Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

sábado, 8 de septiembre de 2012

Leyendas

Los Duendes

Mariquita la esposa de Don Carmen, el herrero de la Calle de Colón, contaba que cuando llegaron a Salvatierra procedentes del Pueblo de Santo Tomás, se fueron a vivir a la Calle de Pípila –la que conduce a la subestación de la CFE-, era el antiguo camino a Yuriria, la gente lo conoció como “El Paso del Águila”.

La señora sufría de insomnio, por las noches se levantaba para estar mirando a la calle por una pequeña ventana. Una noche de sábado ya para amanecer el domingo, se levantó como era su costumbre a ver por la ventana, cuál fué su sorpresa al observar unos niños pequeños pero ágiles jugando no sé qué cosa en el Paso del Águila. En eso, sonaron las campanas de los templos llamando a la misa de cinco; los niños desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos.

Contaba que cuando veía a esos raros niños jugar, en su casa sucedían cosas extrañas; se oía como si se rompieran los platos y ollas de su cocina; o como si estuviera cayendo tierra del techo de la casa.

¡Eran los duendes!

La mamá de mi amiga Narda Carmina me contaba que de chica vivió en una casa de la Calle de Arteaga, muy cerca de la esquina que forma con la de Fernando Dávila. Una noche no podía dormir, sentía que alguien le jalaba las cobijas y le movía la almohada, cuando abrió los ojos vió a un pequeño niño que parecía estar riéndose, sus facciones se parecían a las de un negrito.

Al oír su padre el ruido, se levantó y comenzó a vestirse. Ella dice que el negrito repetía los movimientos y acciones que hacía su padre, y no sé de donde sacaba también las prendas de vestir iguales a las de su padre y se las ponía. De un momento a otro desapareció.

¡Era un duende!.

Don Alfonso Flores, vecino por muchos años de la Calle de Guerrero y originario de las Cruces, le contaba a su sobrino Joel que de joven fué arriero. Una vez, ya “pardiando” la tarde salió de la Estancia del Carmen de Maravatío rumbo a Salvatierra acompañado únicamente de sus burros.

Al llegar a la Huerta no se aguantaba los ladridos lastimeros de los perros; lo mismo pasó al llegar a la Virgen. El monito desapareció al entrar a Eménguaro.

¡Era un duende!

Mucha gente los ha visto; unos por Lerdo de Tejada; otros por la Calle de Morelos, jugando frente al Colegio de las Madres Guadalupanas y desaparecen cuando corren hacia el Callejón del Padre Eterno; en fin, se les ve por todas partes. Las viejas señoras dicen que son guerrosos y traviesos en las casas que frecuentan durante la noche.

Dice la tradición, que éstos pequeños espíritus no son ni buenos ni malos, pues son los niños del Limbo que no alcanzaron a recibir el Sacramento del Bautizo al nacer. Desaparecen dice la misma tradición; al rezar la Magnifica, bueno, si te acuerdas de ella cuando los veas.

La Calle del Calvario y el Paraje de los Ajusticiados

Hoy la Calle de Morelos atraviesa la ciudad de norte a sur. En la colonia al tramo comprendido entre la Calle de Guillermo Prieto y su prolongación hacia el sur, se le conoció primero como Camino Viejo a Acámbaro o Calle que sube al Barrio, después como Calle de la Palma.

De los demás tramos, cada cuadra tuvo su propio nombre: entre G. Prieto y Glez. Ortega se le conoció como Primera Calle del Biombo y a Colón como la Segunda del Biombo; enseguida, por donde el Canal Gugorrones corre por un costado se le conoció primero como Calle Nueva y luego como Calle de las Tenerías, por la gran cantidad de curtidurías allí asentadas aprovechando el agua del canal y el desagüe al río; la parte donde hoy se encuentran las escuelas “Emperador Cuauhtémoc” y la “EST. 2” se le denominó primero Calle de San Francisco y luego como Calle del Cementerio, por estar allí asentado el Campo Santo del Convento, después la conocían simplemente como La Tapia, por la larga barda que la colindaba.

Y a la cuadra donde está el Templo y Convento Franciscano se le conoció siempre como Calle de San Francisco o Calle Vieja de San Francisco; entre Madero y 16 de Septiembre se le llamó Calle del Molino, por estar allí el Molino de la Ciudad, que aprovechaba la caída del agua del canal, a este lugar se le conoció también como Barrio de San Buenaventura, con el tiempo la cuadra cambió su nombre por Calle de Rubí; de 16 de Septiembre a Manuel Doblado donde precisamente se encontraba la huerta del “El Infiernito”, se le conoció primero como Calle de la Carnicería o Carnicería Vieja, allí se distribuía la carne que provenía del rastro ubicado a espaldas el Templo de Santo Domingo, precisamente en el Paraje de los Ajusticiados, tomó por último también el nombre de Calle de Rubí.

Los demás tramos después de Manuel Doblado tuvieron varias denominaciones: Calle a la Laborcita, Calle del Indio Triste, pero se le conoció mejor por la Calle del Calvario, por encontrarse en ella una pequeña capilla de adobe donde los indios veneraban al Sr. de la Clemencia, mucho antes de la fundación del Templo de Santo Domingo, la capilla se encontraba a un costado de la Hacienda de Sánchez.

Atrás del Templo de Santo Domingo está la Calle de Zarco, se le conoció primero como Calle del Rastro y después como de la Soledad, al final de la guerra de Independencia fue llamada Paraje de los Ajusticiados. Y a la Calle de Morelos en ese tramo se le conoció como Calle del Calvario por las razones ya expuestas y después Calle del Indio Triste.

Cuenta una antigua crónica que en la esquina que forman estas dos calles era costumbre de lo indios reunirse allí los domingos por la tarde después de haber asistido a la doctrina y al Santo Oficio de la Misa. En esas reuniones informales platicaban sobre su raza, su situación y las injusticias de que eran objeto. Los jóvenes escuchaban las historias de los viejos, con esto nunca perdieron su identidad y la conciencia de su raza.

La población se burlaba de ellos, diciendo que se juntaban nada más para lamentarse y renegar de la voluntad de Dios. Eran pues, puras tristezas las que allí se platicaban. Esta costumbre duró toda nuestra época colonial Cuando por nuestra ciudad pasó el venerable Cura de Dolores Don Miguel Hidalgo, los indígenas supieron que había llegado la hora de la liberación y de romper las cadenas de la esclavitud.

Esto era bastante, los ricos hacendados de la Ciudad considerada granero del Virreinato, no podían permitir a un indio pensar de esta manera. En uno de esos domingos estando reunidos los indios en su esquina de costumbre, la guardia aprendió a los viejos. Esa misma tarde y la mañana del lunes los martirizaron en la antigua Calle del Calvario; haciéndolos caminar sobre el empedrado con las plantas de los pies rebanadas, atándolos luego a unos palos para ser azotados.

Al llegar la tarde del lunes, un pelotón de la guardia los fusiló en el viejo Callejón de la Sociedad. Por estos hechos se le conoció como el Paraje de los Ajusticiados.

Para las conciencias de hoy, fueron esos indios el soldado desconocido que con su sangre regó esta bendita tierra, para gozar de la libertad que hoy tenemos.

Entre Mochos y Chinacos

Cuando el fiel de la balanza se inclinó a favor de los republicanos en la época juarista y el inminente retiro de las tropas francesas de Napoleón III, Salvatierra sufrió las consecuencias del recrudecimiento de la guerra entre chinacos -léase republicanos- e imperialistas –léase mochos-.

Con lo anterior quiero decir: era la pugna entre los nuevos ricos, o sea, aquellos hacendados que habían adquirido a bajo costo los despojos de las haciendas de la Iglesia o mejor dicho de sus ministros; estaban con Don Benito Juárez, y los sacerdotes y allegados estaban con el Imperio de Maximiliano. El pueblo, como siempre, sufría los desmanes de unos y otros.

Don Ignacio Ortiz, historiador y amante de Salvatierra, nos narra en forma jocosa un hecho sucedido aquí, precisamente en esa época. La narración fué publicada en la revista “Salvatierra” fechada el 1 de septiembre de 1943; dicho sea de paso, se editaron seis números de la publicación con motivo del tercer aniversario de la fundación de la Ciudad.

La narración en sí y los hechos están descritos de la siguiente manera:.

Era el año de 1865 cuando la apacible y bella Ciudad de Salvatierra, por las frecuentes entradas que hacían a la misma los chinacos y los mochos posesionándose de la plaza, perdió su taciturna calma. Era el mes de octubre cuando hizo su entrada un coronel con su correspondiente tropa de los llamados mochos.

En la esquina noreste del Jardín Principal donde se cruzan a la vista las antiguas calles de la Cadena y la de la Cárcel vieja –hoy Hidalgo y 16 de Septiembre- existió una tienda llamada “La Cruz Verde”, cambiando después su nombre a “La Primavera”. Su propietario lo fué Don Carmen Pérez, un individuo fornido o mejor dicho un poco obeso, como lo eran los propietarios de tiendas de abarrotes de esa época, tales carnes les venían por el poco trabajo que tenían durante el día con los escasos marchantes que llegaban.

Pérez era un liberal, pero de esos liberales de atrás del mostrador, que solamente en reuniones amigables se exaltaban y bravuconeaban. El año anterior al que consignamos hizo su entrada en Salvatierra una tropa de chinacos, como era costumbre; los mochos de la Ciudad se escondieron para escapar de la persecución de los contrarios. Pérez, sabiendo dónde estaba escondido uno de ellos, lo denunció, capturado y reducido a prisión, fué liberado a los dos o tres días con el correspondiente susto.

Esto fué el motivo para que a la entrada de los mochos en 1965, no faltara alguien que dijera al Coronel que por causa del tal Pérez, uno de los mochos de la Ciudad había sido reducido a prisión. El Coronel indignado ordenó a su sargento que al mando de un piquete de soldados fuera a la tienda o casa de Pérez; lo aprehendiera y lo llevara al cuartel. Cuando los soldados se presentaron en la tienda, Pérez se encontraba medio dormido tras el mostrador, abrió desmesuradamente los ojos cuando el Sargento le ordenó que saliera y los acompañara al cuartel, ya que el Coronel deseaba verlo.

En el cuartel y a pesar de las súplicas infructuosas de Pérez, el Coronel ordenó que en la Plaza del Carmen se hicieran los debidos arreglos para que el acusado recibiera como castigo público un bando de palos por haber denunciado a un prominente mocho de la Ciudad. Uno de los Cabos se encaminó de inmediato a la Plaza, en el centro de la misma y a distancia conveniente clavó cuatro estacas. Apenas clavada la última, llegó una banda de tambores formándose a pocos metros de distancia, ante tal acontecimiento se congregaron los vecinos a ver qué pasaba.

Pocos instantes después era conducido Pérez a cumplir la sentencia impuesta por el Coronel; inmediatamente y en medio de las estaca, fué puesto el acusado, dos Cabos se encargaron de amarrarle las manos y los pies a cada una de ellas.

A la voz de mando de un Sargento, avanzaron cuatro soldados poniéndose dos a cada lado del acusado y a su vez dos Cabos atrás de los soldados, todos provistos de sus varas; las que traían los soldados eran para pegarle a Pérez y las que traían los cabos eran para golpear a los soldados que no dieran a aquel con fuerza.

Comenzó la ejecución y comenzó a dar gritos Pérez, pero éstos fueron acallados por el ruido de los tambores que comenzaron sus redobles para tal fin. Los curiosos comenzaron a abrir los ojos y a fruncir las asentaderas, como si ellos también estuvieran sintiendo el castigo.

Vivía en nuestra Ciudad Doña Anita Díaz, Dama caritativa y muy católica que había donado al Templo Parroquial el Santo Niño que se veneraba frente al Baptisterio, teniendo la Señora grandes influencias con el Coronel, fué a suplicarle el perdón para el acusado. El Coronel accedió a la petición de clemencia, ordenando de inmediato cesara el castigo; Pérez recibió solamente diez azotes.

Los tambores dejaron de redoblar, los curiosos regresaron a sus casas un tanto decepcionados por la suspensión del castigo, pero comentando el hecho. Pérez fué puesto en libertad.

Al dirigirse a su casa, pasó antes por una cantina y pidió una buena copa de aguardiente bastante grande para mitigar la cólera, dijo al dependiente; pero todos los presentes pensaron que más bien era para mitigar el dolor de asentaderas.

Desde entonces, Pérez cambió su manera de ser, cuando alguien le preguntaba sobre cuestiones políticas, él contestaba: “Mire amigo, quítese de tiznaderas porque a mí me costó un banco de palo, que cada vez que me siento me acuerdo y todavía me duelen”.

Tomadas del Libro: “Leyendas, Cuentos y Narraciones de Salvatierra, Segunda Parte” de Miguel Alejo López

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