Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

viernes, 1 de febrero de 2013

Historia

Salvatierra, una Lectura Profana
Historiografía de la Fundación de la Ciudad

Conforme a lo dispuesto por la Real Cédula dada en Cuenca el 12 de junio de 1642, para conceder títulos y privilegios a varias poblaciones; más la solicitud de don Agustín Carranza y Salcedo y el ofrecimiento de don Gabriel López de Peralta de las tierras del Mayorazgo de Tarimoro, el 9 de febrero de 1644 el virrey don García Sarmiento de Sotomayor; Conde de Salvatierra y Marqués de Sobroso firmó el ordenamiento para la fundación de la Ciudad, declarando:

“Por el presente, en nombre de su Majestad y como su Virrey y Lugarteniente, concedo licencia y facultad para que en dicho puesto y congregación del antiguo Pueblo de Chochones, se funde una Ciudad de Españoles, conforme a la traza que se diese con toda policía, que se intitule y llame la “CIUDAD DE SAN ANDRÉS SALVATIERRA”.

El 31 de marzo se presentó el título a don Lope de Monsalve y Armendáriz, Caballero de la Orden de Santiago, Alcalde Mayor de la Villa de Celaya, quien obedeció el decreto, mandando se guardara y se cumpliera, sacando testimonio para los autos de Cabildo.

El día siguiente, 1 de abril de 1644, el Escribano Real don Felipe Santiago presentó la orden de la fundación a don Juan Izquierdo, quien fungía como Teniente de Alcalde Mayor en Guatzindeo y de inmediato procedió a la ejecución. Seguramente con el repique de las campanas de la antigua iglesia de San francisco y el insistente pregón den un tambor, como se acostumbraba hacer para promulgar en voz alta los asuntos de interés público, se reunieron los vecinos en el sitio conocido como La plaza del Pueblito de Chochones, ubicado entre el molino de Gugorrón y la iglesia de San Francisco.

El padre fray Diego Díaz, procurador y guardián del convento, celebró la misa al Espíritu Santo y predicó el padre fray Agustín de la Madre de Dios, lector del convento de Celaya de la Orden de las Carmelitas Descalzos, pasando los asistentes a la casa de don Juan Izquierdo, que se encontraba en el sitio que ocupa actualmente el convento de San Francisco donde se celebró la primera sesión de cabildos y elección de Alcaldes Ordinarios, quedando integrado el primer Justicia y Regimiento de la Ciudad de Salvatierra.

Don Gabriel López de Peralta, al recibir el despacho donde se le nombró Corregidor y Teniente de Capitán General y Renta de las Alcabalas, giró un oficio el 22 de febrero de 1644 a don Gonzalo Tello de Sandoval, quien estaba comisionado por el Ayuntamiento de la villa de Celaya, para gestionar la composición de tierras y aguas. Don Gabriel, con carácter de Corregidor, solicitó quedar exento del pago correspondiente a la composición de las tierras que tenía en el Valle de Tarimoro y Chichimecas, por los servicios prestados para la fundación de la nueva ciudad. Por el dictamen pronunciado por la Real Audiencia, en que aprobó aquella solicitud, se reconoció la inclusión de las tierras de valle de Guatzindeo, lo que representaba un gasto de 20 mil pesos de oro común.

San Andrés de los Chochones

Donde hay agua, luz y tierra fértil, sólo puede haber hombres de bien. El sol quemó la piel de sus hijos para que labraran la inmensidad. Chichimecas, purépechas y posteriormente los indios de Oaxaca, lograron un accidentado sincretismo que no opuso resistencia a la colonización, porque eran hombres de trabajo. Consultando varios testimonios, se deduce que a mediados del siglo XVI los chochones fueron un pueblo fundado por 4 indios procedentes de Oaxaca, que ayudaron a la pacificación de la Provincia Chichimeca.

De acuerdo con Rogelio Martínez / IGABE, en la población de Santa María Nativitas, ubicada en el corazón de la Mixteca, sus habitantes son chocholtecos, y su rasgo distintivo es su fe hacia la Virgen de la Natividad. Los chochos, chocholtecas o chochones se llaman a sí mismos “runixa ngiigua”, que significa “los que hablan el idioma”.

Como ya es una costumbre y tradición, los habitantes de Santa María Nativitas o bien chocholtecas, festejan su feria patronal en el mes de septiembre en honor a la Virgen de la Natividad, para lo cual no les importa gastar una gran cantidad de dinero; los chocholtecos mantienen algunas de sus creencias y rituales antiguos, y aunque practican el catolicismo, veneran a seres sobrenaturales, como los señores o “dueños” de cerros y manantiales, la madre Tierra, los dioses de la lluvia y el viento, y la deidad asociada con la Luna.

Ciudad

Con la tarde de los tiempos, Salvatierra fué considerada como una ciudad casi exclusiva de españoles, lo que facilitó que el 1 de abril de 1644 se le concediera el título de Ciudad de San Andrés de Salvatierra, en virtud de las ordenanzas expedidas el 9 de febrero del mismo año por el Virrey García Sarmiento de Sotomayor. Fué la primera Cédula Real dispensada para una ciudad perteneciente al actual Estado de Guanajuato, por Felipe IV, Rey de España.

Conocido es que los pobladores hacían sus escudos de armas, con las obligadas dispensa, y que en ellos se ponían los símbolos que representaban a las comunidades.

Miguel Alejo López, Cronista de la Ciudad de San Andrés de Salvatierra, lega un impresionante trabajo sobre los secretos heráldicos del escudo. Nos dice que fué en enero de 1828 cuando el escudo fué adoptado por los vecinos, y precisa que el cuadrante superior derecho ostenta tres atados o haces de trigo, que representan los tres molinos de trigo que existieron en la ciudad: Mayorazgo o de la Marquesa; de la Esperanza y el de la Ciudad.

Tomado del Libro: “Salvatierra, una Lectura Profana”
de Luis Montes de Oca y Sergio Hernández Saucedo


Historia y Evolución de Salvatierra

La Vida Colonial Salvaterrense, 1644-1810 (continuación)

La Hacienda de Maravatío del Encinal

El origen de esta hacienda y el modo de cómo vino a ser propiedad de los Carmelitas, es un hecho que merece un amplio comentario, además de los problemas que generó entre las órdenes religiosas de los Carmelitas y los Agustinos en el valle de Huatzindeo. Entre los fundadores de la Villa de Zelaya, se contó a Juan de Illanes (ya tratado con anterioridad), un colono poblador que mediante compras a particulares y otras concesiones, formó las haciendas de Santo Tomás (1604), la Concepción y San Buenaventura (1583). El 16 de enero de 1590, se abrió su testamento en la labor de San Buenaventura ante el teniente de alcalde mayor, declarando a su yerno Martín Hernández (el viejo), como heredero universal de sus bienes, éste a su vez, otorgó el 12 de enero de 1610 su disposición testamentaria.

Entre la numerosa familia que procreó, figuraron dos mujeres religiosas del convento de las Clarisas de México, llamadas Sor Melchora de los Reyes y Sor Antonio de San Martín, cuyas dotes, así como, un préstamo que dicho convento hizo a su hijo Martín Hernández (el mozo) por 8,815 pesos de oro común, y que garantizó, mediante una hipoteca de 30 caballerías de tierra en el valle de Huatzindeo. Dicha deuda no había sido pagada, cuando Martín Hernández (el mozo) otorgó su testamento en 1635, las mojas Clarisas lo demandaron, haciendo rematar las haciendas, y por no haber postores, se adjudicaron a las mismas religiosas por un valor de 32,000 pesos, que incluía: el capital, los réditos, y 3500 pesos de las dotes.

Como las instituciones de las Clarisas no permitían más inmuebles que sus conventos e iglesias, sus superiores no consintieron que fueran propietarias de estas tierras, ordenándoles que las vendiesen.

Las haciendas de Santo Tomás y San Buenaventura, como contiguas, se fusionaron en una sola, fueron denominadas simplemente hacienda de Maravatío, como una sola propiedad, años después, se segregaría la de Santo Tomás.

La hacienda fué adquirida por D. Rafael Hernández y su esposa Dña. Paula Enríquez de Guzmán, por remate otorgado el 20 de octubre de 1642, reconociendo el adeudo a favor de las religiosas por 18,000 pesos, de los cuales, entregaron 14,000, y quedando un saldo de 4,000 pesos de oro común.

Ambos fueron bienhechores de los Carmelitas Descalzos de Salvatierra, por lo que, el 25 de octubre de 1656, en el Definitorio de la orden, se concedió al matrimonio y a sus herederos el altar mayor de la iglesia del convento para sepultura. Don Rafael Hernández otorgó disposición testamentaria de todos sus bienes a favor del convento de los Carmelitas de Salvatierra, el 15 de marzo de 1658, ante el escribano público y de cabildo con cargo a sufragios.

El 24 de enero de 1665, la Real Audiencia amparó la posesión del convento sobre la hacienda, por haber satisfecho el saldo que se adeudaba a las monjas Clarisas, la posesión fué confirmada por el virrey Marqués de Mancera, el 20 de julio de 1666. La propiedad siguió creciendo. El 19 de noviembre de 1665, el Cabildo les concedió dos criaderos para ganado mayor y menor en términos de la hacienda de Maravatío, corriendo por la serranía de arriba por la parte sur, abarcando la hacienda de Santa Teresa y llegando hasta el puesto de Pejo. Un año después, el 11 de junio de 1666, compró al convento la hacienda de la Concepción, juntando con esto, la propiedad primitiva de Juan de Illanes.

Esta propiedad fué vendida por los religiosos al capitán José Salgari y a don Miguel Yurritia, la venta no prosperó como debiera por la quiebra económica de los compradores, debiendo ser rescatada por el convento en el año de 1688. La hacienda de Maravatío habría de causar entre otros litigios, uno muy prolongado con los religiosos Agustinos de San Nicolás, desde noviembre de 1583, la Real Audiencia concedió una merced de tierras a la esposa de Martín Hernández (el viejo) de 5 caballerías de tierra junto al arroyo del pueblo de Maravatío (Santiago Maravatío), esta merced fué cancelada por la misma Audiencia y restituida a los Agustinos en 1646, como los Carmelitas eran los herederos de las tierras de Martín Hernández, siguieron el pleito, hubo negociaciones que se estancaron por muchos años.

La vieja hacienda de San Elías Maravatío, mejor conocida en nuestros días como pueblo de Maravatío del Encinal, tiene una rica y gloriosa historia estrechamente ligada a nuestra ciudad. Maravatío en vocablo tarasco significa lugar precioso y florido, y en náhuatl se llamaba Pitoyocan o Quetzalco, que representaba a la serpiente emplumada, a su inseparable cerro de Tetillas, le daban el nombre de Taresaugarua. El 2 de noviembre de 1732, se impuso a la comunidad celebrar la fiesta de San Elías con toda solemnidad, así como, la de Santa Teresa, patrona de la hacienda.

A su Cristo, conocido bajo la advocación del Señor del Encinal, el pueblo entero le celebra su fiesta cada día primero de enero, de Él se cuenta, que en tiempos remotos apareció en el solar de Nicolás Lule en la Lagunilla del Carmen, entre un monte poblado de encinos. Era traído cada año a la capilla de la hacienda, de donde un buen día, ya no lo pudieron sacar, se acabó la hacienda y los hacendados, pero no la fe del pueblo en su milagroso Cristo, le construyeron su propia casa en la galera misma.

La Vida Religiosa

En la época colonial en general, pero sobre todo, en el periodo que comprende desde la fundación de la ciudad hasta la secularización del curato, la actividad de la vida cotidiana estuvo regida e influenciada por costumbres, maneras y organizaciones, de carácter religioso, lo que propició la acumulación de un gran poder por parte de las órdenes regulares asentadas en la jurisdicción de Salvatierra: Carmelitas, Franciscanos y Agustinos.

La ciudad y su jurisdicción fueron un feudo monacal; las inmensas propiedades de los Agustinos en San Nicolás; las haciendas y propiedades de los Carmelitas; en menor grado las tierras de labor y la calera de los Franciscanos; y a partir de 1767, con la secularización del curato, el clero secular se integró de lleno a la actividad religiosa económica.

Esta actividad, estuvo determinada y accionada por instituciones y mecanismos socio religiosos, que rigieron y reglamentaron todos los aspectos de la vida de la población, entre lo más significativo, se pueden señalar: a las doctrinas, los diezmos, las cofradías, las Bulas de la Santa Cruzada, las capellanías y los bienhechores.

Las doctrinas fueron el medio imprescindible para lograr la evangelización del nuevo mundo, esto es, que después de la conquista de las armas, tenía que darse la conquista espiritual de todo un pueblo. desde la primera mitad del siglo XVI, se establecieron en el valle de Huatzindeo las primeras doctrinas en Eménguaro, Urireo, Huatzindeo y Chochones.

Era de tal importancia la doctrina, que al erigirse la parroquia en febrero de 1643, el nombramiento del párroco fué el de cura ministro de doctrina. Ésta en un principio.
se impartía en el atrio de los templos, presidida por la cruz atrial. En Salvatierra sólo queda en pie la del atrio del templo de San Juan, por circunstancias de la época, los feligreses de los pueblos y rancherías que acudían a ella no hablaban el idioma castellano, por ser indios tarascos y otomíes, lo que dificultaba la correcta administración de los sacramentos, se daba el caso de la confesión, en la que los sacerdotes tenían que emplear a un intérprete, con la consecuente relajación del secreto de confesión, esto propició que las autoridades virreinales, obligarán a los frailes a aprender el idioma de los naturales en el término de un año, so pena de pagar cien pesos de multa, y en caso de rebeldía, serían cesados de su ministerio.

Los registros en los libros eran rígidos y acuciosos, pues el cura ministro de doctrina, los debía llevar, de bautizos, matrimonios defunciones. En forma detallada y certificada debía remitir al obispado información sobre el estado espiritual de su feligresía, como la que se describe enseguida. Para la cuaresma de 1643, la primera que se daba como curato, el obispado ordenó levantar un padrón de todos los feligreses del partido, donde se mencionara la condición y la calidad de cada uno, certificando como había cumplido cada uno sus obligaciones con la Santa Madre Iglesia, con la instrucción, de que si alguno faltaba de confesarse, sería llamado y citado con tiempo para que lo hiciera, si no comparecía, fuera español, mestizo, negro o mulato, los declararía por públicos excomulgados. La doctrina también se impartía en las escuelas de primeras letras, como la establecida por los religiosos Franciscanos en su convento, en la que se preparaba a los niños en el arte de leer, contar y en la doctrina cristiana.

Los diezmos fueron otro factor importante en la vida religiosa de la Colonia. El hospitalillo de Huatzindeo, fundado a mediados del siglo XVI, en opinión de algunos historiadores estuvo destinado a la recolección de diezmos. Estos se debían pagar en efectivo o especie fácilmente realizable en dinero, era obligación de todo fiel cristiano pagarlos, aumentando con esto, la preocupación de los obispados por controlar a sus curatos con un fin económico, pues las tierras fértiles y pobladas eran sinónimas de riqueza. Cuando el curato de Salvatierra estuvo a cargo de los religiosos Franciscanos, los diezmos se recolectaban en el convento mismo, al secularizarse éste, se compró una casa en la plazuela 2 de abril, conocida en ese tiempo como Plazuela del Diezmo, la casa siguió siendo propiedad eclesiástica hasta hace poco tiempo.

Las cofradías, aunque de carácter religioso, fueron en Salvatierra las primeras organizaciones formales que existieron. Desde 1635, se fundaron en Huatzindeo las cofradías de las Ánimas y la del Santísimo Sacramento, con el tiempo, fueron trasladadas al pueblo de Chochones poco antes de la erección del curato. En 1580, se creó la cofradía de María Santísima de la Asunción de Urireo, y en 1581, la cofradía de la Inmaculada Concepción en Eménguaro. En 1661, al erigirse la vicaria fija ayuda de parroquia de San Nicolás de los Agustinos, se crearon las cofradías de las Ánimas para los españoles y criollos, y la de la Virgen de los Remedios para los naturales. Por esos años, se creó también la Tercera Orden Franciscana, que empezó a construir su templo (hoy San Antonio), y en 1724, la cofradía de Ntra. Sra. del Carmen.

Muy importante fué el carácter formal de las cofradías, para existir, sus constituciones o estatutos para constituirse y funcionar, debían ser aprobados por el obispado y protocolizados ante escribano real, también daba fe pública, de los acuerdos y elecciones de dirigentes en las asambleas convocadas para el caso.

Tomado del Libro: “Historia y Evolución de Salvatierra”
de Miguel Alejo López


Aztlán: origen y destino

Real el Mito de Aztlán

El legendario y mítico Aztlán, que quiere decir “tierras blancas” (como lo eran gran parte de las tierras de Utah), hoy ha dejado de ser una leyenda y pasa a la realidad; localizado en los terrenos que ocupaban las tribus Utes y Payutes, en los alrededores del Lago Salado de Utah, en los Estados Unidos. Tribus que según registros todavía habitaban esos lugares 750 años a.C., y de donde salieron también las primeras tribus que poblaron territorio mexicano, aproximadamente tres mil años a.C. También partieron de allí las seis tribus nahuatlacas que llegaron antes que los Aztecas al Valle de México: acolhúas, culúas, tepanecas, tlatepozcas, chalcas y tlahuicas. Todas hablaban la lengua náhuatl y también, como los Aztecas, pasaron por Chicomoztóc, sitio perdido en los acantilados rocosos de Nuevo México.

Los Aztecas estaban muy orgullosos de ser originarios de uno de los lugares más sagrados del planeta, ese lugar era Aztlán, “un lugar donde el hombre puede tener contacto en todo momento con los dioses”. Algo debe de tener ese lugar y no ha de ser por casualidad que a ese mismo lugar hayan llegado a establecerse los mormones, una de las religiones más importantes de los Estados Unidos y que crece rápidamente por el mundo. Por el año 1039 d. C., dadas las duras condiciones climáticas que imperaban en el sagrado lugar, Hutzíton o Huitzílton, quien era un sacerdote jefe de Aztlán, ordenó a su pueblo salir en peregrinación y buscar la nueva Tierra Sagrada, donde fundarían una gran ciudad, la más grande del Universo. Estas fechas coinciden con el tiempo en que las zonas septentrionales de América cruzaban por duras sequías y las tierras se estaban desertificando por las drásticas condiciones del clima.

Huitzílton murió en el año 1116 d. C., y después de su muerte fué divinizado y llamado Huitzilopóchtli, Mextli o Mexi, derivando de este dios el nombre de nuestro país y nuestro gentilicio. Huitzilopóchtli también ordenó que posterior a su muerte, el pueblo Azteca de Aztlán fuera llamado mexica o mexicano. Pero el pueblo Azteca, mantuvo su nombre hasta la llegada de los españoles en que caen en una profunda confusión y en el más salvaje exterminio. Así vivieron 300 años sin identidad propia, hasta después de 1821 cuando, consumada la Independencia, vuelve a formarse el Imperio Mexicano, dándoles nuevamente su identidad. A la muerte de Huitzilopóchtli, se inició la peregrinación ordenada y sus restos acompañaron la procesión, pasando por Chicomoztóc en el año 1160, llegando al Valle de México en el año 1215, concluyendo su viaje al llegar vaticinado por Mexi, el 18 de julio de 1325, donde fundaron la Nueva Ciudad Sagrada a la que llamaron Tenochtitlán, en honor a Tenoch, último sacerdote Azteca que los guió hasta ese lugar.

En la Nueva Ciudad Sagrada, construyeron el Templo Mayor en honor a Huitzilopóchtli y ahí mismo depositaron sus restos. Este Templo más tarde lo compartió con Tláloc, el dios del agua, y con Quetzalcóatl, dios de la sabiduría, que los Aztecas adoptaron de la cultura Tolteca, extinguida un poco antes de que llegaran al Valle de México. Los Aztecas se mantuvieron unidos espiritualmente con el lugar de donde eran oriundos y todo el tiempo mantuvieron viva la ilusión de regresar algún día a donde se encontraban sus raíces. Sabían que Aztlán se encontraba muy lejos, al norte del Valle de Anáhuac. Sin embargo, se habían realizado una multitud de largos viajes de exploración sin el menor éxito.

Uno de los viajes más importantes fué el que ordenó el sacerdote Tlacaélel, portador del emblema sagrado, quien reunió a varios hombres y nombró como comandante al joven guerrero, con grado de Caballero Tigre, Tlecatzin, quien se organizó para ir en busca de la Ciudad Sagrada de Aztlán. Se reunieron las provisiones necesarias para un viaje muy largo, se hicieron los preparativos y se realizaron ceremonias religiosas que favorecieran la expedición y para que los dioses cuidaran de los expedicionarios. Con todas las condiciones a favor y los arreglos pertinentes, se emprendió el viaje y en unas cuantas semanas se llegó a los límites del imperio. A su paso por las comunidades bajo su dominio, se abastecieron de provisiones varias veces. Por fin llegó a lugares desconocidos, aunque los Aztecas sí eran conocidos más allá de sus dominios, por tal motivo nunca fueron atacados porque se conocía la fuerza de sus guerreros. Todavía en estos lugares pudieron conseguir provisiones, pero pronto llegaron a zonas áridas y despobladas, con climas extremosos donde se tuvieron que valer de sus habilidades para poder conseguir las provisiones necesarias para continuar con el viaje.

Llegaron a lugares donde empezaron a tener ataques de tribus bárbaras, batallas de las que salieron victoriosos. Finalmente llegan a un albergue donde pudieron descansar y recuperarse de tan agobiante viaje. Después de atravesar tantas tierras, tanto ríos y tantas peripecias, Tlacaélel pensó que la Ciudad Sagrada de Aztlán había desaparecido. Pero a pesar de los resultados negativos, continuaron el viaje con el fin de cumplir la misión encomendada. Días después llegaron a una población devastada; seguramente alguna tribu bárbara había matado a todos los hombres, mujeres y niños, y saqueando la ciudad. Se detuvieron para dar sepultura a los cuerpos que yacían sobre el suelo y rescatar las pocas provisiones que habían dejado los saqueadores. Durante las tareas de saneamiento del lugar, se encontraron con una niña, que presa del miedo trató de huir, pero fué atrapada y llevada con Tlacaélel, quien la tranquilizó y ganó su confianza. Aunque hablaba una lengua diferente, la niña los condujo a una cueva muy grande y con múltiples pasillos, donde después de varios días de exploración, en una sala de la cueva encontraron un sinnúmero de jeroglíficos detalladamente esculpidos, a manera de código.

Tlacaélel y Tlecatzin tenían la formación y los conocimientos necesarios para descifrar aquellos símbolos impresos con gran maestría. Al ir descifrando los jeroglíficos, Tlacaélel se sorprendió al darse cuenta que aquella narración era la propia historia de Aztlán. Descifrados los códigos, fueron copiados y se planificó el viaje de retorno, con la confirmación de la existencia de la Ciudad Sagrada de Aztlán y la idea de que los astros marcaron el destino de su desaparición. Con los códigos y la niña, a la que llamaron Macuilxochitl, emprendieron el viaje de regreso y en el camino a Tenochtitlán, se encontraron con los hombres de una segunda expedición que había sido enviada en su búsqueda, con el fin de apoyarlos y continuar con la misión de buscar la Ciudad Sagrada de Aztlán. Pero con todo lo acontecido, decidieron regresar juntas a la Nueva Ciudad Sagrada de Tenochtitlán.

Más de 30 lugares se han disputado ser la Ciudad Sagrada de Aztlán, sitio de origen de los Aztecas, entre ellos están: Nuevo México, Arizona, Sonora, Chihuahua, Sinaloa, Durango, Zacatecas, Jalisco, Aguascalientes, Michoacán, Guanajuato, Estado de México y Ciudad de México. Pero sólo el Lago Salado de Utah cuenta con los requisitos para ser la Ciudad Sagrada de Aztlán, origen de varias tribus con lenguas parecidas, tierras blancas en los alrededores, lugar que sufrió drásticas condiciones climáticas en el tiempo en que se dieron las migraciones al sur, y suficientemente alejado para que un viaje pudiera durar más de 165 años para llegar al Valle de México.

Así quedaron unidos dos sitios estratégicos para el desarrollo de las civilizaciones, el Lago Salado de Utah y el Lago Salado de Anáhuac, en el Valle de México. Esto localiza e identifica a la ciudad perdida de Aztlán, sitio confirmado por los hallazgos arqueológicos, etnológicos y lingüísticos que se han revelado a lo largo de esta ruta. Evidencias que confirman el sitio de Aztlán por la similitud en las costumbres, deidades, rituales, danzas, ceremonias, tallados, pinturas, la cultura del maíz y, especialmente, las lenguas yuto-aztecas que dominaron entre las tribus. Todas estas evidencias se fueron quedando, dispersando y diferenciando durante su desplazamiento a través de la ruta Aztlán-Tenochtitlán desde el tercer milenio antes de Cristo.

Tomada del Libro: “Aztlán: origen y destino”
de: Melquiades González Gaytán

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