Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

lunes, 1 de julio de 2013

Rincón para niños

El Sueño del Niño

Gabrielito sueña que es el amo de la casa de muñecas de su hermana y que tiene el tamaño de las figurillas de pasta que hay en ella. Se sienta en una sillita de plomo enfrente de la muñeca y pide la comida que le sirve la criada en una vajilla de juguete. La sopa es de almendras; con un cuchillo corta un pedazo de pan de una rosquilla; los garbanzos tienen el tamaño de las semillas de los higos. ¿Qué hay de principio? –pregunta a la muñeca. –Tenemos jilguero en pepitoria y un boquerón frito. –¿Y de postre? –Piñones y grajea. Gabrielito se frota las manos de gusto. Es una comida excelente para un muñeco de dos pulgadas de estatura.

-Estos garbanzos están duros, dice incomodado y riñendo como ha oído muchas veces a su papá. –Estos garbanzos son balas.

–No, señor, responde la criada con descoco –son perdigones.
–¡Insolente!, -replica Gabrielito alzando una silla de plomo y tirándola sobre la criada de madera, que cae al suelo dando chillidos.
–¡Gabrielito!, ¡Gabrielito!, gritan en aquel momento, -¿dónde estás?

Es la voz de su hermanita, la dueña de la muñeca que acaba de romper.

Es la voz de su hermanita, la dueña de la muñeca que acaba de romper.

El susto le hace cobrar su estatura de niño y deshace con su cuerpo la casa de muñecas, aplasta la mesita y caen y se rompen los juguetes, grita su hermana, entra la mamá y al ver aquel destrozo alza la mano y empieza la azotaina.

Gabrielito se despierta; abre los ojos espantado y sólo ve la cara risueña de la niñera que le lleva el chocolate con buñuelos.

José Fernández Bremón

El Anciano que Hacía Florecer los Árboles

Hace ya mucho tiempo que en una apartada aldea vivían dos ancianos que eran muy felices. Habían llegado a una avanzada edad y no teniendo hijos se entretenían con un perrito en el cual habían concentrado todos sus afectos. Un día observaron que el animalito escarbaba con extraordinario ahínco en uno de los ángulos del jardín, cual si la tierra ocultase algún objeto que su instinto le impulsara a descubrir.

A través de la valla de bambú que separaba al jardín del que correspondía a la casa inmediata, observaron los vecinos la labor de los ancianos, pues éstos, siguiendo la indicación del perro, habían escarbado y encontrado ahí grandes tesoros. Los vecinos llenos de envidia quisieron ensayar con el perrito en su casa. Vanos fueron sus halagos y amenazas, puesto que el animal se resistió a obedecerlos, y cuando se decidieron a emplear la violencia, cogiéndole las patas y sirviéndose de ellas para arañar la tierra, sólo encontraron basura.

Irritados por tal decepción, descargaron en el animalito su cólera, aumentada entonces por los malos sentimientos que en su espíritu se anidaban y lo mataron, enterrándolo después al pie de uno de los árboles que sombreaban el camino que conducía a la aldea. Mas, a los pocos días empezaron a secarse las ramas de este árbol y en breve perdió su lozanía y belleza, por cuyo motivo decidióse a cortarlo el dueño del perro, utilizando uno de los mejores trozos del tronco para construir un mortero. La suerte en este caso se decidió también a favor del bueno y bondadoso matrimonio, pues cada vez que en él colocaban arroz, cebada u otro cereal cualquiera, salía del mortero gran cantidad cual si en su fondo existiera un repleto granero.

Asimismo, impulsados los vecinos por la envidia, pidieron prestado el mortero; pero al intentar servirse de él, fué deshaciéndose destruido por la carcoma, sin que pudieran lograr repetir el fenómeno que favorecía a sus dueños, y sin recordar la primera lección recibida, cogió el vecino malo los pedazos de madera y arrojólos al fuego, en donde pronto quedaron convertidos en cenizas, que cuidadosamente recogió el buen anciano, sorprendiéndose al observar que a su contacto florecían los árboles muertos.

Enterado de tal prodigio el príncipe de aquella comarca, llamó al anciano y le colmó de obsequios y presentes, denominándole Hanasaki –jiji: el que hace florecer los árboles muertos. Igual galardón pretendió obtener el vecino envidioso y olvidando las consecuencias anteriores, quiso intentar delante del príncipe y de su cortejo la maravillosa transformación lograda por el favorecido; pero en vez de obtener flores, fué a parar la ceniza a los ojos del magnate y de sus acompañantes que, irritados por lo que supusieron burla y desacato le castigaron cruelmente.

Maltrecho y ensangrentado dirigióse a su casa, acostóse, y al poco tiempo murió víctima de su insaciable deseo de igualar a los demás, dominado por la envidia, que es el peor de los defectos.

José Villegas

Tomados del Libro “Alma Latina”

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