Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

jueves, 16 de agosto de 2012

Historia

El Marquesado de Salvatierra

POSEEDORES DEL MAYORAZGO Y HEREDEROS DEL MAYORAZGO

Don Gabriel López de Peralta, hijo segundo del Tesorero Jerónimo López y de Doña Ana Carrillo de Peralta, primer poseedor del primero de los Mayorazgos que fundaron sus padres, casó con Doña Catalina de Sámano Turcios y tuvieron a Don Juan Jerónimo López de Peralta y Sámano Turcios, segundo poseedor del dicho primer Mayorazgo, casó con Doña Teresa María de Acevedo Carbajal, de la que tuvo a Don Juan Jerónimo López de Peralta Acevedo y Carvajal, tercer poseedor del primer Mayorazgo, casó con Doña Catalina de Soto Ponce de León, cuarta poseedora del Mayorazgo, casó con Don Juan Bautista de Luyando y Bermeo, Caballero de Alcántara, a quien se le concedió (siendo ya viudo, en 1708) el título de Marqués de Salvatierra, que no gozó por haber llegado éste después de su muerte. De este matrimonio fué hija la Primera Marquesa Doña Francisca Catalina Jerónima López de Peralta Sámano Turcios Luyendo y Bermeo, quinta poseedora del expresado Mayorazgo, casó en primeras nupcias con el licenciado Don Pedro de Eguaraz y Fernández de Hijar, y en segundas nupcias con Diego de Urrutia de Vergara Flores de Valdés.

Hija del primer matrimonio fué la Segunda Marquesa Doña María Josefa Jerónima López de Peralta Sámano Turcios y Eguaraz, sexta poseedora del Mayorazgo, murió sin sucesión y heredó el título su sobrino, el Tercer Marqués Don Juan Lorenzo Gutiérrez Altamirano Velasco López de Peralta Legaspi Albornoz Castillo y Urrutia de Vergara, octavo Conde de Santiago, octavo Marqués de Salinas, séptimo poseedor del Mayorazgo (hijo del séptimo Conde de Santiago, Don Juan Javier Altamirano de Velasco y de Doña Ana María Urrutia de Vergara y López de Peralta y nieto por línea materna de Doña Francisca Catalina Jerónima López de Peralta Sámano Turcios Luyando y Bemeo, primera Marquesa y de su segundo esposo, Don Diego Urrutia de Vergara Flores de Valdés), casó con Doña María Bárbara de Ovando y Rivadeneyra y tuvo de ella, entre otros hijos a la Cuarta Marquesa Doña María Isabel Jerónima Altamirano López de Peralta y Ovando, décima Condesa de Santiago y octava poseedora del primer Mayorazgo, murió sin sucesión y su hermana fué la Quinta Marquesa Doña Ana María Jerónima Altamirano Velasco López de Peralta y Ovando, décima Marquesa de Salinas, undécima Condesa de Santiago y novena poseedora del dicho Mayorazgo, casó con Don Ignacio Gómez de Cervantes y Padilla, Gentil hombre de Cámara y Maestrante de Ronda; tuvieron nueve hijos, entre ellos el Sexto Marqués Don Miguel Jerónimo López de Peralta Cervantes y Velasco, décimo y último poseedor in integrum del primer Mayorazgo (fundado por Jerónimo López y Doña Ana Carrillo de Peralta); poseyó además el Mayorazgo de Urrutia, firmó el Acta de Independencia de México, tuvo el empleo de Capitán de Guardia del Emperador Iturbide, fué Consejero de Estado, Gran Cruz de la Orden de Guadalupe, General de la República, Gobernador de Distrito, etcétera.

Casó dos veces y de su segunda esposa Doña Joaquina Estanillo, tuvo, entre otros, por hijo al que debió ser el Séptimo Marqués don José Cervantes Estanillo, casado con Doña Manuela Cortázar y Ceballos (hija del General Don Luis Cortázar, quien por su familia debía de ser la Cuarta Condesa de la Presa de Xalpa), y tuvo por hija a la que debía ser la Octava Marquesa Doña Dolores Cervantes y Cortázar, Quinta Condesa de la Presa de Xalpa, casó con don Antonio Riva y Echeverría, Diputado al Congreso de la Unión, tuvo seis hijos (murió en 1902), hermanas de la octava Marquesa Doña Enriqueta Cervantes y Cortázar y Doña Manuela Cervantes y Cortázar.

Resumiendo: los herederos del Mayorazgo fueron diez, hasta el sexto Marqués, que fué el décimo poseedor in integrum, por haberse abolido en España y América el 20 de septiembre de 1820; los Marqueses fueron seis, cuatro mujeres y dos hombres, el sexto Marqués murió el 14 de marzo de 1864, 38 años después de que fueron abolidos los títulos nobiliarios en México.

El 20 de septiembre de 1820, las Cortes españolas abolieron los Mayorazgos laicos en España y América; in embargo, en el Decreto Español se procedía a desvincular las propiedades de la Iglesia; a estas organizaciones eclesiásticas se les prohibía comprar, vender o transferir bienes bajo la forma de tierras, rentas o hipotecas, así como a los individuos se les estaba vedado donar o legar bienes raíces a las organizaciones eclesiásticas. En México, los Mayorazgos se prohibieron en 1823, pero la desvinculación eclesiástica ocurrió hasta la Reforma de Benito Juárez, en la década de 1850. En cuanto a los títulos de nobleza, fueron abolidos el 2 de mayo de 1826 por el Senado mexicano con votación de 40 contra 1.

Durante la Guerra de Independencia, la finca del Marquesado fué ocupada tanto por las Fuerzas Realistas como las Insurgentes (cuando éstos tomaron la plaza al mando del cura Hidalgo), fué cuartel general de las Fuerzas Realistas de Agustín de Iturbide, después la ocuparon las fuerzas de cuerpo mixto de realistas fieles de Salvatierra y al final por algunas compañías del Ejército Trigarante en 1821, razón por la cual los ornamentos y vasos sagrados del Oratorio y otros, pertenecientes a la casa y molino, fueron depositados en el convento de Capuchinas y casas particulares de la ciudad. En esa época, 1818, fueron administradores Don Mariano Servín de la Mora, clérigo presbítero, Don Antonio Quiroz, Francisco Alcantud y Bermúdez; durante el porfiriato se desmontó el molino, y en 1912 Don Rosalío Lira trató de comprarlo.

Varios años después, los señores Arrechederra, de la fábrica de hilados y tejidos La Reforma, compraron la finca y la concesión del molino, el señor cura Espinosa adquirió el retablo, que fué trasladado a la sacristía de la iglesia parroquial. Para 1963, con motivo de las obras realizadas por el Plan Guanajuato, el gobierno del estado la ocupó como almacén de maquinaria y materiales.

En 1989, los arquitectos José Eduardo Barrón Guzmán y J. Carmen Becerra Cardoso, presentaron su tesis en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Guanajuato con el título de Rehabilitación del Molino del Mayorazgo en Salvatierra, Guanajuato, en la que tratan con mucha visión de convertir el lugar, aprovechando lo poco que queda del inmueble, en un sitio de cultura y recreo, que contará con teatro al aire libre, biblioteca local, museo y auditorio, cada uno de ellos con todos los servicios; desgraciadamente, hasta el año de 2004, ninguna autoridad gubernamental o institución particular se habían interesado por realizar este proyecto, que sería un atractivo de educación e ilustración para los salvaterrenses y para el turista, una atracción más en el hermoso bajío.

LICENCIA REAL PARA FUNDAR UN MAYORAZGO

CÉDULA REAL.- Don Felipe, por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalem, de Portugal, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdova, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algecira, de Gibraltar, de las islas de Canaria, de las Indias Orientales y Occidentales, islas y tierra firme del Mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Bravante y Milán, Conde de Augsburg, de Flandes y de Tirol y de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina & por cuanto por parte de Vos, Jerónimo López, vecino y Regidor de la ciudad de México, de la Nueva España, y Doña ana Carrillo de Peralta, vuestra mujer, nos ha sido fecha relación, que en aquella tierra tenéis mucha cantidad de bienes y hacienda, y en la dicha ciudad de México unas casas principales y que por tener intención de perpetuaros en la Nueva España y que vuestros hijos y descendientes hagan lo mismo, quería deshacer mayorazgo de las dichas casas y de otros cien mil ducados de los dichos vuestros bienes en Don Jerónimo López de Peralta vuestro hijo legítimo, suplicándonos os mandase dar licencia y facultad de ello, y habiéndose visto por los del mi Consejo de Indias, acatando los sobre dicho y lo que me habéis servido en aquellas partes, y porque de vuestras personas y servicios quede perpetua memoria lo he habido por bien, y así por la presente de mi propio motu y cierta ciencia y poderío real absoluto, de que en esta parte quiero usar y uso como Rey y Señor natural, no reconociente superior en lo temporal, doy licencia y facultad a vos los dichos Jerónimo López y Ana Carrillo de Peralta vuestra mujer, y a cualquiera de vos, para que de los dichos bienes y hacienda, muebles y raíces y rentas y heredamientos y otros cualesquier bienes que al presente tenéis, o adelante tuviéredes en la dicha Nueva España y en otras partes de las islas, Indias y Tierra firme del mar Océano o de la parte que de vos os pareciere, podáis, hacer e instituir el dicho Mayorazgo en vuestra vida o al tiempo de vuestro fallecimiento por vuestro testamento o postrimera voluntad, por vía de donación entre vivos o por causa de muerte o por otra manda o institución que quisiéredes y por bien tuviéredes o por otra cualquier vía de disposición y de dejar y traspasar los dichos vuestros bienes por vía de título de mayorazgo, en el dicho Jerónimo López de Peralta vuestro hijo, y a falta de él en otra persona, cualquisiéredes, según y como, lo ordenáredes y dispusiéredes con los vínculos, reglas e instituciones, vedamientos, sumisiones, penas, fuerzas, firmezas, cargas y gravámenes y otras cosas que pusiéredes y quisiéredes poner en el dicho mayorazgo, según y como por vos fuere mandado, ordenado y establecido, de cualquier manera, vigor y efecto o ministerio que sea o ser pueda, para que de allí adelante los dichos bienes de que las hiciéredes el dicho mayorazgo, sean habidos por bienes de mayorazgo inenajenables e indivisibles, sujetos a restitución y por causa alguna que sea o ser pueda necesaria, voluntaria, lucrativa, onerosa, obra pía, dote, ni donación propternucias no se puedan vender, donar, trocar, cambiar, empeñar ni enajenar por el dicho vuestro hijo o persona en quien así hiciéredes el dicho mayorazgo, ni por los otros sucedientes que sucedieren en él ahora ni de aquí adelante, en tiempo alguno para siempre jamás, por manera que la persona en quien así instuyéredes el dicho mayorazgo y sus descendientes y personas que hubieren de suceder en él, los hayan y tengan por bienes de mayorazgo inenajenables e indivisibles, sujetos a restitución según y de la manera que por vos fuere hecha, mandado, ordenado y establecido e instituido y dejado en el dicho mayorazgo, con las mismas cláusula, sumisiones, condiciones, e instituciones, cargos, gravámenes que en él pusiéredes y quisiéredes poner a los dichos bienes y a los que a ellos llamáredes y en ellos sucedieren, los cual podáis hacer al tiempo que en virtud de esta mi carta los metiéredes y vinculáredes y después, en otro cualquier tiempo que por bien tuviéredes, y para que vos, los dichos Jerónimo López y Doña Ana Carrillo de Peralta y cualquiera de vos, podáis revocar y enmendar el dicho mayorazgo y los vínculos y condiciones que le pusiéredes en todo o en parte de ellos, y deshacerlo y tornarlo a hacer e instituir de nuevo una y muchas veces, que yo del dicho mi propio motu y poderío real absoluto, de que en esta parte quiero usar y uso como dicho es, lo apruebo y doy por firme, grato, estable y valedero, ahora y para siempre jamás y desde ahora y por puesto si esta mi carta el mayorazgo que así hiciéredes y ordenáredes, y como si de palabra a palabra fuese aquí inserto e incorporado, lo confirmo y apruebo y he por firme y valedero para ahora y siempre jamás según y como, y con las condiciones, vínculos, firmezas, cláusulas, posturas, derogaciones, sumisiones, penas y restituciones que en el dicho mayorazgo por vos hecho, declarado y ordenado, fueren y serán puestas y contenidas, y suplo todas y cualesquier defectos, obstáculos e impedimentos y otras cualesquier cosas así de hecho como de derecho, forma, orden, sustancia o solemnidad que para validación o corroboración de esta mi carta y lo que por virtud de ella hiciéredes, es necesario y cumplidero de se suplir.

Tomado del Libro: “El Marquesado de Salvatierra”
de Francisco Vera Figueroa


Historia y Evolución de Salvatierra

El Mundo Prehispánico de Salvatierra; Frontera de Culturas

La Fundación de Urireo (continuación)

Al llegar fray Juan de San Miguel como guardián del convento Franciscano de Acámbaro en 1546, vió la necesidad de agrupar a los naturales en pueblos doctrina de indios, para facilitar su evangelización. Este fue el motivo y la causa principal que dio origen al pueblo de Urireo, juntando indios dispersos que se encontraban en: Cóporo, Cerro Prieto y Parácuaro.

Como los naturales eran de diferentes etnias (tarascos, otomíes y pames chichimecas), el pueblo se fundó destinándoles a cada uno un barrio alrededor del templo y teniendo como centro la cruz atrial. Los barrios aún perduran en el viejo pueblo: Cóporo, El Bajío, La Sierra y La Entrada.

La evangelización de Urireo estuvo al cuidado de los religiosos Franciscanos que partían de Acámbaro a Huatzindeo, edificándose la primera doctrina en el cerro del Calvario, que después atendieron los frailes del convento de Salvatierra hasta la secularización del curato en 1767. Al fundarse el curato de Chochones (Salvatierra) quedó el pueblo sujeto a éste. El cura tenía la obligación de visitarlos y celebrar la Sagrada Misa por lo menos una vez al mes y asistir a la fiesta solemne del Santo Patrono. Estas actividades las reportó el curato al obispado en 1643, manifestando la celebración del 15 de agosto en honor a María Inmaculada, cambiándole años después, la advocación por la de María Santísima de la Asunción de Urireo.

Por recomendaciones muy al estilo de fray Juan de San Miguel y de don Vasco de Quiroga, se fundó en el pueblo también un hospitalillo que funcionó con el nombre de Hospital de María Santísima de la Asunción de Urireo, del cual se tienen noticias todavía de su existencia para el año de 1659, en los registros de elecciones de priostes del hospital. Este estuvo asentado en las faldas del Cerro del Calvario (atrás del templo), de humilde construcción, pues eran unas cuantas chozas que perduraron hasta principios del siglo XX.

Su fundación legal como pueblo doctrina de indios se remonta cuando los naturales Juan Bautista y Juan Miguel, solicitaron tierras para la fundación del pueblo al virrey de la Nueva España, D. Lorenzo Suárez de Mendoza, Conde de la Coruña. El 10 de julio de 1580, les concedió una merced de tierras por una estancia para ganado mayor.

El pueblo tuvo dificultades para preservar sus tierras, ya que el alguacil del Santo Oficio de la Inquisición de México y vecino de Salvatierra, D. Fernando López Ballesteros, propietario de las tierras y hacienda vecina conocida como Ojo de Agua (Hoy Ballesteros) reclamó una parte de las tierras del pueblo, arguyendo que pertenecían a la hacienda, dado que habían sido las otorgadas por el virrey D. Antonio Mendoza a Bernardino Vocanegra. El 26 de septiembre de 1755, el virrey de la Nueva España, Conde de Revillagigedo, por Real Cédula ordenó la recomposición de las tierras del pueblo y las de la hacienda de Ojo de Agua, al juez de comisión D. Juan Fajardo y Barbosa.

Se terminaron dichas diligencias hasta el año de 1759, con la intervención de los comisionados de la Real Audiencia: D. Santiago Bermúdez, D. José Antonio Medina y D. Cristóbal Rico, los representantes de la hacienda de Ojo de Agua: D. Antonio de Estrada, y D. Cristóbal Flores, además de los representantes del pueblo. La Real Provisión les reconoció a los naturales 600 varas que por razón de pueblo debían
debían tener, además de un sitio y medio para ganado mayor, tomando como centro para medir los sitios la cruz atrial de la capilla mayor del pueblo.

En el muro de la iglesia se tiene la fecha de Mayo de 1853, que seguramente se refiere a la terminación de la reconstrucción de la obra, ya que la original es de tiempos de la Colonia. El curato se erigió en 1953, siendo su primer párroco el Pbro. D. Toribio Ojeda, esta parroquia atiende también los ranchos de: Ojo de Agua de Ballesteros, Cóporo, Los García y el Fénix.

La Fundación de Eménguaro

El viejo pueblo de Eménguaro tiene sus orígenes en los tiempos prehispánicos cuando se dio la expansión del reino de Michoacán, fue uno de los barrios del pueblo de frontera tarasca de Acámbaro, según las crónicas y declaraciones de los primeros estancieros en tierras chichimecas, como la de Martín Cofre en 1560. Estos pueblos de indios desaparecieron al ser llevados al Norte para poblar otras regiones, los naturales de Eménguaro, fueron trasladados al valle de Chamacuero, actualmente Comonfort, Gto. para vivir en las estancias de San Agustín, San Francisco y San Lucas.

Eménguaro, nombre purépecha que significa: lugar de maíz tempranero, y que desde antes de la llegada de los españoles fue conocido por los mexicanos con el nombre náhuatl de Xiupoctepillo, recibió con el tiempo a una nueva comunidad de tarascos que dio lugar a su fundación legal.

El quinto virrey de la Nueva España, D. Lorenzo Suárez de Mendoza, Conde de la Coruña, otorgó mercedes de tierras para la fundación del pueblo a Nicolás de el águila, Felipe Antonio y Martín de la Cruz, caciques otomíes del pueblo de Acámbaro. Dándoles posesión de las tierras D. Cristóbal de Vargas, alcalde mayor de Zelaya, el 17 de septiembre de 1581.

El 29 de octubre de 1590, el virrey D. Luis de Velasco (hijo), por una merced de tierras, le otorgó al pueblo dos sitios de estancia para ganado mayor, para el establecimiento de un hospital que fue encomendado a la Cofradía de la Inmaculada Concepción para su administración, y a la vez proporcionara los fondos para la veneración y fiesta del Arcángel San Miguel, Patrón del pueblo. Al año siguiente, el 24 de junio de 1591, este mismo virrey, les otorgó otro sitio para ganado menor a mano izquierda del camino de Huatzindeo en un lugar conocido como Chiltictepeque, para reforzar la economía y sostenimiento del hospital.

Como pueblo de indios sufrió modificaciones en la extensión de sus tierras, además de innumerables litigios por ellas. El 11 de marzo de 1650, obtuvieron los naturales licencia para vender a Sebastián Manrique una fracción de terreno, hecho que fue confirmado y autorizado por la Real Audiencia de México el 11 de marzo de 1652.

El 13 de agosto de 1663, arrendaron a Miguel Altamirano unas tierras de trigo y el molino. El 10 de abril de 1709, otorgaron en arrendamiento a los religiosos Carmelitas de Salvatierra, puestos y fajas de tierra limítrofes con la hacienda de Maravatío (Maravatío del Encinal), propiedad de los primeros, por un valor de 35 pesos en oro al año, y por seis años seguidos. Esto provocó un conflicto de límites de tierras entre los naturales del pueblo de Eménguaro y la hacienda propiedad de los carmelitas, en la que se disputaba entre otras cosas, el puesto de Pejo. Después de muchos autos y diligencias, se celebró un convenio entre ambos el 5 de noviembre de 1745. Tuvieron más litigios los naturales del pueblo, uno de ellos, fue con el convento de los religiosos Agustinos de Valladolid, por límites con las tierras que éstos habían adquirido en Batanes y San Buenaventura.

En estos autos y diligencias, ya aparecen como puestos y asentamientos los pueblos de Pejo y La Virgen.

La doctrina fué atendida por los religiosos Franciscanos hasta la secularización del curato en 1767. La construcción de su actual iglesia se inició en 1756, y se terminó en 1787, reedificándose en el año de 1875. El curato se erigió el 7 de septiembre de 1954, atendiendo en un principio los ranchos y comunidades de: Pejo, La Estancia del Carmen de Maravatío, La Virgen, La Huerta, San Antonio, La Palma, La Lagunilla, Las Canoas, Manríquez, La Catarina, San Jerónimo, Ojo de Agua de la Peña, El Mosquero, El Refugio, Estación Guzmán, Palo Blanco y Arroyo Colorado. Con la erección posterior del curato de Pejo, muchas de estas comunidades y rancherías pasaron a depender de él.

El Hospitalillo de Huatzindeo y el apostolado de Fray Juan Lozano.

Al iniciarse la segunda mitad del siglo XVI, en el fértil Valle de Huatzindeo, se instalaron los primeros estancieros para explotar de lleno sus recursos naturales, a través de las mercedes reales de tierras y aguas otorgadas. De esta manera se empezaron a formar granjas, estancias y haciendas, poco tiempo después, se formaron los primitivos pueblos de Santiago Maravatío y San Felipe Tiristarán (San Nicolás de los Agustinos), con un número reducido de habitantes llegando a ser apenas mayores que congregaciones, además de los pueblos de indios de Eménguaro y Urireo.

Uno de los primeros estancieros del valle fue el portugués Juan de Ibáñez (Joao de Illanes), por una merced de tierras que le fue otorgada en 1583, era tal la extensión de su propiedad, que años después, con ella se formarían las haciendas de Maravatío del Encinal, La Concepción, Santo Tomás y San Buenaventura.

Al morir Juan de Ibáñez en 1590, heredó su yerno Martín Hernández (el viejo) todas estas propiedades. En su matrimonio procreó una numerosa familia, entre ellos, su hijo Martín Hernández (el mozo), y dos hijas que ingresaron de religiosas al convento de Santa Clara de México, con los nombres de Sor Melchora de los Santos y Sor Antonia de San Martín.

Estando Martín el Mozo al frente de las propiedades por haber ya muerto su padre, éstas fueron embargadas y adjudicadas a diferentes propietarios, al no cubrir las dotes de las dos religiosas que ingresaron con las Clarisas. Esto originó la creación de las haciendas antes mencionadas.

El pleno corazón del valle y junto a la casa de Martín Hernández, se encontraba el convento de Huatzindeo, construido aproximadamente en el año de 1564, según la crónica del P. Juan B. Buitrón, y destinado originalmente a la recolección de diezmos. De pobre y humilde construcción, muros de adobe, techos de paja, y apenas unas cuantas paupérrimas celdas que daban alojamiento a los frailes.

Anexo al convento estuvo el hospitalillo fundado bajo la inspiración evangelizadora de Fray Juan de San Miguel, y organizado conforme a las reglas y prácticas establecidas para todo el obispado de Michoacán por el ilustre don Vasco de Quiroga.

La existencia de este hospitalillo influyó de tal modo en la evangelización, orden y civilización de los indios, a pesar de la hostilidad y agresividad de que fue objeto la escasa y pobre población asentada en su alrededor, de parte de aquellos que creían tener derecho sobre ese pedazo de tierra.

Tomado del Libro: “Historia y Evolución de Salvatierra”
de Miguel Alejo López

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