Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

viernes, 1 de marzo de 2013

Leyendas


El Ánima del Tranvía

¡Se está quemando la fábrica! Era el grito de desesperación y angustia entre la población. Aquel fatídico 13 de abril –no sé si era martes- del año de 1913 un pavoroso incendio destruyó totalmente a la fábrica de hilados y tejidos de algodón “La Reforma”.

Terminaba una era, fundada en 1845 sobre los terrenos del antiguo Molino de la Esperanza; por Don Patricio Valencia como fábrica de cambayas y cotones de algodón, bautizándola inicialmente con el nombre de “La Perla”. Don Eusebio González, yerno de Don Patricio e industrial nacionalista como pocos, la rebautizó con el nombre de “La Reforma” solidarizándose de esta manera con los procesos de cambio social que vivía nuestra patria por aquellos años. Diecinueve años pasaron para que la fábrica volviera a tener vida, a veces con momentos de gloria y bonanza y otras dando tumbos financieros, pero al fin; todavía está, ligada estrechamente a nuestra historia, eso es innegable.

Innegable es también el sucedido de la presente narración. Era ya de noche aquel día del mes de noviembre de 1927, había razones de sobra para que la gente estuviera tensa; era el mes de los muertos y las persecuciones cristeras estaban en su máximo apogeo y ferocidad. El tranvía daba servicio a Salvatierra desde el año de 1895 en que fue fundado por Don Manuel Llamosa, propietario de la Hacienda de San José del Carmen. Salía a paso de mula vieja de la Hacienda para estar a tiempo en el paso del tren de la noche.

Pasó frente a la puerta principal de la Hacienda de Sánchez ya cerrada a esas horas, avanzó lentamente un buen trecho para llegar al Barrio de Santo Domingo cuando la mula se encabritó, no quería caminar, los pasajeros sentían la extraña sensación que alguien se había subido y los acompañaba a bordo. Después de un sinnúmero de palabras altisonantes y los chicotazos que el conductor propinaba al animal, logró que caminara velozmente a todo lo largo de la Calle Hidalgo, no queriéndose detener cuando éste se lo ordenaba.

La extraña sensación del invisible pasajero de abordo desapareció al pasar frente a la puerta principal de la entonces ruinosa y abandonada fábrica “La Reforma”. Esto, decía la gente; sucedía a menudo.

Pero también decían, era el ánima de Pedro que había muerto calcinado en el incendio del año trece. De niño, Pedro era un chico vivaracho y alegre, inteligente y servicial con todas personas que le trataban. Hijo de un antiguo peón de la Hacienda de Sánchez a quien acompañaba desde temprana edad a ayudarlo en las labores del campo. Por su carácter, el niño pronto se ganó la confianza del administrador así como la de los patrones, siendo todavía pequeño aprendió a leer y hacer cuentas, cosa rara en los chicos de su edad en ese tiempo.

Pasados los años y buscando acomodo y mejoría en su vida y la de su familia entró a trabajar en la fábrica. Pronto por sus habilidades y cualidades se hizo cargo de la bodega donde se almacenaba el algodón. Cambió de domicilio, se fue a vivir él y su familia a una modesta casa en el Barrio de Santo Domingo. Era todo un ejemplo de trabajador, nunca faltó a sus labores, tomaba a diario el tranvía de la mañana para dirigirse a su trabajo en la esquina de la calle que va al Templo. Sobra decir, en su trabajo todos lo estimaban ¡había nacido para hacer el bien!

Ese fatídico día 13 de abril, Pedro se encontraba en su bodega cuando sobrevino el incendio, se hallaba acompañado de varios trabajadores que requerían de la materia prima en ese momento. El algodón es pasto fácil de las llamas, entre el fuego y el humo ayudó a salir a sus compañeros cuando uno de ellos quedó atrapado entre las pacas, como pudo lo liberó, pero a él sí lo devoraron de inmediato.

Esta bendita ánima dejó de ir a su trabajo cuando el tranvía desapareció para siempre de Salvatierra.


Tomadas del Libro: “Leyendas, Cuentos y Narraciones de Salvatierra,
Segunda Parte” de Miguel Alejo López

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