Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

miércoles, 8 de febrero de 2012

Trágica Historia de Amor

No lo puedo entender. De plano, no lo puedo entender. Y menos que me lo hubiera hecho la mismísima noche de Navidad. La Nochebuena. Ya me había echado a perder ésta y todas las navidades de mi vida. ¿Por qué lo haría? ¿Por qué precisamente en esta noche? Bueno, si lo hubiera hecho otra noche cualquiera, o de día, tampoco lo entendería. Pero al menos no hubiera acabado con todas mis navidades, de por vida.

De qué valieron todos los esfuerzos por mantener el noviazgo contra la voluntad de toda su familia. De qué valieron todas las promesas de amor eterno que nos hicimos por carta. Y en persona, cuando nos podíamos ver por algunos minutos, después de horas de espera, con la complicidad de su prima, quien de pura suerte era novia de mi mejor amigo. De qué valieron las levantadas temprano para verla pasar, siempre acompañada de su mamá, a misa de siete de la mañana al templo de las Capuchinas. Misa a la que después yo asistía para seguirla viendo, aunque fuera de espaldas.

No lo puedo entender. Ni aceptar. De igual forma que nunca pude aceptar que la familia de ella no me quisiera. El motivo estaba claro. Seguramente era por ser pobre, porque les parecía poca cosa para su hija. Pero por eso me había aplicado y había recuperado los años perdidos en el seminario, a tres por uno. Y había entrado al Tecnológico de Monterrey (Tec), becado obviamente, y había sido uno de los mejores alumnos en los tres semestres de IQA que ya llevaba cursados. Y fué ahora cuando me cortó. En Nochebuena.

¡No, para nada, no lo puedo entender, y menos aceptar! Y ahora, ¿qué le voy a decir a mis amigos? A los que se burlaban de este amor de lejos y casi “platónico”, porque ellos tenían novias a las que besaban y abrazaban, las veían en sus casas, y quizá algunos hasta el amor les hacían.

Cómo explicarle a los amigos con los que me corrí la última borrachera antes de salir de vacaciones, allá en Monterrey, cuando ya se terminaron los exámenes y se puede un emborrachar a gusto, que se rieron porque por largos ratos me quedaba mirando el retrato de mi novia, o más bien ex novia, que siempre llevo en la cartera. Cómo explicarle a todos el cortón que me dio mi dulce novia, o más bien ex novia. Y en la Nochebuena.

Todavía tiemblo al recordar el momento en que ella me llamó, ahí delante de su familia, en la fiesta que se organizaba después de la cena de Navidad, con conjunto musical y sonido a todo lo que da, en la calle donde viven, y a la que puede asistir el que quiera, y de hecho asiste gente de todo Salvatierra. Y yo había ido sólo para verla de lejos. Como siempre.

Pero esta vez fué diferente. Ella me llamó delante de su familia. Si hasta pensé que por fin me habían aceptado, que lo del Tec. había dado resultado. Y también pensé que las navidades eran hermosas. Pero no fué así.

Ella me dijo que no me preocupara por su familia, que le habían dado permiso para hablar conmigo muy seriamente. Mas cuando me empezó a decir que la perdonara, supe que iba a llegar lo peor, y en efecto, ella me dijo que siempre me había amado pero que se había cansado de que sus padres se opusieran a nuestra relación. Que quería tener un noviazgo normal, no a escondidas. Que por eso quería terminar nuestra relación.

Yo sólo alcancé a decir que si nos amábamos lo podíamos superar todo. Pero ella contestó que ya estaba cansada, soltó el llanto y se fué a su casa. Así se terminó ese amor que creía eterno. Y en Nochebuena.

¡Fué el chantaje moral de su mamá. No pudo ser otra cosa! No podía ser que alguien la anduviera rondando, como me habían dicho que la buscaba otro ex seminarista. ¡Pero no podía ser por eso! ¡Ella no era así!

¡Fué el chantaje de su madre! ¡Dizque estaba enferma! Si ya hasta había sucedido que uno de sus hermanos, el Colorado, me lo había reclamado tiempo atrás cuando me enfrentó en la calle y me retó a golpes para que dejara a su hermana porque su mamá estaba enferma por mi culpa, y él no iba a permitir que las cosas siguieran así. Y nos fuimos a pelear los dos solos, allá por la estación del tren. Y después de que nos cansamos de golpearnos, le dije que de todos modos no iba a dejarla, porque nos amábamos. Y el Colorado aún me contestó que entonces me atuviera a las consecuencias.

¡Sí! ¡Fué el chantaje moral de su mamá. No pudo ser otra cosa! ¿Pero, por qué de pronto se cansó? ¿Por qué si ya había aguantado cuatro largos años, ahora se rendía? No lo puedo entender.

O quizá, no quiero aceptarlo. Como tampoco quería aceptar que ella había cambiado. Se notaba en las cartas que nos enviábamos a través de su prima. El tono ya no era el mismo y se espaciaban cada vez más. Y luego me dijeron lo del otro ex seminarista. Yo se lo pregunté y ella me dijo en una carta que no hiciera caso a los chismes. Pero el tono siguió siendo frío, y la espera cada vez más larga.

Yo sé que el chantaje moral de la madre es una cosa terrible y termina por vencerlo a uno. ¡Si, eso fué! Pero también pudo ser lo otro. ¡No lo quiero aceptar! Pero hay que hacerlo.

Al final todos los amores son iguales o parecidos, y hay qué crecer también de adentro. Pero lo malo es que me haya echado a perder las navidades, para toda la vida.

Tomado del Libro: “Relatos de Salvatierra y otros lugares”
de: Víctor M. Navarrete Ruiz



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