Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

sábado, 17 de septiembre de 2011

Historia

El Marquesado de Salvatierra

LA NOBLEZA INDIA EN LA MESETA DE ANÁHUAC

En 1948, mientras en la Península Ibérica sus varios reinos luchaban por recuperar el territorio en poder de los moros, en México –como resultado de la Triple Alianza-, se consolida el imperio Mexicatl; este imperio para 1500, por sus luchas y sometimientos, se había extendido hasta lo que hoy conocemos como Nicaragua. A la llegada de los españoles era una coordinación política social, en la que figuraban fundamentalmente dos clases: los pipiltin, que pertenecían y formaban la nobleza, y los macehualtin o gente del pueblo.

Dentro de los pipiltin figuraban: el gobernante superior gran tlatoani, que como jefe de los ejércitos tenía un consejero cihualcóatl, que también lo asesoraba para nombrar algunos gobernantes miembros de los pipiltin de las varias ciudades y provincias, unas confederadas y otras sometidas a la Triple Alianza.

En lo religioso, tenían dos Supremos Sacerdotes que se conocían con los nombres de Quetzalcóatl Totec Tlamacazqui, sacerdote de nuestro Señor Quetzalcóatl y Quetzalcóatl Tláloc Tlamacazqui, sacerdote de Tláloc Quetzalcóatl; con ellos actuaba como intermediario en el pueblo el Mexica Teohuacatzin, gran sacerdote mexicano.

En el ámbito militar, había también dos grandes jefes: el Tlacatécatl, jefe de los guerreros y el Tlacochcalcatl, jefe de la casa de los dardos, a cuyas órdenes estaban los diversos oficiales águilas y tigres y los varios cuerpos del ejército. En lo que concierne a lo que hoy conocemos como clase media, se encontraban los comerciantes pochtecas y los amantecas o artistas de la pluma.

Dentro de los macehualtin figuran los que se dedicaban a las labores agrícolas, mayeques, con una situación equivalente a la de los ciervos de la Edad Media y por los tlatlacolin, esclavos, muchos de ellos eran prisioneros de guerra.

La base sustentadora de esta estructura social era el calpulli, que significa casa grande o caserío, esta institución se fundamentaba en dos elementos: el primero de carácter familiar, que se delimitaba por nexos de parentesco, y el otro de carácter territorial, que ocupaban los miembros del calpulli que algunos cronistas de ese tiempo llamaron barrios o parcialidades de gente pertenecientes a un linaje antiguo. Cada calpulli tenía su divinidad protectora, su gobierno interno y su extensión de tierras pertenecientes al grupo. Se constituía un grupo por los jefes de familia, el que nombraba las autoridades.

El teachcaub representaba a su linaje en las reuniones con otros calpullis, dirigía los trabajos de la tierra, impartía justicia, presidía las fiestas y solemnidades religiosas. A su lado era electo el tecubtli, que presidía todo lo relacionado con la guerra; el calpulli tenía otros funcionarios: el calpixque, que cobraba los tributos; los tequitlatoque, encargados del trabajo comunal; los teopixque, sacerdotes que dirigían el culto a los dioses, impartían las tradiciones a los jóvenes en el tepochcalli, casa de los jóvenes en la que aprendían diversos oficios y el arte de la guerra. En los calpullis, que también tenían un calmecac, centro de educación superior, los sacerdotes de varias jerarquías enseñaban a los jóvenes lo más elevado de las doctrinas y tradiciones. Otros funcionarios: el tlacuilo, pintor que era el encargado de conservar la historia del grupo; los topiles, que se ocupaban de los menesteres secundarios. En la parte central de México existían pueblos o ciudades integrados por varios calpullis; generalmente era cuatro que se distribuían orientados cada uno hacia los cuatro puntos del universo.

Había también en la cultura maya, mixteca, etcétera, calpullis que aún se conservan entre los tzeltzales y tzontíles por los Altos de Chiapas y que se conservan los elementos primarios del calpulli prehispánico.

Al llegar los españoles se encontraron con esta aristocracia india hereditaria, que por buen a política y agradecimiento la respetaron, y en casos especiales la ratificaron y ampliaron sus prerrogativas. Para esto, se debían seguir ciertas normas y procedimientos: los interesados debían elevar una solicitud en la que demostraban haber sido bautizados, sus genealogías para comprobar su descendencia de familias nobles indianas; de acuerdo con lo anterior, se les otorgaron por la Corona española, mercedes, cédulas, privilegios, escudos de armas, etcétera, a señores y sus descendientes que habían sido dueños de tierras y títulos antes y después de la Conquista. En la generalidad de los casos fueron caciques o señores de pueblos y lugares; cacicazgos que eran hereditarios y pasaban por orden de progenitura de padres a hijos, y a falta de hijo varón, pasaba a la hija mayor.

Muchos de los caciques que ayudaron a los españoles en la conquista y pacificación de la Nueva España obtuvieron el reconocimiento de su derecho a sus propiedades, otorgándoseles privilegios de no pagar tributos, y para no igualarse a los plebeyos, el privilegio de vestir a la usanza española, para andar a caballo ensillado y enfrenado, para portar armas ofensivas y defensivas en ciudades, villas, pueblos y aldeas; y como una distinción especial, se les concedió usar y lucir escudos de armas. Muchos de la nobleza indígena al ser bautizados adoptaban nombres y patronímicos españoles, por lo que en sus cédulas, mercedes y escudos de armas figuran con nombres y apellidos castellanos. Entre éstas aparecen los nombres de Moctezuma, Netzahualcóyotl y Chimalpopoca, junto a otros menos conocidos, como Ixtolinque, Mexinque, Matzicancin, etcétera. Entre otros cacicazgos, se les otorgaron escudos de armas a los de Axacuba (Tacuba), Xochimilco, Santiago Tlatelolco, Coyoacán, Ixtapalapa, Atlacomulco, Metepec, San Juan Teotihuacán, Xilotepec, Capula, Almoya, Tlaxcala, Tula, etcétera.

En Yucatán la nobleza también fué respetada, pero no hay noticia de que se le hubiese otorgado el uso de escudo de armas.

LA NOBLEZA EN LA NUEVA ESPAÑA

Después de la caída de Tenochtitlán, comenzó la verdadera conquista, evangelización y colonización de la Nueva España, efectuada durante dos siglos y medio, las más de las veces por las armas; otras por consentimiento espontáneo o por conquistas espirituales de evangelización y cultura, como en Coahuila, Baja California, Nayarit, la Alta California, Sinaloa y Sonora. De aquí nace la nobleza mexicana, para la que de acuerdo con la tradición y según la definición española, un noble era un hombre con riqueza y mujer irreprochables, cuyos antepasados habían sido cristianos limpios sin mancha de inclinaciones moras, paganas, judaicas o heréticas.

Como en España la base eran los hidalgos, aquí los que se enorgullecían de haber sido fieles conquistadores cristianos aspiraban a la nobleza, más tarde Carlos IV y sus consejeros reiteraron lo que ellos consideraban como la tradicional definición española de la aristocracia. Era noble el que había servido a su rey como militar, ministro y gobernador, tenía que ser hijo legítimo de antepasados hidalgos, haberse casado con igual, tener propiedades, preferentemente mayorazgos, a fin de poder garantizar la elegante vida que exigía su título. Después de 1790 un candidato a recibir dicho honor tenía qué presentar ante un notario a los testigos que corroborarían sus pruebas de linaje y que darían fe de su estado financiero.

En cuanto a la pureza de sangre de la gran primera familia de aristócratas mexicanos, se entendía que los indios como criaturas inocentes de Dios, eran de sangre pura, y cuando se demostraba tener orígenes indígenas, significaba descender de los emperadores aztecas.

En la burocracia real la Corona consideraba nobles a los virreyes, capitanes generales, visitadores generales, intendentes y funcionarios del Tesoro; así, en 1529, concedió a Hernán Cortés como Capitán General el título de Marqués del valle de Oaxaca, y a los descendientes de la Familia Real Azteca el título de Condes de Moctezuma; seguidamente se concedieron títulos de nobleza a comerciantes, militares, mineros y agricultores, etcétera. De acuerdo con el diccionario Porrúa, los títulos nobiliarios en la Nueva España fueron ciento uno:

1 Duque
49 Marqueses
44 Condes
3 Viscondes
1 Barón
3 Señores

Y dice: marqueses y condes eran de igual categoría, y al interesado le tocaba escoger la denominación. El rey, y por excepción el virrey concedía el título al que se le llamaba beneficiado, al de Marqués y Conde debía preceder el de Vizconde, por el que se pagaban 750 ducados.

JERÓNIMO LÓPEZ EN LA CONQUISTA

Jerónimo López fué uno de los primeros conquistadores de la Nueva España. Nació en Cáceres de una familia de hijosdalgo (plural de hidalgo), de Extremadura; siendo aún niño, sus padres pasaron a radicarse a la Villa de Pedroso, por lo que él se creía nativo de ese lugar, luego pasó a Sevilla, de donde se embarcó para las Antillas, en 1511. Su nombre figura entre los 300 voluntarios que, en 4 carabelas a las órdenes de Diego Velásquez, fueron a la conquista de Cuba (en esta expedición iban Pánfilo de Narváez, Hernán Cortés y Fray Bartolomé de las Casas), después regresó a Sevilla, en la que vivió hasta 1520, año en el que se embarcó en la nao María, una de las tres que traía Alderete con 200 hombres ( en las que también venían Antonio de Carvajal), Jerónimo Ruiz de la Mota, Fray Pedro Melgarejo de Urrea y otros).

A finales de ese año tocaron Cuba, y no obstante el corto tiempo que duraron en la isla, bien se informaron de los acontecimientos que se sucedían, la expedición de Grijalva y sus descubrimientos, las diferencias de éste con Velásquez, la expedición de Hernán Cortés hacia México el 18 de febrero de 1519 –de la que se mandó en su contra a Pánfilo de Narváez- y de la derrota de éste a principios de 1520. Salen de Cuba rumbo a México y tocan tierra en Veracruz el 24 de febrero de 1521; Jerónimo López traía el cargo de comisario de Bulas, al conocer la situación de Cortés, quien derrotado por los aztecas la noche del 30 de junio del año anterior (conocida como La noche triste), Alderete y su contingente avanzan tierra adentro, incorporándosele en Texcoco. En el alarde del 28 de abril, Jerónimo López es uno de los 84 a caballo con que cuenta esta tropa. Según Bernal Díaz del Castillo, la revista arrojó el siguiente resultado:

84 De a caballo
194 Ballesteros y escopeteros
650 De espada y rodela
928 Hombres españoles con:
---------
50,000 indios de guerra
(éstos, según Cortés en su
tercera Carta de Relación)

Con este ejército, Cortés pone sitio a Tenochtitlán el 30 de mayo, rindiéndose la plaza el 13 de agosto de 1521, después de 75 días, fecha en la que comienza la Conquista de lo que se bautizó como Nueva España. A los españoles que venían luchando hasta su caída, la Corona los reconoció como primeros conquistadores.

Tomado del Libro: “El Marquesado de Salvatierra” de Francisco Vera Figueroa

Historia de la Coronación de
Nuestra Señora de la Luz

FESTIVIDAD DE LA CORONACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE LA LUZ
(continuación)

FESTEJOS EXTERIORES DE LA CORONACIÓN

Tanto durante el novenario, como en los días de la infraoctava, hubo por las noches, serenatas y fuegos artificiales en el exterior del templo parroquial. Desde el día 20 empezaron a adornarse los frentes de las casas, siendo este adorno mucho más nutrido y general durante los días 23 y 24. Los colores elegidos para uniformar los adornos fueron: azul y blanco. Por las noches se iluminaban igualmente muchas fachadas.

En las cuatro entradas del jardín de la plaza principal, se colocaron cuatro grandes arcos de musgo y flores, adornados con lamparillas incandescentes. Con esta misma clase de lámparas se engalanaron todas las molduras de la torre, de la cúpula y fachada frontal del templo, así como la verja de fierro que la rodea.

El total de lámparas incandescentes con que se adornó el templo fué de dos mil; dando un aspecto fantástico sobre todo visto de lejos. La puerta principal lucía un arco de flores naturales, artísticamente colocadas. Un carro alegórico que representaba a la Virgen coronada, recorrió las calles en la noche del día 24.

En los momentos de la coronación los obreros de la fábrica repartidos en las bóvedas del templo quemaron doscientas gruesas de cohetes aparte de “enchorizados”, salva que se repitió a la una de la tarde y al concluir el ejercicio vespertino. Durante el día, dos buenas bandas de música tocaron en el jardín y por la noche se quemaron cuatro “castillos” de luces, que fueron muy elogiados, aparte de “toritos” y otras diversiones. La plaza, a semejanza de la feria anual del 2 de febrero, estaba rodeada de multitud de puestos de loza y otros artículos, así como de “volantines” y juegos diversos.

La concurrencia de la plaza fué digna de notarse, por estar compuesta, casi exclusivamente de salvaterrenses, que hacía muchos años no se veían entre sí.

La circunstancia de que el Papa se haya fijado en la rama de oliva que la Imagen de la Sma. Virgen de la Luz lleva en sus manos, unida a la promesa de la coronación, hecha para pedir la paz de la Iglesia, hicieron que tanto en los sermones, como en las oraciones privadas, se pidiera la paz de la Iglesia para la humanidad seriamente amenazada ya por esos días, amenaza que poco después se convirtió en tremenda conflagración. El Excmo. Sr. Arzobispo de Morelia, concedió a sus diocesanos, y el Excmo. Sr. Arzobispo de México, a los suyos, cien días de indulgencia por recitar debidamente la oración siguiente:

“SALVE Augusta Reina, Madre Santísima de la Luz, que llevando en tus manos a tu Divino Hijo, llevas al mismo tiempo la rama de oliva, símbolo de la Paz, como para enseñarnos que sólo EL puede dar al mundo aquella paz que anunciaron los Ángeles, cuando nació de Ti. Al proclamarte Reina, te pedimos concedas a la Santa Iglesia libertad y exaltación, y a las naciones toda la paz que el mundo no puede dar, sino sólo Jesucristo, que por Ti vino a salvarnos. Amén”.

Esta oración fué repartida profusamente para ser rezada en el momento de la coronación, juzgándose que sería lo más oportuno, uniéndose todos los fieles para
pedir a la Santísima Señora el don inapreciable de la paz. El mismo himno de la coronación invoca a la Santísima Virgen de la Luz como la Medianera de la Paz.

La solemnidad tuvo lugar en el orden siguiente: A la hora acostumbrada, entró al templo la procesión, semejante en todo a la del día anterior, pues estaba compuesta de las mismas personas, faltando solamente dos de los señores obispos que se habían ausentado y algunos sacerdotes que también lo habían hecho; pero estaban presentes, en cambio, otros que llegaron a la última hora.

Presidió la procesión y cantó la misa el Excmo. Sr. Arzobispo de México, Dr. D. Luis M. Martínez y fué servido en el trono por los señores Canónigos de Pátzcuaro. Los señores Obispos no oficiantes, ocuparon sus mismos reclinatorios.

El coro e iluminación fueron los mismos que en los días anteriores. Por la tarde predicó otro magnífico sermón el mismo Excmo. Sr. Altamirano.

Durante los días de la Infraoctava, no sólo estuvo muy concurrido el templo, sino que siguieron llegando nutridas peregrinaciones y los festejos exteriores continuaron.

En los días 28 y 31 fueron notables los juegos pirotécnicos, pues en estos días se revistió de luces varias veces el enverjado que rodea el atrio, y con iguales luces se vistió la torre. El día 31, antes de la misa pontifical, el Excmo. Sr. Altamirano se dignó bendecir el órgano, que no pudo estar terminado para el día 24. La bendición se hizo en medio de un gran concurso de padrinos. Bendijo también en ese momento varios juegos de vinajeras, un juego de Cruz Alta y Ciriales y dos Estandartes de la Asociación y Corte de Honor de la Sma. Virgen, que habían quedado sin bendición. En seguida el mismo Excmo. Señor cantó la misa. Predicó esta vez el delicado orador Pbro. D. Manuel Muñoz. –El ejercicio de la tarde de este día que fué la conclusión de las fiestas, estuvo concurridísimo. Predicó en él un poético sermón el eximio hijo de Salvatierra, y Canónigo de la Catedral de Puebla, Pbro. D. Federico Escobedo.

Por la noche hubo una velada que aunque más sencilla, fué desempeñada casi por las mismas personas que tomaron parte en la del 24.

Hubo un número extra, en que el Sr. D. Ignacio L. Vera, hijo de Salvatierra, entregó al Párroco un hermoso cuadro de la Santísima Virgen de la Luz pintado a colores y hecho a pluma por el mismo Sr. Vera, para ser colocado en alguna de las dependencias de la parroquia, acompañando su entrega con muy sentidas palabras.

El Sr. Canónigo Escobedo pronunció unos bonitos versos a los ojos de Nuestra Señora de la Luz, y el Sr. Lic. Don Melchor Vera dijo un sesudo discurso recomendando a sus coterráneos los salvaterrenses, el cuidado de la Santísima Virgen, como el mayor tesoro que todos los hijos de esta tierra contemplaban desde lejos en todas sus necesidades. El último número de esta velada fué la entrega que hizo el Excmo. Sr. Altamirano de una medalla a cada uno de los concursantes en el Himno de la Coronación, y al Sr. Pbro. D. Manuel Muñoz de una pequeña cruz de oro, que impuso el Libertador Iturbide con sus propias manos a la Imagen del Niño Dios de la Superiora del Convento de Capuchinas, el mismo día que impuso a la Imagen de la Santísima Virgen de la Luz, la banda y el bastón. Esta cruz era conservada con dicha tradición en el Convento de Capuchinas, y se juzgó que no había manera mejor de recompensar al señor Pbro. Muñoz su trabajo, que regalándole una prenda que perteneció al principal personaje de su poema, que preparó para la velada del día 24.

El día 5 de junio hubo en la Parroquia solemne misa de Réquiem por todos los devotos de la Santísima Virgen de la Luz, que han salido de este mundo. Con ella terminaron los actos relativos a la coronación.

EPÍLOGO

Imposible sería enumerar los esfuerzos que hicieron los vecinos de Salvatierra para preparar la coronación. Sólo puede decirse que al tratarse de ella todos los salvaterrenses, ya presentes o ya residentes en lugares lejanos, no tuvieron más que un solo pensamiento y un solo deseo: el honrar a su Madre Santísima de la LUZ de la mejor manera. Aun personas poco afectas al culto y un tanto alejadas de la Iglesia, se prestaron con la mejor buena voluntad, ya de un modo espontáneo, o bien cuando eran solicitados sus servicios. Sólo esta unión tan uniforme, pudo hacer que en una población que carece de grandes elementos de vida, por la escasez de trabajo, se hubieran reunido en poco más de un año, cerca de treinta mil pesos, que importaron los gastos de la coronación, sin incluir lo que anteriormente se había ya gastado en ornato del templo.

Era pintoresco ver el afán con que las señoras y señoritas hacían tamaladas, repartían nieve, mole y dulces en las casas, organizaban diversiones honestas y aun corridas de toros, con objeto de obtener dinero para los gastos de sus respectivas comisiones. Se hacían rifas, se solicitaban donativos de personas extrañas y no se escatimaban medios para conseguir algunos centavos siquiera, para honrar a la Madre de Dios.

No sólo en la parroquia se trabajaba, sino también en los principales templos, los miembros de las asociaciones encabezados por los Capellanes, Sres. Pbro. D. Nazario Martínez, y Reverendos Padres Fr. Josafat Guillén y Fr. Fulgencio Villagomez, se esforzaron por reunir los gastos de las misas pontificales que precedieron a la coronación.

Las estatuas de los Angelitos fueron repartidas entre las personas que quisieron dar el costo de cada una lográndose colocar cuatro de ellas: una que costeó la Unión Femenina Católica Mexicana, dos la Juventud Femenina Católica Mexicana, una de las cuales fué exclusiva del Círculo de Buena Prensa, y otra que en gran parte costeó el Sr. Cura de Celaya, D. Rafael Lemus.

Imposible distinguir a las personas que más hayan trabajado, pues nadie pudo medir sus actividades y sin duda pasaría por alto a muchísimas. Me vienen a la memoria los nombres de la Srita. María Hernández Santana, la señora Edelmira S. de Ojeda, la Sra. María Procel Vda. de Franco, las Presidentas de los Organismos Femeniles de la A.C., Sra. Carmen Espinosa, Sritas. Carmen Ortega, Joaquina Ledesma, Imelda Villafuerte, M. Carmen Rosillo, y Sras. Josefina C. de Trillo, Estela L. de Lira, Balbina O. de Llamosa que regaló albas y manteles finos, y otras muchas; así como las comisiones de varones; de Luz, de Ornato, presidida por el infatigable sacerdote D. Luis G. Becerra, de Propaganda, de Operarios de la Fábrica “La Reforma” y por último de la Colonia Salvaterrense residente en la ciudad de México, encabezada por los Sres. Salvador Cisneros, José Moreno y Luis Oviedo, los que no sólo hicieron gastos, sino cooperaron además con alguna cantidad para el costo total de la fiesta, trayendo los de México una placa de mármol, conmemorativa de su peregrinación, que colocaron en la entrada del templo. El Sr. D. Alfonso Irigoyen que regaló el piso de mármol para el presbiterio, y la Sra. Aurora A. de la Huerta, que mucha parte tomó en ello. Ruego a las personas que no he nombrado, me lo perdonen, me haría interminable.

Las palabras que el Papa por sí o por su representante, pronuncia en el momento de coronar la Imagen, son verdaderamente significativas, pues dicen que así como él corona a María Santísima, así Ella lo corone en el cielo. Claro está que este mutuo intercambio no se ha de entender sólo de la misma augusta persona que materialmente corona sino de todos aquellos que lo ayudan. Por lo tanto, María Santísima de la Luz, corone en el Cielo a todos aquellos que cooperaron para coronarla en la tierra. Así sea.

Posteriormente, los amables feligreses de Salvatierra solicitaron de mi Prelado, se dignará concederme alguna distinción, como recuerdo de la coronación. El Excmo. Sr. Ruiz tuvo a bien nombrarme Canónigo Honorario de la Basílica de Ntra. Sra. de la Salud de Pátzcuaro. Mil gracias a él y a ellos.
Pbro. JOSÉ ESPINOSA

Tomado del “Álbum de la Coronación de
Nuestra Señora de la Luz”

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