Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

jueves, 4 de octubre de 2012

Narraciones

El Arte de Preparar las Homilías

Por : R M P

Estoy leyendo un libro muy interesante sobre “El Arte de Preparar las Homilías”, escrito por Mons. Joaquín Antonio Peñaloza, profesor universitario, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y Maestro de Homilética y Pastoral en el Seminario Mayor de San Luis Potosí, especial para Seminaristas y Sacerdotes. Pero a mi entender, también lo es para todos aquellos laicos comprometidos con la Nueva Evangelización que tienen a su cargo grupos de personas interesadas en estudiar la palabra sagrada. En su libro, Mons. Peñaloza presenta sus enseñanzas básicas, reglas y técnica que se deben emplear en la preparación de las homilías que los sacerdotes tienen qué pronunciar en el sagrado Oficio de la Misa.

Pues bien, éste libro me ha dejado la convicción que es un tesoro, me ha hecho reflexionar sobre mis observaciones y cavilaciones que yo me había formado sobre algunas homilías y parece ser que tenía en parte razón por ser coincidentes con la enseñanza que imparte Mons. Peñaloza. Como yo no había escrito ni comentado nada sobre este particular, por temor de incurrir en error; ahora con la lectura del Libro de referencia, me he animado a escribir algo sobre las Homilías, aunque sea por esta única vez; porque de un modo o de otro debe uno ser respetuoso con la palabra del sacerdote.

Bueno, pues empezaré por decir a los lectores que hay sacerdotes que son temidos por los fieles por sus interminables homilías, son tan largas, tan largas… que resultan ser un tormento aguantarlas. En las fisonomías de los creyentes es notorio el cansancio deprimente. La atención que se debe prestar a la palabra de Dios, se borra perdiéndose el interés de seguir escuchando el discurso. Otros “padrecitos”, en lugar de explicar a los fieles la palabra del Señor, empiezan a contar pequeñeces de la vida que no interesan a los feligreses. A veces otros, al principio o a media homilía, se les ocurre decir chistes para hacer reír a la gente, saliéndose completamente del tema. Sí, hacen reír y hasta aplaudir aquellas ocurrencias, pero entonces, parece que estamos en una carpa de feria y no en misa.

Otro ejemplo lo tenemos en el Padre Darío Betancourt del Movimiento de la Renovación Carismática del Espíritu Santo, el cual es conocido por todo el mundo, como una eminencia dentro de nuestra Iglesia Católica, Apostólica y Romana. En una Misa Carismática, grabada en un cassette, el Padre Darío se burló del Papa de Roma e hizo reír y aplaudir tanto a los asistentes a esa misa, que se oían las risotadas de la gente, además se burló de los Padres no Carismáticos. Aquello parecía no una misa, sino la función de un circo, donde el Padre Betancourt era el payaso. Naturalmente, eso no está bien, porque ¿Dónde está la reverencia, el recogimiento, la meditación, etc., que todo cristiano debe tener en el Santo Oficio de la misa?

Hay otros padrecitos que acostumbran echar tremendas regañizas a los fieles. Recuerdo una vez en el Templo de San Francisco, yo y muchos estábamos esperando la celebración de la misa. Llegada la hora, salió un padrecito bastante enojado que nos trató a todos de hipócritas y diciendo: “Están ustedes muy equivocados si esperan salvarse sin hacer obras, etc. Yo y tal vez muchos de los presentes estuvimos a punto de salirnos del templo, pero nos aguantamos. Otras veces, son los aparatos los que reproducen mal, se oyen gangosos y distorsionan el sonido.

Estos y otros muchos señalamientos son tratados por Mons. Peñaloza en su interesantísimo libro titulado “La Imperfecta Homilía” con mucha finura, claridad y elegancia y con una técnica perfecta, sí, muy especial. Admira también su amenidad. Desde que uno empieza a leer el libro hasta que lo termina, en ningún momento siente el lector fastidio, al contrario, gusta uno volver a leer algunos capítulos ya leídos. Con cuanta gentileza explica Mons. sus enseñanzas a los seminaristas y sacerdotes, para que pongan el debido cuidado en la preparación de sus homilías, particularmente a los seminaristas que un día serán los guías espirituales del pueblo de Dios.

Mons. Peñaloza nos da a entender que la inspiración del predicador sagrado es un don, pero ese don debe ser cultivado, educado y examinado por el profesor, que enseña al alumno las reglas del arte del bien hablar.

Esto viene a ser como la voz de un gran cantante de Ópera, que por hermosa que ésta sea, tiene forzosamente que estudiar las reglas del arte musical. Es tan fácil escuchar a los grandes oradores o predicadores religiosos como cuando nos visita nuestro Arzobispo Don Alberto Suárez Inda; yo nunca me pierdo esa gran ocasión. Parece que lo estoy mirando tan sereno, reflejando una muy alta espiritualidad. Su voz calmada que embeleza los espíritus de los asistentes al acto religioso. Muy concreto y substancioso, que uno siente la grandeza de un buen pastor que tiene a su cargo las ovejas del Señor.

Siendo pues el hablar bien, un arte que requiere estudio para conocer sus reglas y luego aplicarlas en nosotros mismos. Creo yo que todos podemos mejorar nuestra manera de hablar; sin embargo parece ser que la mayoría de la gente, no se preocupa por depurar su lenguaje, así como otras normas para obtener una personalidad más atrayente.

Para terminar lector amigo, sólo te recomiendo: que si ves en alguna librería o puesto de libros, la obra ya citada de Mons. Joaquín Antonio Peñaloza, cómprala, estúdiala. Yo te aseguro que te dejará mucho bien.

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