los indígenas, para poder sustituir la falta de mano de obra indígena que ya casi habían exterminado los mismos españoles. Tan resistentes fueron los esclavos negros, que en 400 años de tráfico, se comerció con más de cien millones de africanos, dejando al continente africano casi despoblado.

Tomada del Libro: “Aztlán: origen y destino”
de: Melquiades González Gaytán


Historia y Evolución de Salvatierra

La Vida Colonial Salvaterrense, 1644-1810 (continuación)

La Educación, literatura y filosofía (continuación)

Don José Brito serrano, maestro de escuela pública a cargo de la enseñanza de varios niños, se dió cuenta del perjuicio que les causaba en su preparación sus continuas pero necesarias ausencias a la clase. El maestro Brito decidió nombrar a un ayudante que lo sustituyera mientras él estuviere ausente de la ciudad, nombró a Juan López Pallares como ayudante, pero mediante escritura pública, donde se hace constar lo siguiente:

“En la ciudad de Salvatierra, a veintinueve días del mes de septiembre de mil setecientos diecinueve, ante mí el Escribano Público y testigos pareció Don José Brito Serrano, vecino de esta ciudad y maestro examinado en el arte de leer, escribir y contar en los lugares de esta Nueva España, como consta en la carta de examen que pasó en la Corte de la Ciudad de México a los treinta días del mes de junio del año pasado de mil setecientos diecisiete por ante Gabriel de Mendieta Rebollo, Escribano Mayor de Cabildo, y dijo: que por cuanto el susodicho tiene su escuela pública en esta dicha ciudad de niños hijos de diferentes sujetos a la cual dicha enseñanza no puede asistir por algunas demoras que hace fuera de la jurisdicción y en esta ciudad, de que puede redundar el que se atrasen sus discípulos en cuya conformidad y para cumplir con el Juramento que tiene hecho en dicha carta de examen, nombraba y nombró por su sustituto a Juan Pallares, vecino de esta ciudad, para que el susodicho, por sus ausencias y enfermedades, asista a dicha escuela y enseñanza con todo esmero, enseñando y cuidando a los muchachos que hay y que hubiere en adelante, para lo cual le da todos gajes de ella y sea por el tiempo que necesitare la enseñanza perfecta y sin disminución de toda destreza en el arte de leer, escribir y contar de cuatro hijos que tiene a su cargo de Diego Bermúdez –un pudiente de ese tiempo- quien le tiene pagada la cantidad por lo referido como consta en la escritura de obligación que le tiene hecha ante mí el presente escribano, y para el uso de dicha escuela le da al dicho Juan Pallares todo el poder y facultad que por derecho puede y le es concedido para poner ayudante, y se entiende que no le ha de poder quitar el uso al susodicho hasta tanto que enseñe a dichos cuatro muchachos y les dé perfectamente bien adoctrinados y diestros en saber ller, escribir y contar.

Y yo el dicho Juan Pallares, que presente soy, otorgo que acepto este nombramiento y me obligo a cumplir con su tenor y forma y a su enseñanza como va dicha a dichos cuatro muchachos, y a educarlos, y también a todos los demás que fueren a mi cargo, sin faltar a las horas competentes del día de trabajo. Y a la firmeza de lo dicho obligamos nuestras personas y bienes habidos y por haber, con poderío de las Reales Justicias de cualesquiera parte que sean y especial a las de esta ciudad a cuyo fuero nos sometemos: renunciamos el nuestro, jurisdicción, domicilio y vecindad. Ley Sic convenirit, para que nos lo hagan guardar y cumplir por todo rigor y derecho y como si fuera por sentencia pasada y cosa juzgada; renunciamos leyes a nuestro favor con la general del derecho. Y los otorgamos, a quien yo el Escribano Público doy fe que conozco, así lo otorgaron y firmaron, siendo testigos Francisco Ortiz, Juan de Rojas y Francisco Blanco de Medrano, vecinos de esta ciudad. José Domingo Brito –Rúbrica-. Juan López Pallares. –Rúbrica- Ante mí. Agustín Gómez, Escribano Público y de Cabildo. -Rúbrica.”

En Salvatierra la escuela parroquial pública tiene sus orígenes en el año de 1753, cuando don Lorenzo Rodríguez, alcalde ordinario y vecino de esta ciudad, otorgó por testamento signado en Valladolid un capital de 4,500, para que con sus réditos, se formara y fundara una escuela para la educación y beneficio común de todos los niños. El maestro que fuera designado, quedaría obligado a enseñarles a leer, escribir, contar y estudiar la Doctrina Cristiana, sin pago alguno por parte de los educandos, además, tendría también la obligación, de salir de su escuela acompañado por sus alumnos todas las noches rezando en público el Rosario a María Santísima, cuya imagen debería ir con decencia, acompañándola con luces y velas, y cuando no fuera posible por el mal tiempo, se rezaría en la capilla de Ntra. Sra. de la Luz quedando a cargo del párroco.

Para llevar a efecto la fundación formal de la escuela, los aspirantes a maestros deberían presentar muestra de su escritura y caligrafía, para que el párroco con la asistencia de seis vecinos principales, examinara los trabajos y decidiera quién sería al más capaz para desempeñar el puesto. El maestro designado para esta noble tarea fue don José Antonio Altamirano. La escuela estuvo provisionalmente en la calle Real –hoy Hidalgo-, luego fué trasladada a la casa que ocupaba la hoy esquina Norte que forman las calles de Morelos y Leandro Valle.

Existe un informe que rindió el maestro don José Antonio Altamirano al párroco y juez eclesiástico de Salvatierra, sobre las actividades de la escuela pública fechado, el 18 de enero de 1802. Para la fecha del documento en mención, don José Antonio tenía veinte años de servicio como maestro, haciendo referencia de que tenía cuarenta y tantos niños a su cargo, casi todos ellos eran pobres, hijos de viuda, y todos los indios que solicitaban su admisión al párroco. Está redactado en los términos siguientes:

“Reglamento de la escuela pública de esta ciudad que tiene el maestro José Antonio Altamirano, que recibe y admite a todos los pobres huérfanos, hijos de viuda e indígenas, según mandato del fundador de esta obra pía: representándolo el Sr. Cura y Juez Eclesiástico de esta ciudad”.

“Primeramente se abre la escuela a las siete y media de la mañana, comenzando a entrar los niños a esa hora alabando a María Santísima en la puerta, tomando enseguida sus respectivos lugares y dándoles la lección de aquel día; a las ocho de la mañana se toma la table de acientos de niños –léase lista de asistencia- llamándoles por su nombre para conocer los que faltan dando aviso a sus correspondientes casas; y luego inmediatamente se ponen a leer los que ya saben para que éstos tengan cuidado de dirigir a los que ya empiezan; concluido esto, toman sus correspondientes libros para que en la mañana lean en ellos y en la tarde en carta –en voz alta- los que la leen; a las diez del día comienzo a tomar la lección personalmente y sin valerme de persona alguna, para tener tiempo de tomarla a cuarenta y tantos niños, quedándome solo un cuarto de hora después de la acostumbrada hora de salida de una escuela pública; en ese cuarto de hora corrijo planas, rezan la tabla de contar, y leyéndoles día con día la Ortografía del insigne maestro Juan Claudio Asnar de Polanco; en la tarde ya entrados en esta escuela, se acostumbra leer la tabla de hacer cuentas para niños y hacer sus acientos –léase operaciones- respectivos; a las tres y media de la tarde como la lección, veo las cuentas en los cuadernos y registro las planas; concluido esto, rezo con ellos el Rosario o María Santísima ofreciéndolo con sus correspondientes oraciones por el alma del bienhechor de esta obra pía; concluido este ejercicio se reza la Doctrina Cristiana según la cartilla de R.P. Ripalda además de las cuatro oraciones, los mandamientos y los artículos de fe; el sábado por la mañana van en comunidad a misa y se toma lección del catecismo y en la tarde del mismo sábado es la adoración del Señor ante su imagen con flores y velas, y por la noche su Rosario por las calles con sus faroles encendidos, como bien consta a Vuestra Excelencia, y porque así consta lo firmo hoy 18 de enero de 1802, José Antonio Altamirano –Rúbrica-.

Tomado del Libro: “Historia y Evolución de Salvatierra”
de Miguel Alejo López


La Epopeya y la Leyenda
El Otro Rostro de la Historia

por: J O G

Las inculpaciones proseguían su impune marcha, muchas abundantes de lenguaje técnico y aludiendo a las disciplinas eclesiásticas, pero que concluyentemente fueron móvil para que el Consejo de Castilla sugiriera el “extrañamiento” de la orden jesuita y Carlos III signara el decreto que llamaron “La Pragmática Sanción”, que disponía que la Compañía de Jesús fuera echada de España y de todas sus colonias: Cuba, América Central, América del Sur, Filipinas y sabido era que igual suerte aplicaría en la Nueva España. La decisión tornó en fecha: echó a andar en febrero 27 de 1767, cumplimentándose el 25 pero de junio de ese mismo lapso. En previsión de motines populares, el casi silencio fraguó el plan, obligado con pena de vida al indiscreto o delator, pues los sacerdotes de la Compañía de Jesús gozaban de renombre; de tal eficiencia la malévola medida, que los altos mandos civiles se enteraron de la maniobra real hasta la noche previa al desalojo. Los villanos de todo el imperio español nada sabedores del movimiento, solo hasta la llegada el alba de aquel 25 de junio.

Guanajuato, castigo y sangre. La real disposición arribó a México a las manos del virrey Carlos Francisco de Croix, y correspondió a él transferir la gravísima noticia al visitador José de Gálvez, al arzobispo de México y a la progenie en general. Esa fatídica madrugada del 25, gran cifra de soldados hicieron amenazadora presencia en todos los domicilios jesuitas cumplimentando la real orden. No ocurrirían excepciones, a no ser que apareciera enfermo, doliente o agónico. Sin distinción, debían ser apresados y conducidos a Veracruz... para su expulsión. Al momento de la canallada real, la Nueva España albergaba espacios para 562 miembros de la Compañía distribuidos en 11 seminarios y 30 casas.

Antes de salir el sol de aquel día, las tropas cerraron calles, plazas y veredas que llevaban a las moradas de los frailes, facilitando así el cumplimiento de la maléfica “Pragmática Sanción”. Difícil no es figurarse la expresión de asombro e incredulidad de los padres que de un día para otro tropezaron con agresivos mandos que poco antes habían confesado culpas con ellos, donde, prometiendo enmienda, les otorgaron penitencia, bendición y absolución...

Arribada la hora de la celebración de la madrugada misa, los fieles encontraron con que no solo las puertas de los templos no estaban abiertas, sino custodiadas por malcaradas tropas que por toda explicación farfullaron rasposamente que:

“...por órdenes del rey quedan suspendidos los servicios sacerdotales de los jesuitas”

...y les lanzaron amonestación de penas y castigos para aquellos que no acataran la real disposición al pie de la letra, que residía desde las rejas y hasta la horca... Correspondiente estado de cosas caminó San Luis de la Paz, Celaya y León.

Al momento del estallido del conflicto, la casa de Guanajuato albergaba 10 sacerdotes con fray José Luis Aguirre oriundo de la ciudad de México al frente; los orígenes de los frailes variaban, pues mostraban oriundez lo mismo de sitios como Puebla, Zaragoza, Oaxaca, Rosario Sinaloa, que de la muy distante Nicaragua. Las bayonetas solo dieron ocasión y rato para juntar una muda de ropa, libros de rezos y quizá algún rosario. Aunque el mandato era no injuriarlos ni maltratarlos, hubo explicablemente empujones y jaloneos por doquier. Como de sospechar es, inmuebles, valores, dinero, haciendas y todo bien raíz fué confiscado en provecho del rey. La soldadesca solo respetó los objetos de servicio directo para el culto como vasos sagrados, ornamentos, custodias y crucifijos.

La reacción popular demoró en declararse, aunque de hecho serían los mineros quienes abordarían la dificultad con acciones concretas: acarrearon casi a la fuerza a los padres a sus propias casa, determinados a custodiarlos. Además, se pusieron en tumulto rumbo a las casas reales para apedrearlas, saqueando y pillando oficinas gubernamentales, declarándose en rebeldía, poniendo en entredicho a la autoridad civil. A no dudar, caminó por su entendimiento la ingenuidad que ante hechos consumados, el rey tendría que corregir su injusta ley ante la resistencia popular. Pero nunca ocurrió, porque Carlos III en todo el imperio español nunca admitiría límite ni retractaba sus dichos...

Croix, con la encomienda de ejercer rejas y espada contra quien se contrapusiera a la orden real, pregonó ese 25 de junio en un bando que refería:

“y me veré precisado a usar del último rigor, o de ejecución militar contra los que en público, o secreto hicieren con este motivo, conversaciones, juntas, asambleas, corrillos o discursos de palabra o por escrito; pues de una vez para lo venidero deben saber los súbditos del gran Monarca que ocupa el trono de España, que nacieron para callar, y obedecer, y no para discutir, ni opinar en los altos asuntos del gobierno”.

ESPAÑA REPRIME. En Guanajuato, los mineros, lejos de amedrentarse, siguieron atacando y controlando con premura y eficacia la poco numerosa tropa que traía la encomienda de hacer cumplir la tajante orden real. De las revueltas tanto en san Luis de la Paz como en Guanajuato, se enteraron al poco las autoridades, asunto que el visitador real José de Gálvez coordinó él mismo los movimientos de represión del pueblo”... que irrespetuosamente se oponía al poder de S.M.”. Arrellanado en la capital novo hispana, libró órdenes de llamar a filas a moradores de Celaya, que encaminados por su alcalde mayor, se agregaran a la tropa del visitador real, que impetuoso se lanzó contra el inconforme pueblo, poniendo bajo su celosa custodia a los indefensos jesuitas.

Como los soldados lucían ralos para la extensión del conflicto, hubo que alistar con premura tropas de villas como Silao, Dolores y el propio León. También se supo que algunos administradores de minas fueron quienes dieron el soplo de las casas y minas donde se escondían los frailes, lugares en los que fueron apresados y puestos a resguardo para su expulsión. Al final de cuentas, los habitantes de las villas fueron sometidos.

El amago de excomunión para las villas fué lanzado, y el alto mando civil recluyó en prisión a casi 600 guanajuateños, casi todos mineros, que fueron sometidos a perrunos interrogatorios individuales, para que delataran a cabecillas y líderes de la desobediencia. La crueldad real hizo presencia una vez más y la punición ejemplar consistió en colgar hasta morir a 9 mineros; a 149 los refundieron por diez años en inmundas mazmorras y 31 sentenciados sin juicio a morir su engrilletada vida a una cadena perpetua...con esto, el odio popular desbordaba más.

La SECUELA de esta decisión real contra el pueblo preludiaba gravedad, no solo por la expulsión de los jesuitas, pues solo era una muestra del proceder del gobierno español de injusticia para sus súbditos, sino porque no divisaban esperanza de adelantamiento... solo liberándose de sus crueles e ingratos dueños.

“Decían los peninsulares que los novohispanos ‘habían nacido para callar y obedecer...’ Por esos días, ya un muchacho de 14 años llamado Miguel correteaba por los campos de Corralejo, sin saber callar ni obedecer la imposición, y que en 43 años, arribaría al curato de la villa de Dolores para lanzar un grito de libertad...”

La Agonía del siglo XVIII, la Nueva España la desplazaba ya sus vastos contrastes, en exigencia de transformación social. El entorno difería al del siglo XVI, y las partes políticas, materiales y del clero eran dispares y había acrecentado más que las de España. Guanajuato ya andaba recio la autosuficiencia económica como una realidad, y por ello, las mayorías ya vislumbraban su independencia. Arribado 1800, muchos novohispanos querían romper ya la liga con la vieja España:

“Porque la garra monopólica peninsular apretaba férrea tenaza sobre todo acontecer económico político, militar y religioso, al grado de asfixia; también, el criollismo no identificaba con España y sí con su tierra de origen, como patria; igual consideraban que la clase ilustrada era preparada y suficiente para regir riendas y destinos de un nuevo país”.

Todas las castas, que contenían a mulatos, negros e indios, eran ya explotados en insoportable manera por los peninsulares. Las letras de algunos ya lo habían prendido entre los criollos, haciendo factibles conceptos y fe de libertad. La reciente independencia del vecino Estados Unidos, retumbaba todo el reino americano. En esos instantes, Carlos IV y su primogénito Fernando VII se enfrentaban en pugna política por ambicionar ambos reinar al mismo tiempo. La duplicidad de mandos parió un caos por las divergentes ambiciones de ellos. El colofón, marcó cuando estos ambiciosos soberanos de España pusieron pie en Francia donde Napoleón los tomó prisioneros, no bien habían pisado Bayona. Con este nuevo e inestable estado de cosas, los criollos comentaban en corrillos, casi en secreto, que sin rey, el virrey ya a nadie representaba y que, el Cabildo electo por el pueblo debía asumir el poder. Ante situación tal, el virrey urdió planes por su cuenta, conjeturando que si se desplazaba convenientemente, podría llegar a ceñirse corona y cetro de las tierras americanas.

Libertar a una Patria
Sed de Justicia...

El momento del inicio de la lucha por la independencia había arribado, tocando con urgencia a la puerta. Las ideas de libertad ya eran tema corriente, sin tapujos y en lugares y parajes públicos. Sin embargo, los peninsulares divisaban en esta delicada situación, una amenaza grave para sus fincas, tierras y heredades, y que haría tambalear y caer sus centenarios privilegios... el poder en otras manos, a no dudar, se disiparía. Guanajuato era sitio de residencia de criollos ilustrados, igual que la ciudad de México y otras. Don Miguel Hidalgo y Costilla, que había ejercido como rector de la Universidad de San Nicolás, de la añeja Valladolid, y que en desquite a su libre pensamiento, fué movido a Colima primero, luego al penal de San Felipe donde sin mermar labor educativa, actuó no solo como clérigo, fomentó e impulsó ramillete de oficios que proporcionaran manera digna de subsistencia a los más pobres. También ponía en juego sus inquietudes teatrales, suscitando funciones educativas, de recreación o argumentos de tono crítico.

Dado que Don Miguel vivía sus pensamientos libertarios, otra vez hubo de mudar casa e ideas por orden superior, ahora a una más desvalida comunidad, la villa de Nuestra Señora de los Dolores, lejana de todos lados. También dispuso ahí a los más necesitados de la población, para instruir el cultivo de la morera, la seda y la vid, lo mismo que la alfarería y la apicultura, con tanto fervor, como el que puso para quienes otrora enseñara en su extrañados hogares y feligreses de Nueva Valladolid, San Felipe y Colima. Al parejo que hacía cotidiana su labor social de oficios con la gente, buscó hender sus ideas, contactando con criollos ilustrados de pensamiento independentista. Aunque personajes como Juan Antonio de Riaño y Bárcenas, y el religioso Abad y Queipo, que ejercían desenvueltamente la cultura, resultaron desabridos para la causa independentista mexicana.

Tomado del Libro: “La Epopeya y la Leyenda, el Otro Rostro de la Historia
de Jorge Ojeda Guevara”

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