Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

sábado, 8 de septiembre de 2012

Libro

El Radio
(continuación)

La radio toca aproximadamente tres mil canciones al mes, pero distribuidas entre trescientos a cuatrocientos títulos que se repiten. Aparte de las estaciones de difusión cultural y música clásica, y las pocas dedicadas a la música “tropical” que aún sobreviven, la radio hoy día transmite únicamente la música de moda. Por ejemplo, en 1960 había cinco estaciones de género ranchero en el D. F. y ahora sólo hay dos que transmiten este género intermitentemente. Curiosamente, el medio de difusión fundamental para esta música son los “palenques” de provincia donde, semana a semana, los empresarios intercalan peleas de gallos con números musicales casi siempre a cargo de cantantes de música ranchera.

Muchos de estos artistas deben su actual popularidad (así como la de las canciones que interpretan) a estas presentaciones personales que, en cierta forma, sustituyen la falta de difusión radiofónica. La cantidad de música estadounidense y de otros países ha ido aumentando en proporción a la desaparición de las canciones mexicanas y el gusto musical es moldeado según los ritmos y estilos de la moda imperante.

El Apogeo de la Canción Romántica
La Inmortal Trova Yucateca

La blanca Mérida: los hijos de la noche hermosa

No hay mejore descripción ni más entusiasta de la vida trovadoresca en la ciudad de Mérida durante las décadas pasadas que la del musicólogo Baqueiro Foster en su libro sobre la canción popular en Yucatán. En la actualidad, es posible comprobar la brusca desaparición de todas aquellas tradiciones aún vivas durante la época de Foster.

La ciudad de Mérida, “bella como la imagen del recuerdo, patria de la canción nostálgica y dulce”, sitio privilegiado “donde las canciones se producían como las flores y los frutos”, es hoy día una ciudad idéntica a cualquier otra, asimilada al consumo y a la mentalidad unificada de los medios de información. Es inútil buscar sus troveros y sus trovadores, así como a los poetas que proveían de versos a los creadores de canciones.

Según relatan Baqueiro y los viejos conocedores, los trovadores acostumbraban reunirse bajo los laureles de la Plaza Grande o en las plazas y parques que fueron desde antiguo refugio de trovadores: San Juan, San Sebastián, Santiago y Mejorada. En aquellos años rapsódicos era posible reunir a más de doscientos trovadores en unos cuantos minutos. Mientras llegaba el comprador de la serenata, la noche se iba en improvisaciones y remembranzas de canciones antiguas.

Actualmente, los tríos y dúos son escasos en las plazuelas. Los compositores como Juan Acereto y Pastor Cervera tienden a desaparecer. En las cantinas, clubes nocturnos o cervecerías para hombres solos suele haber trovadores; hombres de más de cincuenta años, tal vez sobrevivientes de la época de oro, con voces gastadas y guitarras sordas, que guardan como íntimo tesoro el orgullo de ser troveros.

Los lugares para escuchar música no abundan, y los sitios que pretenden resucitar la tradición como El Desván Romántico quiebran por falta de público. Aunque existe un último reducto en los hoteles de lujo que ofrecen como show a un trovador que utiliza una guitarra con amplificación eléctrica y que entona, a más de canciones internacionales, una que otra yucateca tradicional que pocos solicitan. Baqueiro Foster había llegado a clasificar en su archivo cientos de canciones yucatecas; no solamente de los más conocidos como Palmerín, Pepe Domínguez, Rubén Darío Herrera, Lalo Santamaría y Alfredo Tamayo, sino las creaciones casi desconocidas pertenecientes a muy diferentes épocas. En la actualidad, la nueva generación conoce muy pocas canciones tradicionales. Si acaso llegaran a mencionarse, se referirán obligatoriamente a los mismos tres músicos mayores: Guty Cárdenas, Ricardo Palmerín y Pepe Domínguez. Así como en las tiendas de discos abundan los ritmos de moda, es casi imposible conseguir un disco de autores yucatecos recientes. Los medios masivos de información se han impuesto rotundamente. Las chicas empleadas en los comercios y en las oficinas no cuentan entres sus ilusiones juveniles recibir la ofrenda de una delicada serenata.

En 1941, al decir de sus poetas Rosado Vega, Ermilo Padrón López y Antonio Mediz Bolio, la canción yucateca podría ser caracterizada por su pulcritud y su limpieza y por el acoplamiento feliz de sus dos expresiones, la letra y la melodía. Los orgullosos letristas, se preciaban de que los creadores de la canción yucateca habían permanecido incontaminados por el llamado comercialismo. Sin embargo, la arcadia feliz de la canción peninsular se sentía amenazada. Rosado Vega, autor de la letra de “Peregrina” y abogado de la “creación como desinterés”. reflexionaba: “A mí nunca me han dado un solo centavo por las letras que he producido para canciones. Últimamente, la canción yucateca se ha vuelto objeto de voraz explotación para radio y sinfonolas, lo cual ha traído una gran merma en la espontaneidad que debiera prevalecer en todo arte. Cuando hay interés pecuniario en producir una canción, sobreviene el forzamiento de sus autores”.

Más de Cien Años de Historia

La canción yucateca clásica, enraizada en una peculiar forma de vida propiciada por el aislamiento geográfico y afincada en unos valores y costumbres emanados directamente del siglo XIX –como el requiebro amoroso por medio de serenatas obligadas-, es el resultado de una larga evolución.

En febrero de 1894, la revista meridana Pimienta y Mostaza publicaba el siguiente inserto: “Están enhorabuena los enamorados que tengan buen gusto y sepan sentir la música: un grupo simpático de artistas ha fundado una asociación de instrumentos de cuerda para dar conciertos. De suerte que el galán que haya encontrado en el pecho de su amada un broquel impenetrable a las cartas amorosas, a los versos llorones y a las miraditas de triple intención, no tendrá más que dirigirse a cualquiera de los artistas Aurelio Benítez, Arturo Cosgaya, Juan Manuel Vargas, Gil Espinosa, Joaquín L. Mena y Bilo Ríos.

!Zas! Se sitúan frente a las rejas de la esquiva dama, le taladran el corazón con cuatro o seis sinfonías de esas que parecen interpretadas por angélico coro, y al día siguiente, es seguro que la insensible dirigirá una cartita al desairado joven que diga: ‘ven adorado mío’”. Lo interesante de este reclamo no es comprobar la existencia de la serenata como institución, sino la labor de músicos y trovadores que personificaban una tradición de suyo antigua.

Los rastros más remotos de la canción yucateca podrían situarse en la segunda mitad del siglo XVII, ya que sería mucha pretensión remontarse hasta la música de carácter guerrero, religioso o civil de los pueblos mayas, cuyos ejemplos son bastante hipotéticos. Aquella provincia de Yucatán, sometida originariamente por Francisco de Montejo y sujeta administrativa y políticamente a la lejana Audiencia de México, llevaba por necesidad una vida independiente (tras largos años empleados en la conquista de los mayas) y pronto creó sus propias tradiciones culturales.


(continuará…)

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