Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

lunes, 18 de junio de 2012

Narraciones

El Señor Don

Éramos jóvenes estudiantes de secundaria, había compañeros de dieciocho años hasta treinta y cinco. Algunos de ellos nunca tuvieron la oportunidad de estudiar hasta que se valieron por sí mismos, otros eran egresados de seminarios. Teníamos un compañero de setenta años, lo tratábamos de usted, según lo dictaban nuestra educación y los tiempos. Él, en adelante le llamaremos el “Don”, nos pedía que lo tuteáramos pues éramos compañeros y quería que hubiera confianza.

Hubo compañerismo y confianza pues el Don llegó a contarnos que entró a estudiar secundaria para recibir un diploma de auxiliar de contador. Le hicimos notar que para ese tiempo, él ya tendría setenta y cuatro años y ninguna empresa le iba a dar trabajo.

Entonces el Don nos tuvo más confianza y, entre sorbos de café, nos contó que sus hijos eran profesionistas y que, en algunas ocasiones, lo callaban vergonzosamente porque nada sabía un taxista, ex obrero y ex bolero. En ese tiempo los cursos eran anuales y, a medias del mismo, el Don ya no asistió a clases. Los compañeros creímos que las disculpas y ruegos de los hijos fueron las causantes de que perdiéramos a un compañero.

Perdimos a un compañero de estudios que nos dejó algunas enseñanzas: atendió eficientemente a una familia a la cual dió estudios profesionales. Enfrentó los problemas de conducta de sus hijos de la única manera que sabía hacerlo: con el ejemplo y con el trabajo.

Era un hombre que siempre tenía metas y las conseguía con voluntad y esfuerzo. Era hombre de fe, vi colgar de su cuello algunas medallas y un escapulario, cuando pagaba el café, en su cartera se veían imágenes de santos y de la Virgen de Guadalupe. Al empezar las clases, se persignaba y oraba.

Ayúdate, que yo te ayudaré. O, ¿tú que dices?

R R S

“Un Seminarista vs. un Psicólogo”
Por : R M P

Hace varios años un amigo mío de nombre Miguel sonriendo me decía: “Amigo Rodo: ¿Quieres responder a unas preguntas mías?” -¡Claro que sí! Todo está en que no estén muy difíciles. –Sí lo están, yo sé bien que sí lo están. –Pues vienen ya, no me alargues el momento. -La charla empezó así: -No hace mucho tiempo, escuché un programa de Radio sobre una polémica entre un seminarista y un Psicólogo, ambos estudiantes. El primero la empezó diciendo: -El progreso del hombre viene de lo alto. Es obra de Dios. Aunque el hombre en algunos aspectos es malo, el Señor compadecido de sus fatigas le ha inspirado el Don de la invención y del conocimiento para descubrir, por ejemplo: la Electricidad y las máquinas, movidas por esta maravillosa fuerza, que sin ella no habría progreso científico ni tecnología alguna. Esta es mi postura en el tema sobre el progreso del hombre en este mundo.

El Psicólogo sonreía medio burlón en uso de la voz, empezó así el debate: -Yo sostengo lo contrario. Yo digo : -El progreso del hombre es obra del diablo y no de Dios. Las pruebas están a la vista. ¿Qué ha hecho el hombre de esos progresos y de su técnica? –Inventar armas infernales para matar a sus semejantes. A crear nuevos y mortíferos virus para infectar el agua y el aire, para que muera la gente como el caso del Sida y demás enfermedades que sin motivo alguno han aparecido como la diabetes, el cáncer, la prostatitis, las embolias y los paros cardiacos.

Algunos investigadores de sentimientos cristianos han descubierto esas acciones criminales de ciertos científicos en convivencia con los hombres más ricos del mundo ubicados en las naciones más importantes del mundo. Tiene usted el caso de la bomba atómica y demás armas nucleares. Es más, el demonio ha logrado introducir masones en el Vaticano; y larga, muy larga sería la lista de todas las acechanzas del maligno. ¿Qué me dice usted de todo esto?.

Mi amigo guardó silencio. Entonces, yo le dije: ¡Síguele que me está gustando! Mi amigo alzó los ojos diciéndome: -No es posible, porque llegando a este punto, se cortó la onda radiofónica diciendo el anunciador: -La terminación de este encuentro será mañana a esta misma hora y por esta misma estación. -Yo no pude oír su terminación por tener qué presentarme a mi trabajo. Ahora dime tú, ¿quién de los dos puede tener la razón? –Me pones en un aprieto. -Le respondí: Estoy tentado a decirte que está gordo el paquete. Pero bueno, te diré algo al respecto. Bueno, pues entonces voy a empezar:

Te diré, que los dos tienen la razón... ¿Qué dices? Respondió mi amigo. Eso no puede ser, son dos polos opuestos. Bueno amigo, Rodo prosigue, prosigue... –No te espantes, le respondí: mira escúchame. El seminarista ha expresado unas verdades indiscutibles. El otro aparentemente le lanza un reto muy fuerte y muy cierto; pero de entre esas dos verdades, está la verdad primigenia. Si, todo eso tiene un principio, y tú lo sabes. Sin embargo te lo voy a decir:

Ese principio es Dios padre, creador de todo lo que existe. Él formó a todas las criaturas. Entre éstas tuvo a bien crear los ángeles que los dotó de gracias especiales. Entre todas estas criaturas angelicales, creó una bellísima que le llamó Luzbella. Pero ésta, viéndose tan hermosa y con poder, pretendió igualarse con Dios y aún superarlo y su grito fué este: ¡QUIÉN COMO YO! En su soberbia y desafío, arrastró millones de ángeles e inició la rebelión.

Entonces Dios Padre, muy a su pesar, mandó llamar al Arcángel Miguel; le encomendó la misión de combatir al sublevado, dotándolo de un poder infinitamente superior, al poder de Luzbella. Luego, en un punto del cosmos celestial, se encontraron los dos ejércitos contrarios. Los dos enemigos se encontraron los dos ejércitos contrarios. Los dos enemigos se encontraron frente a frente. Con voz de gran dominio lanzó su proclama acostumbrada: “¡QUIÉN COMO YO!” Al oírlo, el Señor San Miguel Arcángel le respondió: -¡QUIÉN COMO DIOS! –Entonces, al momento a una señal del Arcángel, se oscureció por todos lados y una espantosa tormenta de rayos, truenos y centellas, se abatió sobre el ejército de Luzbella.

El ejército de ángeles de San Miguel sí veía, cayó sobre el ejército disidente de Luzbella, arrojándolos a todos fuera del reino de Dios, a una dimensión tormentosa, que el Señor preparó expresamente para él y sus ángeles derrotados y caídos para siempre.

De manea que ese Luzbella, es conocido ahora por gran Satán y sus ángeles rebeldes se les llama demonios, los cuales, según los teólogos de todos los tiempos y ahora los exorcistas, saben que entre ellos existe una jerarquía y QUE quieran o no quieran, están supeditados a la Autoridad de Dios Padre y de todos sus Ángeles, Arcángeles, tronos celestiales y bienaventurados, que viven en las moradas del cielo.

Pero Satán y sus seguidores cada día crece más y más su ira, su rencor y su soberbia, que aún esperan su venganza contra todo lo divino. Tercos en su proceder absurdo e imposible, Satán se ha declarado “EL GRAN SABOTEADOR DE TODAS LAS OBRAS BUENAS DEL SEÑOR EN FAVOR DE SUS HIJOS, LOS HOMBRES”.

Esta verdad es una razón del estudiante de Psicología y es precisamente la clave para descubrir el por qué existe el mal en el mundo; pero que el libro sagrado (La Santa Biblia) en el Apocalipsis señala que al final de los tiempos Dios pondrá fin a este poder maléfico.

Bueno, amigo Miguel, ¿Qué más te puedo decir? ¿Verdad que los dos estudiantes tenían la razón? –Sí, -respondió mi amigo Miguel-, todas estas cosas tuvieron su principio en el conflicto que suscitó el Ángel más hermoso de la creación, que por su soberbia y arrogancia se convirtió en el ser más abominable de todas las criaturas que existen en el universo. Bueno, amigo Rodo, gracias por esta charla que hemos tenido; -y mi amigo Miguel se alejó de mi, silbando una canción. Tal era su alegría.

Bueno, estimado lector, terminado el tema anterior, solo quiero decirte que en este mundo sólo hay dos caminos, el camino del bien, que nos conduce a la presencia de la Santísima Trinidad; y el otro ES EL CAMINO DEL MAL, por donde el demonio arrastra a sus amigos y servidores a su reino infernal a pasar unas vacaciones que duran toda la eternidad.

¿Por cuál de los dos caminos, te gustaría marchar?

Trampa en el Puente de Vigas

Mi amigo me enseñó el dedo índice al tiempo que hizo un gesto de ruego en señal de que fuéramos a tomarnos una copa: “Sólo una, te lo juro...”, me dijo, igual que otras veces, y lo hacía de tal forma que era difícil idear algún pretexto para rechazar su invitación, aunque ambos sabíamos que no sería una copa. Las menos que recuerdo habernos tomado eran cuatro por cabeza. Solía hacer eso cuando, después de trabajar, nos íbamos acercando a la cantina “El Nivel”, localizada a unos treinta metros del Palacio del ex Arzobispado –ahí donde cuenta la leyenda que el ahora santo Juan Diego, llevó la tilma con la imagen de La Guadalupana para mostrársela al arzobispo- sede en ese tiempo de la Dirección General de Crédito, una oficina de la Secretaría de Hacienda, nuestro primer patrón en el sector público.

-¡Está bien!, le contesté. Pero que consté: sólo una y nos vamos –le dije riéndome, mientras entrábamos a la cantina de nuestra fortuna. Así le decíamos porque hicimos nuestro el estribillo de un poeta desconocido que el dueño había enmarcado y colocado detrás de la barra, que a la letra decía: “Grande fortuna es de aquel/ el que tiene por vecina / a la afamada cantina/ denominada ‘El Nivel’”. En efecto, éramos jóvenes, solteros y con buen sueldo en esa época –dirigíase que bastante bueno- por lo que nos sentíamos afortunados por todo eso, además de tener “El Nivel” ahí, al lado del trabajo.

Y esa noche nos quedamos hasta que nos corrieron. Después de la segunda copa decidimos, por comodidad y economía, pedir una botella de ron añejo, del bueno –a doscientos pesos con todo y servicio- y no era cosa de desperdiciarlo, por barato que fuera: a cien pesos nos saldría a cada uno la borrachera.

Eran pasadas las dos de la madrugada cuando tomamos un taxi frente a “El Nivel”, sobre la calle Moneda, y le pedimos que nos llevara a la estación del metro Cuitláhuac, allí había una pensión donde dejaba estacionado mi coche todas las mañanas, para evitarme el tráfico del centro. Todavía nos faltaba una buena travesía para llegar hasta Ciudad Satélite, donde vivíamos cada quien con un hermano casado y su familia –una más de nuestras coincidencias, como la de entrar el mismo día a trabajar en la misma institución y proceder ambos del Tecnológico de Monterrey, donde estudiamos la misma carrera en la misma época.

Esa travesía, sin tráfico, nos tomaba más de media hora y podía ser peligrosa a esas horas de la madrugada, tal y como lo comprobamos esa infausta noche, cuando nos dimos cuenta de que en el trayecto había una trampa de tránsito, una especie de caja registradora a favor de los policías, que consistía en que un tramo de no más de veinte metros, llamado Puente de Vigas, era de un solo sentido. Al llegar ahí había que dar vuelta a la derecha primero, luego a la izquierda tres cuadras después, y una vez recorrido el equivalente al tramo del puente, girar otra vez a la izquierda para salir delante de éste, tornar a la derecha y continuar el camino. Me imagino que durante el día y parte de la noche este recorrido se justificaba por el tráfico, pero ¿también después de la medianoche?.

Ya se sabe que el alcohol inyecta audacia. Por eso fué que cuando llegamos a ese punto no era necesario, aunque mi amigo lo hizo, que nadie me animara a continuar de frente para ahorrarme todas las vueltas mencionadas; porque, además, después de una parranda siempre se tiene prisa. Lo que no sabíamos u olvidamos, es que la misma forma cóncava del puente evitaba divisar a una patrulla que se dedicaban, seguramente cada noche, a detener a los incautos o audaces como nosotros.

Ante la señal de alto de uno de los patrulleros, no tuvimos más remedio que estacionarnos adelante de la patrulla y de dos automóviles cuyos choferes habían caído en la misma trampa que nosotros. Pasó un buen rato y los policías seguían discutiendo –o negociando, con ellos; vaya usted a saber-. Así que mi amigo me dijo: “¡Sabes qué, mejor vámonos; total, nadie nos pela!” Y me arranqué. Pero en menos de un minuto nos estaba siguiendo la patrulla con las luces rojas encendidas y a gran velocidad.

Cuando nos dimos cuenta de la persecución teníamos dos opciones: una, la más lógica y fácil, pararnos y argumentar que creíamos que a nosotros no nos habían detenido al principio y llegar a un “arreglo”; y dos, una alternativa más difícil, pero aún así factible: tratar de cruzar la línea divisoria, no muy lejana, entre los municipios de Tlalnepantla –donde nos encontrábamos- y Naucalpan, y espera que la patrulla no continuara la persecución.

Pero a mi amigo se le ocurrió algo diferente y yo pensé que nos funcionaría, lo que muestra cuán provincianos éramos entonces. Al ver una gasolinera me dijo: “Métete ahí, es propiedad privada y allí no nos pueden hacer nada.” Y yo me metí, sólo para que los policías, llegaran enseguida, se enojaran ante nuestros reclamos de que no nos podían infraccionar ni detenernos porque estábamos en propiedad privada: De hecho, uno de ellos se carcajeó y me dijo: “¡Ah! ¿Con que no puedo?”, y me subió a la patrulla.

Y así fué como nos llevaron, a mí con un juez calificador y a mi coche al corralón. Mi amigo insistía, creo que por un sentido de solidaridad mal entendido, en que también a él lo detuvieran, hasta que le dije que se calmara, que si a él lo metían a la cárcel, entonces nadie podría sacarme. Ante tal verdad, por demás elemental, tranquilizó su conciencia de “amigo en las buenas y en las malas”, y me pidió el dinero que traía para que no me lo fueran a quitar –además que lo necesitaría para completar la multa-.

No tuve qué enfrentar ni siquiera la llamada “prueba de verificación de ebriedad”, porque no consideraron necesario aplicármela. Cuando el juez calificador me vió, dijo: “Viene hasta las manitas, ¿verdad?”, me pidió mis generales y me remitió a los separos.

Fué cosa que detrás de mí se cerrara la puerta de la cárcel para que se me quitara de inmediato la borrachera, y se me hiciera evidente la estupidez que habíamos cometido al hacer enojar a los policías con el cuento de la propiedad privada y no medir las consecuencias de no “arreglar” el asunto con ellos –ahora todo va a salir más caro y no sé cuánto tiempo voy a pasar en prisión-, me dije a punto de llorar. Usaba la palabra “prisión” como una reminiscencia política para sentirme menos culpable.

Pero lo que contribuyó a mitigar mi culpa y me permitió superar, en parte al menos, la “cruda moral” que provocan estos incidentes, fué que también había una muchacha allí –en ese municipio los separos son mixtos- y ella me dió un buen motivo para sentir que mi paso por la cárcel serviría de algo. Resulta que alrededor de una hora después de mi ingreso a la celda, esta muchacha se separó del grupo de cuatro o cinco mujeres que estaban detenidas en la misma celda, y se habían organizado para estar juntas y protegerse, se sentó junto a mí en el piso, en una especie de pasillo donde, sin conseguirlo, yo trataba de dormir, se acercó lentamente y me preguntó si iba a salir esa mañana, a lo que contesté que creía que sí. Me pidió entonces, que le hablara a un amigo suyo para que, por favor, la sacara de ahí, y que le asegurara que luego ella le pagaría lo que hubiera costado la multa.

Además, me pidió que le explicase a su amigo, porque con toda seguridad iba a preguntar la razón de su detención, que dos días antes, el 14 de febrero se había metido junto con sus amigas a una tienda a robar y a celebrar de ese modo -¡imagínese nada más!, me dijo- el “Día del amor y la amistad”. Algo que le dolió mucho –se decía- es que al atraparla le habían quitado el regalo que tenía para él. Debo decir que esa parte me enterneció.

Llegada la mañana, cerca de las ocho, una vez que mi compañero de parranda pagó la multa, me dejaron salir. Mi detención duró, pues, sólo cinco horas, e incluso pudieron ser menos, pero ahorrativo como buen norteño que era mi amigo esperó el cambio de turno de las siete de la mañana para pagar, porque me explicó que los de la noche además de la multa querían su “moche”. De ahí, nos fuimos al corralón a recoger mi carro, previo pago de la infracción correspondiente, y después de un necesarísimo baño y cambio de ropa nos dirigimos a nuestras oficinas del bello e histórico Palacio del ex Arzobispado.

Tal vez sea necesario mencionar, para no dejar ninguna duda sobre la impresión tan deprimente que causa la cárcel –por poco que se esté adentro- y las ganas que
provoca, por lo mismo, de ayudar a salir a los demás, que lo primero que hice al llegar a mi escritorio fué tomar el teléfono y hablarle al amigo de mi redentora.

Con el paso de los días y después de haber platicado esta nada gloriosa aventura a los amigos, familiares, compañeros de trabajo y hasta a algunos taxistas, caí en la cuenta, no sin sorpresa, de algo que para muchos debe ser obvio pero que yo hasta entonces constaté: todos opinaron o estuvieron de acuerdo conmigo en que el error fué ¡no haber sobornado de inmediato a los policías! Es decir, nadie me dijo o me dió a entender, ni yo mismo lo reflexioné así, que eso me había pasado por manejar borracho o circular en sentido contrario; todos insistían en mi error y me instaron a no hacerlo nunca más, y agregaron que ojalá eso me sirviera de lección. Creo que en otros países las cosas serían distintas, pero aquí ¡no!, aquí lo que me dieron o me dieron a entender todos con sus actitudes y de lo cual yo mismo estaba y estoy convencido, es que fuimos unos grandísimos tontos al provocar a los policías y al no tratar por todos los medios de llegar a un “arreglo” con ellos.

Desde este incidente en el Puente de Vigas me he convencido de que no hay nada que pueda hacerse para eliminar este tipo de “corrupción”, porque en México la validez de llegar a un “arreglo” extralegal entre la autoridad y el ciudadano infractor tiene una raíz cultural muy profunda y es una práctica tan extendida que, en todo caso, lo más conveniente es aplicar el viejo y sabio apotegma de que “cuando todos se equivocan, todos tienen la razón”.

Tomada del Libro: “Relatos de Salvatierra y otros lugares”
de: Víctor M. Navarrete Ruiz


Carlos Fuentes

Carlos Fuentes nació de padres mexicanos en Panamá, el 11 de noviembre de 1928 y falleció a los 83 años en la Ciudad de México, el 15 de mayo de 2012. Su padre era diplomático, y pasó su infancia en diversas capitales de América: Montevideo, Río de Janeiro, Washington D.C., Santiago de Chile, Quito y Buenos Aires, ciudad a la que su padre llega en 1934 como consejero de la embajada de México. Los veranos los pasa en la Ciudad de México, estudiando en escuelas para no perder el idioma y para aprender la historia de su país. Vivió en Santiago de Chile (1940-1944) y Buenos Aires en donde recibió la influencia de notables personalidades de la esfera cultural americana.

Llegó a México a los 16 años y entró a la preparatoria en el Centro Universitario México. Se inició como periodista colaborador de la revista Hoy y obtenía el primer lugar del concurso literario del Colegio Francés Morelos.

Se graduó en leyes en la Universidad Nacional Autónoma de México y en economía en el Instituto Altos Estudios Internacionales de Ginebra. Sus obras:

Novelas: escribió 23 novelas en 54 años de creación literaria, una novela cada 2 años.

Cuentos y Relatos: escribió 21 libros de cuentos y relatos.

Ensayos: escribió 20 libros de ensayos.

Teatro: escribió 5 obras para teatro.

Cine: escribió 7 guiones para cine.

Libreto: escribió un libreto para una ópera.

Premios: obtuvo 27 premios y reconocimientos por todo el mundo.

Finalmente, su último deseo fué descansar en el Cementerio Montpamasse en París, junto a sus hijos Carlos y Natasha.

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