Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

sábado, 1 de junio de 2013

El Rincón para Niños

El Oso

En pesados carros de ruedas chirriantes, arrastrados perezosamente por mulos y caballos viejos y algún borriquillo delantero, que puesto allí para alegrar al ganado cansino, llegaba a creerse que él solo tiraba del carro, -que esto suele traer el colocar borricos en lugar preferente... –iba de lugar en lugar, a donde hubiera feria o romería, la colección de fieras de unos húngaros, que en ella tenían su arca de Noé; con hombres y animales, si no de todas las especies, los bastantes a ser pasmo de lugareños, y tocante a la especie humana, los bastantes a que no se acabara el mundo, aunque ellos solos se salvaran de un nuevo diluvio, pues con no haber más de cuatro hombres y tres mujeres en la tribu, los chiquillos eran enjambre... y sus llanteras y sus verraqueos, sobresalían sobre el rugido de los leones, el bufar de los tigres y panteras, el chirriar de los carros y el jurar de los hombres y mujeres.

Las fieras de la colección eran hasta una docena, si se contaban como fieras, a un mulillo enano rayado de blanco, para figurar zebra... y al hombre más viejo de la tropa, que solía hacer de oso blanco, con unos pellejos de borrego y una cabeza de cartón, revestida de algodón en rama. Pero no podía darse nada más propio. Los leones eran dos, apolillados y flaquísimos. Daban muy triste idea del rey de los animales. Como suele decirse, no podían ni con el rabo. Pero si les faltaba fuerza, les sobraba pereza. Y esto era milagro del hombre que los tenía siempre con humor de perros... de perros hambrientos, que es mucho peor que de leones hartos... Que si un perro con hambre parece una fiera, una fiera bien alimentada puede parecer un perro. Cosa que no debían olvidar nunca los que gobiernan pueblos.

La mejor persona de la colección era un oso pardo. No parecía un oso, parecía senador vitalicio con gabán de pieles. A todo el mundo hacía buena cara; en cuanto se paraba la gente ante su jaula, se ponía a bailar y a dar volteretas. Era el payaso de la compañía. Una vez, llegaron a la feria de un pueblecillo muy lindo. Instalaron su barraca en un prado cerca de un bosque, al pie de unas montañas.

Las tablas carcomidas que cerraban el jaulón permitían ver desde su encierro la alegría del campo, los árboles del bosque y las montañas culminantes; veía también la animación de la feria, el ir y venir de la gente alborozada, los niños sobre todo. No para comérselos, no seáis mal pensados. Ya os he dicho que el oso era una buena persona; ahora os diré que era un buen animal, y os parecerá mejor dicho, cuando hayáis conocido a muchas personas que pasan por buenas.

Pero lo que más encantaba al oso era un puesto de confitería, con rosquillas, mazapanes, frutas confitadas, almendras, anises y unos pasteles de crema, ¡Oh!, ¡Aquella crema que él veía desbordar del hojaldre al hincar los dientes en algunos de aquellos pasteles un chichuelo goloso! El hocico se le hacía agua. Lamía y relamía las tablas de su jaula como si fueran de palo dulce.

-¡0h! gruñía el pobre oso. Si yo pudiera salir de esta jaula un ratito, nada más un ratito, darme un paseo por ese prado verde, revolverme sobre la hierba fresca, hacer cuatro payasadas a los niños con estas manos mías de terciopelo y me regalaran unas cuantas golosinas ricas que no he de probar nunca. Aquí pan duro y unas cuantas patatas cocidas ¡Ah! ¡Qué triste nacer oso!...

Tanto lamió las tablas de la jaula, que un día, una de ellas cedió, ablandada, al apoyar el oso sus manazas. ¡Ah!, ¡Si él pudiera pasar la cabeza! Aquella cabezota suya. Dichosa cabeza: ¡siempre ha de ser un estorbo en la vida!...

De pronto, ¡Oh felicidad!, sin saber cómo, se halló libre, en el campo en el prado verde, a dos pasos de la confitería, entre la gente que reía y los niños que jugaban. De contento se puso a bailar acompañándose con unos berridos que a él parecían muy dulces. Pronto fué un grito de espanto a su alrededor. La gente huía despavorida: hombres y mujeres alzaban a los niños en sus brazos; otros ni de sus hijos se acordaban en la huida.

-¿Por qué se asustan?, se decía el oso. Yo creía que iban a divertirse tanto.

Vió llegar hacia él a unos hombres terribles, con armas, salbes y escopetas. El oso de un salto retrocedió hacia su jaula... Vió avanzar a los hombres terribles. Había que defenderse. Sonó una descarga. El oso cayó acribillado, panza arriba, y al mirar al cielo azul, sobre los árboles y las montañas, pensó al morir:

-¡Qué brutos son los hombres! Han creído que yo era una fiera y se han asustado al verme. Y yo sólo quería revolcarme en la hierba, comer golosinas y jugar con los niños...

Jacinto Benavente

Tomado del Libro “Alma Latina”

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