Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Libro

HISTORIA DE LA MÚSICA POPULAR MEXICANA

Huapangos y Sones Jarochos

En la región occidental de México, el son es frecuentemente llamado Huapango. Diferentes teorías han pretendido aclarar la etimología de la palabra Huapango; la primera de ellas, afirma que el término deriva de la raíz náhuatl cuauhpanco y designa el lugar en donde se coloca un tablado de madera para bailar. Otra teoría supone que la palabra se usó para designar el arte de los indígenas huastecos que habitaban junto a las márgenes del río Pango o Pánuco, en tanto que una última afirma que huapango es simplemente una transformación de la palabra fandango. En algunas regiones de la Huasteca, la palabra huapango se usaba indistintamente para designar tanto el espectáculo y la fiesta general como los sones que se ejecutaban en ella.

El huapango es la música característica de las regiones de la zona huasteca que comprende Tamaulipas, Hidalgo, partes de San Luis Potosí y Querétaro, además del norte y centro de Veracruz, especialmente Tlalixcoyan, Hueyapan, Alvarado, Tlacotalpan, el sur de la región de los Tuxtlas y el este de Puebla. En el centro y sur de Veracruz los sones suelen ser denominados huapango, son jarocho o baile de tarima. Desde luego, la denominación más antigua es huapango, aunque actualmente se prefiera la denominación de son jarocho para diferenciarlo del son de la Huasteca potosina, tamaulipeca o hidalguense.

Los típicos conjuntos jarochos usan generalmente un arpa grande diatónica de treinta y dos cuerdas y sin pedales, un requinto de cuatro cuerdas que se toca generalmente con un plectro de cuerno de res y una jarana. Esta última es una guitarra pequeña, de tamaño variable, que cuenta indistintamente con encordadura de cinco, ocho o doce cuerdas; generalmente se utiliza la jarana de ocho cuerdas, con tres dobles y dos sencillas, lo que permite octavar, dando una sensación armónica de mayor profundidad.

El arpa grande da el timbre característico al conjunto, a la vez que establece y determina las posibilidades de afinación y modulación. Los conjuntos de cualidades más auténticas conservan la forma modal de las escalas y sus originales modulaciones súbitas. Gerónimo Baqueiro Foster, uno de los primeros estudiosos de los sones veracruzanos, encontró algunas variantes actualmente desaparecidas, entre los diferentes estilos de las regiones de Tlacotalpan, Tlalixcoyan, Hueyapan y Ciudad Lerdo, aunque todos ellos descendieran del más puro estilo alvaradeño o de Sotavento, con arpa, requinto, jarana y guitarra jabalina.

Los ejecutantes de sones veracruzanos son por lo general excelentes músicos, con una gran sensibilidad armónica, buena aptitud para la improvisación y, sobre todo, una gran disposición para captar y transmitir las riquezas y complejidades rítmicas propias del son y que le dan toda su vitalidad. El ritmo es el elemento más importante del vivísimo son jarocho y huasteco, y en ocasiones es de tal manera complejo que las difíciles polirritmias resultantes de las combinaciones simultáneas de tres por cuatro con el seis por ocho se han resistido al examen erudito de los especialistas en música culta y los musicólogos de buena voluntad.

La buena ejecución del son exige la actuación de verdaderos virtuosos en cada uno de los instrumentos. El más preciado de todos los instrumentos es el tocador de arpa, cuyas ejecuciones llenas de brillantes florituras e improvisaciones dan brillo a sones tan característicos como “La morena”, “El cascabel”, “La llorona”, “La bruja”, entre otros.

El elemento más importante, de donde surge toda concepción rítmico-espacial de los sones bailables, es el zapateo de los danzantes, cuyo golpeteo crea un complicado diálogo con la música. El son puede bailarse de dos maneras diferentes: en baile de pareja y de a montón. Ambas formas de baile tienen toda una connotación festivo-ritual a través de una coreografía estricta. El baile de pareja exige la presencia de verdaderos artistas del taconeo, mientras que el de a montón, una resistencia capaz de soportar sin fatiga hasta el nuevo anuncio del cambio de pareja.

Desgraciadamente, en la actualidad el son tiende a desaparecer en su estado más puro; algunos grupos jarochos tocan de preferencia la música popular de otras regiones o aun las canciones comerciales, y en los portales del puerto de Veracruz los mariachis abundan en tanto que los grupos locales brillan por su ausencia.

La última esperanza del resurgimiento de esta música regional está en manos de músicos que intentan retomar la ejecución tradicional. Un ejemplo notable es el de los jaraneros El Mono Blanco, originalmente agrupados con uno de los viejos maestros del género, don Arcadio Hidalgo.

El Huapango

En la región Huasteca, los sones son conocidos como huapango o son huasteco. A primera vista, podrían encontrarse grandes similitudes entre el son huasteco y el huapango veracruzano, pero hay muchísimos elementos que lo hacen enteramente diferente. Más allá de que el repertorio por regiones varía, ya que sones como “El llorar”, “El huateque”, “La sirena”, “La rosa” y “la petenera” son exclusivos de la Huasteca, existen diferencias de fondo. En los grupos huastecos predomina un nuevo elemento que si bien solía encontrarse en los conjuntos de Veracruz, es indispensable en los soneros de la región huasteca: el violín. Los violinistas huapangueros son el centro brillante del conjunto y su habilidad técnica es extraordinaria, ya que sin hacer uso del vibrato clásico, mantienen un tono transparente y claro aun dentro de las más arriesgadas acrobacias de ejecución.

El conjunto huasteco se compone de violín, jarana, una guitarra “huapanguera” de ocho o diez cuerdas y una guitarra ordinaria de seis cuerdas. Diferencias de ejecución crean variantes dentro del estilo huasteco; es así que los huapangos de Hidalgo y San Luis Potosí son por lo general más lentos que aquellos del norte de Veracruz y el sur de Tamaulipas. Son innumerables los compositores e intérpretes que contribuyeron a esta modificación y urbanización de la música regional.

Entre quienes merecen un lugar preponderante por la buena calidad de sus obras, habría que mencionar a Álvaro Carrillo, de Oaxaca, y José Agustín Ramírez por su fina utilización de la chilena guerrerense; a Pedro Galindo, Elpidio Ramírez y Nicandro Castillo como profundos conocedores de la tradición y especialistas en sones huastecos, así como a los Cuates Castilla, Lorenzo Barcelata, Andrés Huesca, Víctor Huesca, Lino Carrillo, Severiano Briseño y tantos otros que dieron brillo a los sones jarochos, huastecos y huapangos.

José Agustín Ramírez tiene una importancia especial, pues contribuyó a enriquecer con sus canciones el género de chilena de Costa Chica dándole giros melódicos adoptados de la música urbana. Su inspiración incursionó también por otros estilos como huasteco, jarocho, jalisciense e istmeño, reteniendo de todos ellos su frescura y esencia originales. El “nuevo huapango”, también llamado huapango lento o canción huapango, es en realidad una canción huapangueada, que conserva el ritmo del son original. La canción huapango fué el resultado de la mezcla de son huasteco, canción mexicana del campo y canción ranchera comercial y podría considerarse como un género independiente, ya que redefine el estilo. El nuevo huapango tiene similitud con la chilena por su ritmo lento, pero predominan en él los acordes menores y usa falsete en los finales de la frase como herencia del son huasteco. En cuanto a la temática, será la misma que la canción ranchera de origen urbano.

(continuará…)


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