Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

martes, 13 de diciembre de 2011

Leyendas

El Callejón del Padre Eterno

De cuando en cuando la Providencia hace un ejemplar y público castigo a algunos seres desgraciados, tanto para escarmiento de sus semejantes como para dar testimonio de su justicia. La tradición oral ha perpetuado este suceso espeluznante y así ha llegado hasta nosotros. A mitad del siglo XVIII vivía en una de nuestras calles céntricas conocida como el Callejón de Montesuma, un individuo bastante rico, a quien llamaban “el Cordobés”, de nombre Manuel Sardani, que por su apellido más bien parece haber sido italiano que español.

Siempre se le conoció solo, teniendo por ama de casa a una hermana. Vivía con holgura y desahogo debido a sus rapiñas, pues era prestamista. Más como en aquél entonces estaba prohibido hacer esos negocios, recibía sus altos réditos en especie, razón por la que ganaba doble, poseyendo además algunos terrenos y casa, muchas de ellas quitadas a los tontos necesitados por la devengación de réditos.

Así las cosas, y llevando al parecer una vida hasta edificante en materia religiosa, nadie se atrevía a murmurar de él. Sólo el día de su cumpleaños se daba entrada franca a su casa a varios reverendos que le dispensaban su amistad, y esto por espacio de la comida nada más. Refiere la tradición que cada año, a la hora del brindis, decía esta frase: “Brindo por la señora mi hermana, por mi alma, y por el 20 de mayo de 1799”, fecha demasiado lejana todavía, pero para él tenía algún significado, pero que nadie se atrevía a preguntárselo debido a su carácter poco comunicativo.

Esto pasaba por el año de 1751.

Así pasaron años y más años, pero como no hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla, llegó la fecha tan fastosamente cacareada por el Cordobés, y he aquí lo que aconteció.

Al terminar de sonar las doce de la noche en el reloj de su pared, se dejó escuchar una fuerte detonación, apareciendo sobre la ciudad un rojo fulgor momentáneo seguido de un profundo silencio.

Los vecinos despertaron despavoridos, asomándose a las puertas y ventanas, sin encontrar el porqué de aquel formidable ruido. Nadie volvió a escuchar rumor alguno, quedando sin solución la multitud de hipótesis que se fraguaron al respecto.

Al día siguiente, y siendo ya bastante tarde, los vecinos de la casa del Cordobés notaron con extrañeza que ninguno salía de ella, como era de ordinario, por lo cual no faltó quién diese aviso a la guardia, lo que enseguida ocurrió, trayendo consigo al escribano de su Majestad, al forzar la cerradura de la puerta de su alcoba, se presentó un horrendo cuadro, que hizo temblar no solo al alcalde del crimen, sino hasta el último de los esbirros.

Al pie de una muy elegante cama, yacía el cadáver de la que en vida fuera la hermana del Cordobés, estrangulada por él mismo. Pegado al techo estaba el Cordobés como carbonizado haciendo gestos horrorosos y pidiendo a Dios misericordia. Se llamó a un sacerdote, quien declaró que aquel hombre estaba poseso, por lo que comenzó a exorcizarlo, logrando que el demonio soltase a su presa y se alejara velozmente, cayendo enseguida el Cordobés sin vida al suelo.

Al caer ya venía carbonizado un rótulo, que él retenía y que decía: “Castigado así por hipócrita, asesino y ladrón”. Encontrose en su guardarropa una escritura de papel negro con caracteres blancos, que no era otro que el contrato celebrado con Satanás, por el cual a cambio de riquezas, honores y placeres, le entregaría su alma a los cincuenta años de la fecha. Como el plazo ya había expirado, el contrato forzosamente debía ser cancelado.

Este hecho alejó de aquella calle a la gente de buen vivir, y por espacio de muchos años se le vió con horror. Desde aquella horripilante fecha, el pueblo intituló al antiguo Callejón de Montesuma como “El Callejón del Padre Eterno”, quizá para borrar de la memoria de todos que allí estuvo Satanás, cobrando un contrato.

Los Ahorcados de la Calle Zaragoza

La actual calle de Zaragoza, antigua Calle Real de Zavala, era el camino por el que se iba a la antigua Villa de Zalaya (Hoy Celaya) y al viejo pueblo de Urireo. Pasando el molino y el Marquesado, la calle se volvía un camino bordeado de frondosos mezquites que duraron hasta hace algunos años, para llegar después al ojo de agua de La Angostura y su pequeño caserío. Este camino era muy transitado, por allí pasaban todos caminantes y viajeros que venían desde Santiago de Querétaro y Celaya rumbo a la Provincia de Michoacán, por la razón de que el Puente de Batanes era uno de los pocos pasos que había sobre el río Lerma, por lo que llegar a Salvatierra era obligatorio.

En esa parte de los mezquites, se reunían un grupo de malvivientes y ladrones que vivían en lo que hoy es la ex Hacienda de San Juan. Se dedicaban a robar a todo aquel que pasara por el camino. Hacía el año de 1780, las autoridades virreinales y las de la Provincia de Guanajuato, decretaron que a todo aquel que robara en despoblado, sería ejecutado en el mismo lugar en que cometiera su delito ahorcándolo. Esto lo hicieron para combatir la gran cantidad de robos que se daban en los caminos de la Nueva España.

Por esos años, y con ese motivo llegaron procedentes de Celaya una partida de tropas de su Majestad para aprender a los autores de tales robos, logrando capturarlos pasado algún tiempo. Fueron colgados en los mezquites más frondosos llamados por los transeúntes “los cuates”, del que hoy todavía queda uno.

Para escarmiento de los demás, los cadáveres fueron dejados colgados por mucho tiempo, para no despedir el olor característico a muerto, fueron embadurnados de cal y les pegaron pencas de nopal.

El Derecho de Asilo

Cuando un delincuente perseguido por la justicia lograba entrar a un templo o a una casa de cadena, no se le podía detener y había de seguir la autoridad civil un procedimiento especial para arrestarlo. Esto también podía suceder si un reo escapaba de la cárcel. Si iba a ser ejecutado y lograba correr y entrar a un templo o una casa de cadena, se le conmutaba la pena de muerte por otra menor.

Los templos de la colonia eran considerados verdaderas casas de Dios, y las casas de cadena cuyos propietarios habían adquirido ese título por favores hechos a la Corona Española, gozaban también de inmunidad.

Ante esta situación, el Emperador Carlos III informado de la frecuencia con que se cometían delitos, y no se procedía al castigo porque los delincuentes se refugiaban en estos lugares, sin permitir sacarlos los eclesiásticos porque pedían que se declarara si debía valer o no la inmunidad. En ésta forma se burlaba a los ministros que debían ejercer la jurisdicción real.

El 5 de abril de 1764 se logró definir el procedimiento, por Real Cédula Real dada por el Emperador en Pardo. Se solicitaba al Juez Eclesiástico por escrito su consentimiento. Si se negaba, las justicias sacarían al reo asegurándolo en las Reales Cárceles sin molestarlo hasta que se declarara, si debía gozar o no de la inmunidad.

El Monarca Español solicitó a la Santa Sede la reducción de los asilos, señalando cuáles debían tener esta jerarquía, procurando que los templos estuvieran lejos de cárceles, porque los refugiados causaban molestias a la propia comunidad y se hacía más fácil su fuga. A las casas de cadena no se les reglamentó.

El Virrey de la Nueva España, para el Obispado de Michoacán autorizó la relación de templos que debían tener esta categoría. Para Salvatierra fué señalada la Capilla de Nuestra Señora de la Luz.

Leyendas Tomadas del Libro: “Leyendas, Cuentos y Narraciones de Salvatierra, Recopilación” de Miguel Alejo López

Los Enamorados de San Roque

Desde mediados del siglo XVIII la Capilla de San Roque formó parte esencial de la vida de Guanajuato, ya que viejos mineros, cascados y silicosos, acudían para recibir auxilio espiritual de este santo, patrono de los enfermos y leprosos; o, ya difuntos, eran velados en este recinto antes de ser sepultados en el camposanto de la misma capilla, allí donde ahora se halla la famosa Placita de San Roque.

Cuando ya era una certeza la llegada de los Insurgentes a esta ciudad, a mediados de septiembre de 1810, muchas familias españolas y simpatizantes de la Corona, decidieron resguardarse con sus fortunas en la Alhóndiga de Granaditas para resistir los posibles ataques bélicos. Obviamente hubo quienes se negaron a dar este paso: unos por antipatías familiares, otros porque descreyeron de las amenazas de la guerra, otros porque confiaban que la amenaza era provisional y otros porque sentían mayor seguridad en sus propios hogares.

Hubo además otras circunstancias que llegaron a sumarse a otros casos. El amor y la compañía, la confianza y la fe, movieron a una rica y joven pareja de enamorados españoles a permanecer en el sitio que habían escogido para vivir. Esto sucedió en el barrio minero de San Roque, en una de las casas ubicadas en la parte donde se unen las calles de Galarza y de Positos. Ante la incertidumbre que en esos momentos se vivía, ambos creyeron oportuno ocultarse en una habitación cuyos accesos quedarían tapiados sólidamente, de tal suerte que nadie sospechara de su existencia. La idea, en su origen, no era descabellada, pero el destino con su mano siniestra se encargó de convertir el idilio en un drama macabro.

Llegado el 28 de septiembre, las cosas se pusieron color de hormiga. De una tienda de combustibles establecida en la calle que está a espaldas del Templo de San Roque, El Pípila se aprovisionó de los medios que le servirían para incendiar la puerta de la Alhóndiga. Una vez que sucedió esto, fué incontenible el caos que se dio a lo largo y a lo ancho de la ciudad. Atemorizados por esta explosión de barbarie, los esposo ordenaron a su más fiel sirviente que tapiara de inmediato las ventanas y la puerta de una habitación, en la que ellos permanecerían mientras disminuía la turbulencia. Al mismo tiempo recomendaron al mozo que los mantuviera al tanto de los sucesos y que los proveyera de alimento por un boquete abierto para tal efecto.

Todos sabemos que el viento de aquella contienda acabó con la vida de muchos inocentes y culpables, justos e injustos. Desgraciadamente para el mismo matrimonio, que nublado por el amor apenas paladeaba las mieles de sus recientes nupcias, el sirviente de marras cayó muerto de una pedrada en la frente días después. No logramos imaginar el dolor de esa lenta agonía compartida: sed y hambre, desesperación y frío, y al final inanición y muerte. ¿Quién antes, quién después? Nunca lo sabremos.


Lo único que podemos referir es que muchos años después, al tiempo que los nuevos propietarios efectuaban una reparación en la casa, dos garrudos albañiles detectaron el muro falso. Con avidez y entusiasmo, y con un poquito de temor, en un dos por tres derrumbaron parte de la pared, lo suficiente como para que ambos pudieran asomarse. De inmediato encendieron dos bujías, de las que se auxiliaron para iluminar la habitación. Al frío del lugar se añadió el frío provocado por la macabra escena que tenían frente a los ojos. En una mesa, se hallaba la descarnada osamenta del que fuera apuesto galán, cubierta por una cobija y reclinada de bruces. Junto a él, el cadáver de ella, también descarnado, estaba recostado sobre la cama.

Los albañiles se quedaron mudos y de una sola pieza, ya que también detectaron alguna caja de caudales y varias alhajas esparcidas en el suelo. Sin embargo, la visión no duró demasiado: todo, toditito lo que habían en la habitación comenzó a desintegrarse de modo inexplicable, misteriosamente, hasta quedar reducido a polvo en unos cuantos minutos.

Tomada del Libro: “Leyendas de Guanajuato, Historia y Cultura”

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