Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

lunes, 1 de abril de 2013

El Rincón para Niños

La Manta

Un padre casó a su hijo y le donó toda su fortuna. Quedóse a vivir el padre con los recién casados, y así pasaron dos años, al cabo de los cuales nació un hijo del matrimonio.

Fueron luego sucediéndose los años uno tras otro hasta catorce. El abuelo valetudinario ya no podía andar sino apoyado en su bastón y sentíase bajo la aversión de su nuera, la cual era orgullosa y vana, y decía continuamente a su marido:

-Yo me voy a morir pronto si tu padre continúa viviendo con nosotros. Me es imposible sufrirlo ya por más tiempo.

El marido se fué a encontrar a su padre y le habló de esta manera:
-Padre, salid de mi casa. Ya os he mantenido por espacio de doce años o más. Idos a donde queráis.
-Hijo, no me eches de tu casa. Soy viejo, estoy enfermo y nadie me querrá. Por el poco tiempo que me queda de vida, no me hagas esa afrenta. Me contento con un poco de paja y un rincón en el establo.
-No es posible, idos, mi mujer lo quiere.
-Que Dios te bendiga, hijo mío. Me voy, ya que así lo deseas; pero al menos dame una manta para abrigarme, pues voy muerto de frío.

El marido llamó a su hijo, que era todavía un niño.
-Baja al establo, le dijo, y dale a tu abuelo una manta de los caballos con que pueda abrigarse.

El niño bajó al establo con su abuelo, le escogió la mejor manta de los caballos, la más holgada y la menos vieja, la dobló por la mitad, y haciendo que su abuelo sostuviera uno de los extremos, comenzó a cortarla sin hacer caso de lo que el anciano le decía:
-¿Qué has hecho, niño? –Exclamó el abuelo. –Tu padre ha mandado que la dieses entera. Voy a quejarme a él.
-Obrad como gustéis, contestó el muchacho.

El viejo sale del establo y buscando a su hijo, le dice:
-Mi nieto no ha cumplido tu orden, no me ha dado más que la mitad de una manta.
-Dásela por entero, le dijo el padre al muchacho.
-No, por cierto, contesta el rapaz. La otra mitad la guardo para dárosla a vos cuando yo sea mayor y os arroje de mi casa.

El padre, al oír esto, llamó al abuelo que ya se marchaba.

Volved, volved, padre mío, le dijo. Os hago dueño y señor de mi casa, lo juro por San Pedro. No comeré yo un pedazo de carne sin que vos hayáis comido otro. Tendréis un buen aposento, un buen fuego, y vestidos como el que yo llevo.

Y el buen anciano lloró sobre la cabeza del hijo arrepentido.

Víctor Balaguer

Tomados del Libro “Alma Latina”

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