Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

miércoles, 1 de mayo de 2013

Libro

HISTORIA DE LA MÚSICA POPULAR MEXICANA

Los Años Veinte

Lara y “la nueva sensibilidad” (continuación)

La elegancia melódica lariana sirvió de envoltura inocua a un clima sensual y citadino que hasta entonces no se había presentado en la canción mexicana. De ahí la alarma de los moralistas y protectores gratuitos de la virtud de la pudorosa canción sentimental. Sin lugar a dudar, ésa será la primordial importancia de la obra de Lara: haber captado y otorgado palabras y música a las nuevas necesidades expresivas de una época y una clase social. Paralelamente, un grupo de autores, no de segunda línea pero sí opacados por la figura de Lara, escribió en los años treinta canciones de contenido romántico. De entre todos ellos destacaron el lacrimoso Carlos Espinosa de los Monteros, autor de “Sendero de amor”, “Mi única ilusión”, “Ideal y pasión”; Jorge del Moral con “No niegues que me quisiste”, “Por qué”, “Déjame que te bese”, y Alejandro Meza con una lariana “Gentil princesita”.

Otra influencia determinante en la canción fué ejercida por los autores cubanos o caribeños. Se trató de una influencia posterior a la de los trovadores yucatecos. Autores como el cubano Ernesto Lecuona y el puertorriqueño Rafael Hernández dieron un sabor rítmico y más tropical al bolero tradicional. Como prueba de su adaptación al medio mexicano, el autor de la hollywoodizable “Siboney”, había escrito un típico bolero titulado “Paloma blanca” sobre una poesía de Rosario Sansores:

En lejanas tierras
tengo yo un amor
blanco cual la nieve
rubio como el sol.

Sus pupilas eran
lámparas de amor
y sus labios frescos
pétalos de flor.

“Junto al palmar” y “El Jibarito” de Rafael Hernández fueron también piezas características del estilo caribeño. Es significativo que en 1933 se encontrasen en el Lírico Ernesto Lecuona y Bola de Nieva al lado de Agustín Lara. En seguimiento de esos autores, la canción mexicana tuvo momentos francamente acubanados o caribeños con “Oración caribe” y “Cumbancha” de Agustín Lara y aun en algunas obras de influencia más discreta como “Angelitos negros” de Álvarez Maciste. Ya fuese como imitaciones o influencias más o menos asimiladas, las canciones de estilo tropical fueron determinantes en la evolución del bolero romántico.

La década de los años cuarenta

La aparición de las orquestas al estilo estadounidense de los años cuarenta generó la creación de toda una serie de canciones que, por sus lineamientos más estándares y más cercanos al gusto internacional, resultaron fácilmente exportables. “Prisionero del mar” de Luis Arcaraz (1941), “Solamente una vez” de Agustín Lara (1941), “Perfidia” y “Frenesí” de Alberto Domínguez (1939), “Te Quiero, dijiste” (vox populi: “Muñequita linda”) de María Grever y “Bésame mucho” (1941) de Consuelo Velásquez, son los ejemplos más famosos de un estilo de canción que había logrado liberarse de todo “color local” al adaptarse con flexibilidad a los lineamientos de un mercado internacional, especialmente accesible a los autores latinoamericanos durante los años de la segunda guerra mundial.

El caso del compositor Alberto Domínguez es sumamente interesante. Este músico chiapaneco, integrante desde su infancia de un grupo familiar de marimba, la Lira de San Cristóbal de los Hermanos Domínguez, que había iniciado su carrera en 1936 en la XEB con unos extraños programas: El duende de las raras melodías, El ladrón del teclado y Mister Jazz, estaba destinado a lograr lo que ningún músico popular mexicano había logrado hasta entonces: romper los récords de popularidad en Estados Unidos. Su canción “Frenesí” vendió varios cientos de miles de copias y fué tocada por orquestas tan famosas como la de Benny Goodman, Artie Shaw, Jimmy Dorsey y Glen Miller, y junto con “Perfidia” ocupó durante varias semanas consecutivas los dos primeros lugares en el hit parade.

“Frenesí” conservaba, a pesar de su corte estadounidense, un interés melódico y una capacidad de invención que le aseguraron su bien ganada popularidad. El resto de su producción, más dentro del estilo local, contribuyó a ensanchar las formas de bolero y la canción romántica con obras como “Inspiración”, “Desventura” y “Humanidad”. Otra serie importante de compositores de canción sentimental estuvo constituida por Gabriel Ruiz (“Un día soñé”, 1935), Alfredo Núñez de Borbón (“Inquietud”, 1935) y Gonzalo Curiel (“Vereda tropical”, 1936); esta última es una de las canciones clásicas del estilo romántico. Su nostálgico principio es una escala descendente, tiene toda la tristeza sensual que caracterizará al bolero mexicano de años posteriores.

La década de los años cuarenta marca también la gestación de nuevos gustos e influencias en la canción romántica. En 1942, se puso de moda el beguine en México, y algunos compositores mexicanos escribieron canciones en una forma híbrida llamada bolero-beguine. El acentuado bolero estilo cubano, tan caro a los autores románticos, comenzaba a debilitarse pero seguía siendo cultivado por los compositores Federico Baena, Wello Rivas, Miguel Prado, Gabriel Ruiz, Gilberto Parra, Miguel Ángel Pazos y una nueva generación de intérpretes románticos: María Luisa Carbajal, Nicolás Urcelay, Jorge Fernández, Chela Campos, Verónica Loyo y Carmela Rey.

El año 1948 marcó la aparición de Los Panchos y el principio del apogeo de los tríos. El predominio de las suaves voces masculinas, las guitarras y el infaltable requinto creó un nuevo tipo de bolero y de canción romántica. Más elaborada, con tendencia al preciosismo y una nueva concepción armónica surgida del acompañamiento con guitarras, a la larga se vió reducida al estereotipo. Las composiciones para trío se multiplicaron al infinito y parecieron formar una categoría aparte. Actualmente y con nuevas perspectivas es fácil apreciar que canciones como “Rayito de Luna”, “Hipócrita”, “Un solo corazón”, “Tres dilemas” y “Sabor a mí” de Chucho Navarro, Carlos Crespo, Rafael de Paz, Vicente Garrido y Álvaro Carrillo, respectivamente, encajan perfectamente en la tradición bolerística y sentimental.

A principios de los años cincuenta se inició una reestructuración del bolero, ya insidiosamente amenazado por el híbrido bolero-ranchero. En ese proceso, el compositor Vicente Garrido (“Un solo corazón”) tuvo una parte importante. Otro elemento determinante en la nueva forma del bolero fué la aparición de José Antonio Méndez con “Si me comprendieras” y el cubano César Portillo de la Luz, autor de la clásica canción “Contigo a la distancia”. Finalmente, la labor independiente de trovadores como Álvaro Carrillo y Pepe Jara contribuyó a la nueva concepción del bolero. El bolero moderno fué el resultado de la evolución del bolero de trío y la canción romántica en general. Pronto se convirtió en la vanguardia de la canción romántica. A partir de su consolidación todo lo que no fuera “bolero moderno” sería considerado como una expresión correspondiente al pasado.

(continuará…)

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