Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

lunes, 15 de agosto de 2011

Leyendas

Los Rosarios de Capuchinas

Con Sor María Cayetana Josefa, terminaba un 15 de marzo de 1862 la vida conventual en Capuchinas, a raíz de las leyes de Reforma promulgadas por Juárez, siendo exclaustradas las religiosas. Desde 1798 ocupaban el convento, llegaban a él como novicias para no volver a salir, dedicaban toda su vida a la contemplación y la oración, cuando morían eran enterradas allí mismo.

En el mes de julio de 1886, el General Porfirio Díaz cedió el Ex-convento al Ayuntamiento de Salvatierra, para que se estableciera en ese edificio un hospital, siendo bautizado con el nombre de “Manuel González”, en honor al gobernador del estado en turno. Estuvo también en ese lugar “La plancha” o anfiteatro, donde se depositaban los cadáveres de los que morían en circunstancias que la ley preveía. El hospital y el anfiteatro duraron muchos años. Allí se le practicó la autopsia de ley al Padre Fray José Pérez.

Por las tardes, a la hora del rosario, son pocas las personas que hoy en día acuden a rezar, sólo unas cuantas mujeres de edad lo hacen a diario. Ellas dicen que al momento de contestar los rezos, hay ocasiones en que se oyen murmullos en los coros, el de arriba y el de abajo, a un costado del altar mayor, contestando las oraciones junto con los asistentes al rosario.

Se cuenta que son las monjas enterradas en el convento, que oran por las almas de tantos difuntos que, murieron pobres y abandonados en ese hospital.

La Muchacha de las Cuevas del Cerro de Culiacán

Una leyenda que cuentan los viejos del Sabino, dice que a principio de siglo vivía en el pueblo un leñador de nombre Artemio. Todos los días, incluyendo domingos y días festivos subía al Cerro de Culiacán, acompañado de su burro a traer leña.

Un día, entre unas enredaderas encontró la entrada de una cueva, penetró en ella, oía mucho ruido como si fuera un mercado, siguió adentrándose y dio con un gran tesoro. Junto a éste estaba parada una bella muchacha de cabellos rubios y ojos de color.

La doncella le propuso ser el dueño de esas riquezas, con la condición de que la llevara en la parte trasera de su burro, a la iglesia más cercana a oír misa, y que, oyera lo que oyera, por ningún motivo volteara para atrás. Artemio salió con la mujer de la cueva, montó en su burro y enseguida ella hizo lo mismo en la parte trasera, como habían convenido.

Cuando iban bajando el cerro, él seguía oyendo los mismos ruidos que oyó en la cueva, pero no hizo caso para no voltear a ver, pues era el trato que había tenido con la muchacha. Al entrar al Sabino, notó que todos los vecinos lo veían con asombro, y exclamaban: ¡Mira lo que lleva allí!

El leñador se dirigió al templo, pero la curiosidad lo venció, por los gritos de la gente grande y principalmente de los niños, al voltear a ver a la muchacha, vió con sorpresa que lo que llevaba atrás era un horrible y repugnante víbora, de la impresión cayó muerto a las puertas del templo.

El Señor del Socorro no fué Tallado por Mano Alguna

En 1682, recién fallecido el indio Juan Miguel fundador y principal poblador de la comunidad del Barrio de San Juan. Se celebró una junta entre los naturales para solicitar a las autoridades civiles y religiosas, una imagen de Cristo crucificado para su veneración.

Una vez que se hicieron los trámites y diligencias que se necesitaban, llegaron los escultores que se encargarían de la obra procedentes de Valladolid, con autorización del Obispo para tal fin.

Salieron de inmediato cuatro indios por separado rumbo al monte, con la misión de buscar un árbol que fuese el apropiado para tallar el Santo Cristo. Entre esos cuatro indios que salieron, se encontraban los dos hijos varones de Juan Miguel: Juan Agustín y Gabriel Gaspar. Al día siguiente, volvió Juan Agustín diciendo que había encontrado un árbol apropiado para tallar la Santa Imagen, con las características que los escultores enviados por el Obispado pedían.

Salieron los demás indios al lugar que había indicado Juan Agustín para ir a cortarlo. Al empezar a descortezarlo vieron con asombro la imagen formada perfectamente del Cristo, procediendo a trasladarlo al templo de su querido barrio.

Al verla los escultores dijeron que no había necesidad de talla alguna, por lo que sólo se limitarían a ponerle la encarnación.

Así nació el Señor del Socorro, que se venera en el Barrio de San Juan, festejándolo todos los años el segundo domingo del mes de noviembre.

Leyendas Tomadas del Libro: “Leyendas, Cuentos y Narraciones de Salvatierra, Recopilación” de Miguel Alejo López

La Princesa de la Bufa

Dícese que en ese pintoresco y bello picacho del Cerro de la Bufa alienta una princesa encantada de rara hermosura, que en la mañana de cada uno de los jueves festivos del año, sale al encuentro del caminante varón, pidiéndole que le conduzca en brazos hasta el altar mayor de la que hoy es la Basílica de Guanajuato, y que al llegar a ese sitio volverá a resplandecer la ciudad encantada, toda de plata, que fué esta capital hace muchos años, y que ella, la joven del hechizo, recobrará su condición humana.

Pero para romper este encantamiento hay condiciones precisas, tales como que el viajero, fascinado por la belleza de la joven que le llama, tenga la fuerza de voluntad suficiente para soportar varias pruebas; que al llevarla en sus brazos camine hacia adelante sin turbación y sin volver el rostro, a pesar de escuchar voces que le llamen y otros ruidos extraños que se produzcan a su espalda..

Si el elegido pierde la serenidad y se da la vuelta, entonces la bella muchacha se convierte en una horrible serpiente y todo termina ahí.

La oferta es tentadora: una lindísima muchacha y una fortuna inacabable, pero ¿quién es galán con temple de acero que pueda realizar esta hazaña? Por lo visto, es sumamente difícil llevar a cabo el reto, pues Guanajuato, el Estado que hoy conocemos, tiene más de cuatro siglos de vida y no ha habido quién cumpla los requisitos para deshacer el hechizo.

En esos mismos tiempos, una imponente montaña asomó sus gallardas rocas sobre la Ciudad de Guanajuato, cuyos habitantes años después bautizaron con el nombre de la Bufa.

Escritores y poetas nacen y mueren y con mayor o menor galanura en el lenguaje todos repiten la leyenda, como un canto a Guanajuato, a la Bufa y a la hermosa princesa encantada.

Tomado del Libro: “Leyendas de Guanajuato, Historia y Cultura”


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