Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

miércoles, 11 de abril de 2012

Narraciones

“Los Refranes”
Por : R M P

Los refranes, o dichos populares, vienen a ser como una filosofía popular inventados no sabemos por quién ni en qué tiempo. Estos refranes contienen verdades muy provechosas, pues desde luego fueron compuestos por personas muy observadoras y de mucha experiencia en lo referente al comportamiento humano. Casi todos los refranes son como sentencias muy edificantes que la gente no les hace caso o no las toma en cuenta y más bien los refranes se dicen como frases chistosas para hacer reír a los amigos. Sin embargo, conviene tomarlos más en serio, pues nos ayudarían en gran medida para evitarnos numerosos fracasos en este mundo cruel y engañoso.

Vamos a analizar algunos de ellos, por ejemplo este: EL QUE CON LOBOS SE JUNTA A AULLAR SE ENSEÑA. Esto es una verdad, si nos juntamos con una palomilla de malandrines, borrachos, tahúres o degenerados que gustan de la pornografía, parranderos, en fin, con amigos entregados a los vicios que envilecen el espíritu y enferman los cuerpos no esperemos nada bueno de esos amigos o amigas. Para precavernos de tan fatales consecuencias, conviene a jóvenes y viejos, huir prontamente de tan nefastas compañías, pues como dice este otro refrán: “DIME CON QUIÉN ANDAS Y TE DIRÉ QUIÉN ERES”. Naturalmente que si frecuentamos a tipos de mala fama, quiere decir que nosotros armonizamos con esa gente y nadie se equivoca cuando aplican esta apreciación sobre nosotros, pues es exacto.

Entonces, si queremos mantener una reputación aceptable ante la sociedad honesta, debemos seleccionar nuestras amistades a fin de no perturbar la paz social y se nos guarden las consideraciones debidas. Estas reglas deben ser tenidas muy en cuenta en hombres y mujeres de todas las edades y de todos los niveles sociales. Todos los refranes son muy parecidos, pues señalan en forma sencilla los grandes males que acechan por doquier a hombres y mujeres. Otro refrán, sinónimo de los anteriores, es este: “LAS MALAS JUNTAS CORROMPEN”. Sí, es muy cierto. Los malos hábitos son contagiosos, son semejantes a las manías: cuántos muchachos y muchachas han sido corrompidos por gente mala de costumbres perniciosas.

Chicas inocentes han sido engañadas por amiguitas de costumbres perversas y malintencionadas. Mujeres de mente sana ya casadas, pueden ser desviadas del recto camino debido a una mala vecina de conducta inmoral e interesadas en la perdición de tal o cual persona de buenos pensamientos, sin contar las “alcahuetas” que por dinero son capaces de buscar la forma de interesar a una buena mujer, en favor del insano deseo de un hombre inoportuno, de esos que gustan de quebrantar matrimonios bien constituidos, para jactarse de que son muy hombres. .

Por eso, los padres de familia y los esposos deben estar siempre alerta, para percibir cualquier peligro de quienes merodean en su derredor aplicando una disimulada perspicacia, a fin de prevenir cualquier golpe en su contra. Pues la confianza mata al hombre. Por último tenemos este otro refrán: “MAS VALE SOLO QUE MAL ACOMPAÑADO”. ¡Claro!, es mejor andar solo que en compañía de un mal amigo. Cuántos jóvenes se hicieron drogadictos, borrachos, mentirosos, maledicientes, ladrones, plebes, etc., por andar en junta con pandilleros, que abundan en los antros. En cambio, los buenos amigos siempre nos dejan algún beneficio y en momentos de alguna necesidad, siempre nos ayudan y nos consuelan. Un amigo decente, inteligente y culto, nos dignifica y de él podemos hasta recibir alguna enseñanza moral y de buenos propósitos.

Ahora bien, si queremos refinarnos más en este terreno de los refranes y consejos con inigualable sabiduría, basta con leer y meditar “EL LIBRO DE LOS PROVERBIOS” del Antiguo Testamento de la Sagrada Biblia Católica, donde se han formado los más grandes moralistas de todos los tiempos. Pero a condición de que sus enseñanzas se lleven a la práctica. Sus buenos resultados son seguros y en cierta forma son hasta muy amenos dejando un sabor intelectual bastante agradable.

Por cierto, en estos momentos me estoy acordando de un párrafo chistoso, que me está haciendo reír, dice así: “DEL NOPAL SE ACUERDAN DE ÉL SOLO CUANDO TIENE TUNAS”. Esto es muy cierto; cuando el hombre o la mujer tienen dinero, cuántas amistades se acercan a ellos. Todos manifestando mucha amabilidad, ya sea que pidan un favor o simplemente para saludar a los afortunados. ¡Claro! Como reza esta otra verdad: PODEROSO CABALLERO ES DON DINERO. Si el que tiene dinero es hombre viejo, lo tratan muy bien sus hijos, sus nueras y sus nietos.

Pero si el viejo o la vieja está en la inopia, pobre y enfermo… ¡Dios mío!, qué asco con ese viejo cochino, enfada, fastidia. ¡Ah!, pero si aquella persona es un funcionario de gobierno, le sobrarán invitaciones a comer y a tomarse la copa. Será admirado por todos y él se sentirá volando muy arriba. Aunque en muchos casos dice otra verdad: LA SUBIDA MÁS ALTA SUELE SER LA CAÍDA MÁS LASTIMOSA. Por eso hay que tener presente la filosofía de Sócrates, para no sentirnos lo que no somos.

Curioso fué el siguiente caso: Hubo aquí en Salvatierra un presidente municipal de fechas recientes que llegó a decir: “AQUÍ EN SALVATIERRA, NUNCA HUBO NI HABRÁ JAMÁS OTRO MANDATARIO MUNICIPAL SUPERIOR A MI”. Hasta esos extremos llegó este hombre loco y embrutecido porque sus seguidores rastreros y mentirosos, le hicieron creer tan insensata ilusión.

Yo creo, que muchos chistes y refranes provienen de casos semejantes, por ejemplo este otro, que fué muy cierto y que por muchos años circuló aquí en Salvatierra, fué así: Allá por la década de los años 30 del anterior siglo, tomó posesión del Gobierno Municipal de Salvatierra un ciudadano de nombre Doroteo Espitia.

Un día él y sus seguidores fueron a la cantina principal a tomarse unas copas. Ya a “medios chiles”, el mandatario alzó su copa y dijo: “A ver amigos, díganme: ¿QUIÉN SOY YO?”. El más sobresaliente dijo: “Es usted don Doroteo Espitia”. -No, -contestó el mandatario. El siguiente adulador con melosa voz dijo: “Es usted el hombre más rico y respetado del Barrio de San Juan”. -Tampoco, -gruñó el aludido. Entonces un tercero medio desafiante casi gritó: “ES USTED EL PRESIDENTE MUNICIPAL”. Entonces, al oír tal expresión, el presidente soltó una carcajada y rojo de emoción dijo a sus amigos: “¡CASI NADA…!”

Por muchos años, esta expresión de don Teodoro se hizo dicho en Salvatierra pronunciándolo la gente muy a menudo en las charlas de sobremesa y por todos lados. Así pues, los dichos populares y refranes son como la salsa que sazona los platillos en la mesa. Si se dicen en momentos oportunos haremos mas placenteras las reuniones de amigos.


La Enseñanza del Padre Peña

El Padre Peña se paró en la entrada del salón de clases y todos corrimos a nuestros lugares y guardamos silencio, absoluto silencio. Ya teníamos diez minutos o más de estar echando relajo: nos lanzábamos papeles unos a otros, hacíamos señas burlescas y soltábamos grandes carcajadas.

El padre Tiburcio, encargado de cuidarnos a esa hora, empezó a llamar la atención con calma; después subió la voz, enseguida amenazó, se desgañitó, dio golpes en la mesa y ni así, no había forma de que nos calláramos y nos comportáramos bien. Pero bastó que el padre Peña llegara, cruzara los brazos y adoptara un gesto adusto para que todo volviera a la calma.

¿Qué pasó? ¿Qué poder oculto tenía el padre Peña para logra que le obedeciéramos con una simple mirada, poder del que, por lo visto, carecía el padre Tiburcio? La respuesta a este enigma –que el mismo padre Peña, como buen pedagogo, nos dio- constituye una de las grandes enseñanzas de mi juventud y ha sido de gran utilidad a lo largo de mi vida.

Esto sucedió durante mi segundo año en el Seminario Diocesano de Morelia y nos encontrábamos en lo que llamábamos “horas de estudio” después de asistir por la mañana a una escuela fuera del seminario donde cursábamos las materias propias de una secundaria federal. Esto se hacía con el objeto de que los estudios tuvieran reconocimiento oficial. Por la tarde, en las instalaciones del seminario, se completaba nuestra educación para el sacerdocio mediante la impartición de las materias de latín y español, y además, debíamos dedicar dos horas diarias a estudiar y hacer tareas.

Desde un principio, el padre Peña fué el prefecto, el responsable de la disciplina. Durante el primer año dedicaba todo su tiempo a esta función e incluso nos acompañaba a la secundaria. Al iniciar el segundo año le enviaron un ayudante, el padre Tiburcio –un diácono que se encontraba a prueba antes de tomar los votos definitivos, algo usual en la carrera sacerdotal, al que se podría describir como alguien “bonachón” –ambos se turnaban el cuidado del grupo.

Después de que el padre Peña puso orden, el padre Tiburcio entendió la situación y se retiró. Todos esperábamos un fuerte regaño, al menos, si no es que la aplicación de sanciones. Pero no fué así. El padre Peña respiró hondo y empezó a hablar: “Voy a aprovechar esta ocasión para que aprendas algo que te puede ser de utilidad en tu vida” –así se dirigía al grupo, en segunda persona del singular, un método pedagógico usado por él y que provocaba que cada uno se sintiera especialmente aludido-. Continuó: “¿Te acuerdas el día que llegaste al seminario, cómo me comporté contigo? ¿Por qué crees que lo hice?

Ese primer día, a diferencia de que alguien nos recibiera con los brazos abiertos y nos orientara personalizadamente o por ciudad de procedencia –de Salvatierra llegamos siete- un joven seminarista nos dijo dónde dejar nuestro equipaje y que esperáramos instrucciones en el patio. Ahí estuvimos toda la tarde mientras llegaban los muchachos de otras ciudades de Michoacán y de Guanajuato. El padre Peña pasó tres o cuatro veces muy serio, sin saludar, aun cuando ya conocía a algunos de los nuevos seminaristas. “Ése es el padre Peña, él se va a encargar de nosotros”, nos decían o susurraban los sabihondos que nunca faltan. Y nadie entendía por qué no se acercaba y nos dirigía unas palabras de bienvenida.

Al anochecer nos llevaron a un comedor enorme y al terminar de cenar se apareció el padre Peña en el atril, y con una voz fuerte y gran autoridad nos empezó a regañar: que si algunos veníamos porque creíamos que el seminario era jugar futbol y nadar todo el día, pues ¡que no!, que de lo que se trataba era de cumplir el reglamento al cien por ciento; que probablemente el cura de nuestro pueblo nos había engañado contándonos cosas agradables, que si era así nos podíamos regresar a nuestra casa; que si nos daba “mamitis” (aquí todos reímos nerviosamente) también nos podíamos regresar; que si nos quedábamos era para cumplir el reglamento siempre y en todo lugar. Y remató: “Si hay alguno que se quiera regresar y no tiene dinero para el pasaje, yo con mucho gusto se lo regalo”.

Lo maravilloso es que al contrario de lo que todos esperábamos a partir de este regaño el padre Peña resultó ser una gran persona: amable, inteligente, interesado en los problemas de cada uno, y gustaba participar en nuestros juegos de futbol, deporte para el que era, por cierto, muy hábil. Pero volviendo al salón de clases, el padre Peña siguió con su lección: “Lo hice por algo que se llama ‘primera impresión’, y es la que te sirve para tus relaciones posteriores. Una mala impresión, nunca te la quitas; una buena impresión, siempre queda. Yo busqué y logré contigo una primera impresión de seriedad y de autoridad para que entre nosotros nunca se perdiera el respeto. Y creo que así ha sido.”

Con una sonrisa maliciosa, prosiguió: “Esto es lo que les digo a quienes como el padre Tiburcio vienen al seminario menor, aunque nunca me hacen caso: que primero establezcan una relación de respeto y autoridad. Pero no, ellos quieren caerles bien a todos y llegan queriendo ser amigos de todos. Y ya ves cuáles son las consecuencias”. Y concluyó con las siguientes palabras: “Nunca olvides que siempre va a existir una primera impresión y si te descuidas ésta va a ser una que tú no quieras o no te convenga. Piensa qué impresión quieres que los demás tengan de ti y planea cómo lograrla. Esto te va servir en tu trabajo y en tu vida, siempre”.

Todavía, al recordar esta anécdota que podría denominar “ejemplar”, me admira la capacidad de enseñanza del padre Peña: él logró la conjunción perfecta entre teoría y práctica, e hizo totalmente verosímil un concepto abstracto en el que no es fácil creer. Es lo que se llama buena pedagogía.

Tomada del Libro: “Relatos de Salvatierra y otros lugares”
de: Víctor M. Navarrete Ruiz



El Tranvía

Los tranvías y los trenes fueron una bella atracción en las ciudades que los tuvieron en la época de Don Porfirio Díaz y después de ella.

San Francisco California, fué durante mucho tiempo del dominio español formando parte de la Nueva España y actualmente es un estado importante de los Estados Unidos. Uno de sus atractivos es el tranvía que presta el servicio de transporte a los ciudadanos.

En el sur del Estado de Guanajuato se conservan las estaciones del tren; en Acámbaro tienen una máquina en miniatura de gran belleza.

A los trenes les falta muy poco tiempo para desaparecer como sucedió a los tranvías.

Quedan algunas líneas en funcionamiento, algunos carros son parte de la atracción en las ferias anuales, fotografías de los trenes y tranvías y recuerdos, muchos recuerdos de la Revolución Mexicana y de algunos hechos históricos.

Con los tranvías se conservan los recuerdos románticos y la añoranza de quienes los vieron y los usaron.

En la ex hacienda de San José del Carmen, en la base del cerro Culiacán, estaba la estación de un carrito que a través de los rieles era jalado por cuatro mulas. Era ruidoso y cuando entraba a Salvatierra por la calle Hidalgo, sus rechinidos avisaban a la gente para que subieran aquellos que iban a la estación del tren.

El cascabeleo del carrito de madera y fierro y el ritmo sonoro de las pezuñas de sus mulas, no eran suficientes para el conductor que tocaba unas campanitas para avisar lo que los ciudadanos ya sabían: que podían subir al tranvía para llegar a la estación.

La estación de Salvatierra estaba justo al terminar las casas de la ciudad, en el medio del campo y más allá se encontraba un vivero y campos deportivos.

Entre los terrenos de la Fábrica La Reforma y la estación del tren, hay un campo que ahora es terroso y con abrojos, pero en los años cuarenta y cincuenta esos campos estaban llenos de flores silvestres formando un tapiz de color rosado, blanco y amarillo.

Las muchachas cortaban las flores para adornar su casa.

El colorido del campo se extendía hasta el pueblito de La Esperanza y las orillas del río.

El día domingo la estación del tren era un paseo para los salvaterrenses y para los pueblos y ranchos vecinos.

Allí se vendían las frutas de horno que son panecillos rellenos de picadillo o de dulce, se vendían jícamas cortadas en tiras o en filetes y se les ponía chile molido y queso desboronado y chorritos de limón y vinagre; había dulces en conserva: calabaza, chilacayotes, naranjas, higos, semillas y otras frutas cocidas con azúcar hasta quedar acarameladas. También había algodón de azúcar, elotes, gelatinas y chicharrón.

Los sábados que no había clases, los niños iban a la vía del tren a poner monedas de cobre y clavos que el tren aplastaba; pero iban principalmente a recoger pedernales, que, como ustedes saben, son piedras que se golpean una contra la otra para producir chispas que caían en la yesca para producir fuego.

Algunas personas de los ranchos venían a conocer el tren que hacía el recorrido de Celaya a Acámbaro pasando por Salvatierra.

Entre la tarde y la noche, el tranvía ya cansado transportaba de regreso a los pasajeros que traían los ojos casi cerrados y las ropas polvorientas; las mulas llevaban el paso más lento, las campanillas que el conductor tocaba con menos brío eran opacadas por las primeras llamadas al rosario de los conventos de Capuchinas, el Carmen y San Francisco.

El domingo se estaba muriendo y nadie lo atendía y en las mesas de las casas, el chocolate humeaba junto a las conchas y las teleras.

Así era el tranvía de Salvatierra y cuentan los vecinos de la Calzada que en algunas noches se escuchan las pezuñas ametaladas de las mulas y las campanillas y los cascabeles del conductor.

R R S

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