Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

martes, 6 de marzo de 2012

Leyendas


Cantos Populares del Siglo XIX

Las canciones o cantos populares siempre han existido en todos los pueblos. Su género es indefinido, toda vez que obedece al ánimo del compositor, concurriendo además un sinnúmero de factores, que sirven de argumento no sólo al texto, sino al mismo canto.

Los había divinos o religiosos, morales, picarescos, sentimentales, históricos, de partido, legendarios, criminales, amorosos, epigramáticos, etc., etc. Se les llamaba: justicias, décimas, boleros, trovos, cantarcillos, quintillas, etc.

Las mamás, entonces más hacendosas que ahora, al hacer el barrido de la casa, cantaban a la niña pequeña que las acompañaba, estos versitos llamados “El Torito”:

Me dijiste que era fea, mamá,
y me pusiste corona;
Vale más ser fea con gracia, mamá,
que ser bonita y rogona.

Sácale, la vuelta al toro
¡Hu, Huy!
Y hazle con el capotito
¡Hu, Huy!
Y hazle hu huy
¡Hu Huy torito, Hu Huy!

Me dijiste que era fea, mamá
y me pusiste sombrero;
vale más ser fea con gracia, mamá,
que ser bonita con pero.

Sácale la vuelta…

Al arrullar al infante en la cuna le cantaban:

Señora Santa Ana
Por qué llora el niño
Por una manzana
que se le ha perdido.

Iremos a la huerta
cortaremos dos
una para el niño
y otra para vos.

Cantaban una canción humorística y picaresca llamada “Los Cuernos”

Si los cuernos alumbraran
como la luna
no se encendieran velas
en casa alguna.
Sería un portento, sería un portento,
parecerían las calles un monumento,
un monumento.

Y los borrachos también cantaban:

Qué bien me gusta el pulquito
picadito con cebolla;
pero más me gusta así,
cuando lo sacan de la olla.

Una “justicia” amorosa:

El lunes muy halagüeño
me levanté con deseo,
que si el martes no te veo
toda la noche te sueño.
El miércoles con empeño
por ti mil suspiros doy,
jueves y viernes estoy
y el sábado con desvelo,
sin tener ningún consuelo
toda la semana estoy.

A las señoras chismosas y callejeras les cantaban:

Allá viene el encuerado
por la calle de Alderete
métase señora pronto
porque le tumba el copete.

Que dice de la llorona
un alma, buen susto me ha dado
anoche en punto a las doce
el sereno huyó espantado.


La Kalenda

Las ceremonias religiosas que se venían celebrando desde la época colonial en nuestra ciudad, se vieron interrumpidas por la promulgación de las Leyes de Reforma, debido a la exclaustración de las Ordenes Religiosas.

Entre éstas lo era la llamada Kalenda.

Generalmente hablando, Kalenda en el oficio divino, es una lección en donde se da noticia de los rasgos más sobresalientes de la vida del santo que celebra la Iglesia en ese día.

La Kalenda de Navidad, que es la que me ocupa, es la relación del nacimiento del Redentor del mundo, computando el tiempo con arreglo a diferentes épocas históricas.

En nuestro Convento Franciscano se celebraba como sigue:

El día 24 de diciembre a las cinco de la mañana, se dejaba oír el sonido del esquilón echado a vuelo. Las heladas brisas seguramente purificaban la atmósfera, porque al recorrer las calles dejábase oír el timbre metálico del esquilón con toda claridad, repercutiendo su sonoridad en las demás torres de los templos y en las casonas cercanas. Todos los habitantes madrugadores decían el uno al otro o interiormente: “Es la Kalenda”.

Entretanto, el esquilón continuaba volteando, los religiosos, todos sin excepción, iban abandonando sus celdas y dirigíanse al coro que ya estaba profusamente iluminado con cirios.

Se iban colocando los religiosos cada uno en su lugar de costumbre. En punto de la media sonaba la campanilla del coro y el reverendo padre guardián entonaba con voz grave el deus in adjuntoriummeum intem de, contestando al unísono, era la Hora prima.

Momentos antes de terminarla, salía el reverendo padre guardián del coro y volvía luego revestido de capa pluvial acompañado de Cruz Alta y ciriales, así como de los legos con cirios encendidos en las manos.

A este tiempo ya estaban todos los religiosos en el antecoro también con cirios, entrando con el padre guardián procesionalmente al coro.

Colocado el padre guardián en el centro, incensaba tres veces el libro y comenzaba a cantar la Kalenda en latín como sigue:

“A los cinco mil ciento noventa y nueve años de haber creado Dios el cielo y la tierra, dos mil cincuenta y siete del diluvio, dos mil cincuenta del nacimiento de Abraham, mil quinientos diez de la salida del pueblo de Israel de Egipto, conducido por Moisés, mil treinta y dos de la unción del Rey David, en la semana sesenta y cinco del profeta Daniel, Olimpiada ciento noventa y cuatro, a los setecientos cincuenta y dos años de la fundación de la ciudad de Roma, y cuarenta y dos del Imperio de Octaviano Augusto, estando en perpetua paz el Orbe, en la sexta edad del mundo, Jesucristo, Dios eterno, Hijo del Padre Eterno, queriendo consagrar al mundo con su piadosa venida, a los nueve meses de concebido por obra del Espíritu Santo, nació en Belem de Judá, de María Virgen, hecho hombre”.

Al llegar estas palabras, se postraban todos los religiosos con las frentes pegadas al suelo, y después de unos momentos de profundo silencio, se levanta el padre guardián lo mismo que toda la comunidad y continuaban haciendo preces, pidiendo a Dios unas Pascuas felices, saliendo enseguida del coro, acompañado de los que antes le habían traído.

Entonces el corista más antiguo pronunciaba un breve discurso para preparar a sus hermanos a celebrar la Natividad del Hijo de Dios, concluyendo aquella Hora con el dominus det nobis suam pacem.

Al salir, se reunían todos en el antecoro, se saludaban y abrazaban felicitándose mutuamente por haberles permitido Dios, una vez más, celebrar el dichoso aniversario de la salud del género humano, y deseándose felices Pascuas. A este tiempo, eran echadas a vuelo todas las campanas del templo, para indicar a los fieles el regocijo de aquella benemérita orden al terminar la Kalenda.

Estos regocijos por la venida del Mesías, se venían sucediendo en esa venerable orden desde el Santo Patriarca su fundador, a quien también se atribuye la invención de poner cada año nacimientos; pues sus biógrafos refieren que era tanto su gozo en esta festividad, que hasta los animales domésticos del convento participaban de ello; pues ese día ordenaba se les diese doble ración.

Seguramente que la Kalenda viene también desde la época del Fundador Patriarca de Asís.

Estoy seguro que la mayor parte de las generaciones actuales, ignoran por completo no sólo el significado de aquella ceremonia, sino creo que ni siquiera saben que hubiese existido; de aquí mi empeño en catalogarla como una de nuestras tradiciones hoy desaparecidas.

La Profecía

“NADIE DIGA QUIÉN ES, que sus obras lo irán diciendo”, dice un antiguo proloquio. Efectivamente ésta es una verdad que se toca, como lo demuestran los siguientes hechos:


En pleno 1999, cuando sólo faltaban unos meses para terminar el siglo XX y el comienzo del tercer milenio, corrió el rumor entre nuestra población de que el día once de agosto sería el fin del mundo, que habría una obscuridad total, solamente las velas benditas alumbrarían, coincidía esta fecha con el último eclipse total de sol del siglo. Los sacerdotes estuvieron atareados bendiciendo tales velas, que les llevaba la gente a toda hora, para prevenirse de la obscuridad total.

Este fenómeno no es nuevo, lo mismo sucedió en 1910, cuando se anunció la aparición del cometa “Halley”. Los sabios y agoreros nos prometían la desaparición de nuestro planeta. La prensa de todos los colores comentó la profecía, entre el vulgo corrieron los rumores siguientes: que moriríamos todos incendiados al choque del cometa con nuestro planeta; que el cianógeno nos envenenaría; que los terremotos se sucederían; que una aurora refulgente aparecería en la noche del 18 al 19 de mayo llenaría de asombro a la predispuesta humanidad; que la gran cauda del cometa nos envolvería irremisiblemente; que deberíamos arreglar nuestras cuentas con Dios y con los hombres antes del 18… En una palabra, cada quien le iba arreglando nuevos pronósticos. Y ¡quién lo creyera!, hasta nuestro jefe político pidió a la población que rezara.

La gente del campo toda se preparó a su última hora y ese día no salió a sus trabajos, teniendo por dogma de fe cuanto se decía.

Llegóse el famoso día señalado para el fin del mundo y… una vez más, el hombre exhibió por entero su impotencia y su nada frente al Creador…

Todo siguió su curso ordinario y las cien mil hipótesis de sabios y agoreros se redujeron a nada.

La soberbia del hombre de querer penetrar los insondables designios de su Autor no merecía otro desenlace. En pleno siglo XX el hombre ha quedado humillado por quien todo lo puede.

Leyendas Tomadas del Libro: “Leyendas, Cuentos y Narraciones de Salvatierra, Recopilación” de Miguel Alejo López

La Buena Muerte

La leyenda acerca del Callejón de la Buena Muerte, dice:

Hace muchísimos años en uno de los callejones de la ciudad, vivía una viejita que subsistía de las limosnas que recibía, tenía un pequeño nieto que alegraba su mísera existencia y que la acompañaba diaramente en sus recorridos para pedir limosna. Tanto ella como el niño vestían con ropas viejas y harapientas aunque siempre limpias, y poco era lo que comían; habitaban en una pequeña casa que era solo un cuartito.

La viejita tenía constantemente la preocupación de que si se moría, el pequeño se quedaría solo y desamparado, había noches en que no podía dormir pensando en ello, pues no tenían ningún pariente; se encontraban solos en el mundo. En una ocasión el niño enfermó gravemente, ella desesperada no hacía más que llorar y rezar, pidiéndole a Dios que no se llevara lo único que tenía. En eso, se le apareció la muerte diciéndole que debido a sus ruegos, estaba dispuesta a dejarle a su nieto, pero con la condición de que ella quedara ciega por el resto de sus días; trato que, sin pensarlo, la anciana aceptó. Desde entonces, el niño le sirvió de lazarillo, y la gente, al ver ese triste cuadro, aumentó sus dádivas.

Pasó el tiempo y fué ella la que enfermó; el niño le preguntaba a quién debería rezar, a quién debía encomendarla para que no fuera a morir y a dejarlo solo. La ancianita le contó que al nacer él, su madre había muerto y que, desde entonces, ella había vivido para cuidarlo y quererlo. Se quedaron dormidos y, en el sueño, la anciana volvió a ver a la Muerte; con su figura esquelética vestida de negro, le anunció que venía por ella, la viejecita le suplicó que la dejara un tiempo más, y la Muerte le dijo que lo haría a cambio de los ojos del niño, pero ella no aceptó porque no quería que el pequeño sufriera.

La Muerte le dijo entonces que lo único que podía hacer era llevárselos a los dos para que estuvieran juntos para siempre. La anciana aceptó, pidiéndole que lo hiciera en ese momento para que el niño, que estaba durmiendo, no sintiera nada.

Así lo hizo la Muerte, llevándoselos al otro mundo y, justo en ese momento, los vecinos oyeron el doblar de las campanas, de una manera tan misteriosa, que su sonido no se parecía a ningún otro. Cuando amaneció, los vecinos se dieron cuenta de lo sucedido, pensando que la abuelita y el nieto habían muerto de frío.

Una vecina corrió la voz de que había sido la propia viejecita quien había pedido a la Muerte que se los llevara juntos, para no padecer más y, con el tiempo se dijo que la Muerte se aparecía frecuentemente por ese callejón y que se le veía por las noches, como una sombra, cerca de aquel cuartito; después a petición de los vecinos, el cuartucho aquel fué derribado, con objeto de levantar allí una capillita en donde se veneraría al Señor del Buen Viaje, en recuerdo de aquel suceso.

Tomada del Libro: “Leyendas de Guanajuato, Historia y Cultura

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