Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

viernes, 13 de mayo de 2011

Leyendas

Cómo se Hacían los Entierros en 1850

El tiempo todo lo cambia. Las generaciones se suceden perdiendo, poco a poco, el esplendor de sus costumbres. Cada oleaje revolucionario que pasa, va concluyendo con este o aquel sistema, con este o aquel capital y con muchos elementos que, a la postre, vienen a dar por resultado la desaparición total de muchas costumbres, que nuestros abuelos procuraron a toda costa perpetuar por muchos años.

Una de estas costumbres desaparecidas, con motivo de la revolución llamada “De Tres Años”, fue la que me ocupa, y que forma parte de esta obra, porque la presente generación, ni aún de oídas la conoce.

Como nuestros ascendientes cuidaron siempre de ser ante todo buenos cristianos, observantes de las obligaciones que habían contraído con el bautismo, no bien había algún enfermo en casa, cuando luego se procuraba traerle al sacerdote, a fin de que arreglase sus cuentas con Dios, sin preocuparles poco ni mucho a los familiares el aquello de que “Oiga doctor, no diga usted a mamá que está grave, porque se asusta”. No señor, se llamaba al padre y al médico a la vez, enseguida al notario; terminando éste sus oficios, ya estaba el sacerdote con el sagrado viático, quedábase allí para ayudar a bien morir al enfermo, rezando los primeros sufragios y consolar a la familia.

Al día siguiente se llevaba el cadáver al templo, se le decía su misa de cuerpo presente y volvía el difunto a su casa. Terminado el tiempo prudente o antes, si el cuerpo se descomponía, era llevado al cementerio del modo siguiente:

Reunidas en la casa mortuoria las familias que por parentesco o amistad deberían formar el acompañamiento, eran obsequiadas por los familiares del difunto, con limones, limas, perones o guayabas, adornados con una rosa de albahaca, Jericó o rosa té, y simétricamente colocados algunos clavos de especie. Esto era, para evitar el mal olor que despedía el cadáver, aunque entonces se decía que era para que no se les pegara el cáncer.

Salía el cadáver por delante sin coronas, porque estaba prohibido por la iglesia, por ser costumbre pagana, siguiendo el acompañamiento a pie con ceras encendidas, seguía el sacerdote con capa y acólitos, si el difunto era de posibles, y si no, revestido de sobrepelliz; y en tal caso no había acólitos, sino que el sacristán llevaba el acetro; pero en todo caso, el cantor no debía faltar, quien al salir el cortejo, entonaba el De Profundis, y por toda la estación continuaba respondiendo a los responsos, mientras se enterraba al difunto, hasta terminar la jornada con el Requiescat in pace, última saeta penetrante para los dolientes.

De este modo se moría y de este modo se enterraba a mediados del siglo antepasado.

El Catrín del Diezmo

José Antonio salía del “Cine Rex”, era jueves por la noche y se había quedado a la segunda función. A la repetición, como se decía entonces. Cruzó la Calle Hidalgo para llegar al Jardincito del Diezmo, que todavía tenía aquellas altas casuarinas. Topó con un joven ya maduro elegantemente vestido, aunque a la usanza antigua, le extrañó que no había ninguna fiesta en el “Club de Leones”, para que aquel joven anduviera de traje. José Antonio tomó la diagonal del jardín rumbo a la Calle de Colón, pues vivía en el Barrio de San Juan. El joven le preguntó la hora, caminando juntos por el jardín platicando de la película que habían exhibido en el cine, al llegar a la planta de la luz, José Antonio se distrajo un momento y al voltear a ver al joven, éste había desaparecido.

A principios de 1864 llegó a esta región un destacamento de soldados franceses y venía con ellos un civil de nombre Pierre, era comisionado del Gobierno Francés, encargado de vigilar y supervisar a los jefes políticos de esta comarca. El joven y apuesto personaje al llegar a Salvatierra, de inmediato despertó interés entre las damas de sociedad de aquél entonces.

Vivían en la casa que forma esquina con el jardín, dos bellas hermanas: Dolores y Graciela Sándi. La primera estaba casada con un rico agricultor de la región, que por sus actividades pasaba largas temporadas en su hacienda. Graciela estaba soltera, era una hermosa chica casadera.

El francés se enamoró de Graciela a primera vista. Las subsecuentes noches los nuevos novios platicaban en la ventana de su alcoba que daba al jardincito, así pasaron los días y algunos meses. Una de esas veces Graciela introdujo a hurtadillas a su enamorado a la casa, pasando toda la noche juntos en su recámara.


Al día siguiente, los enamorados volvieron a repetir su acción, pero llegó Dolores y convenció a su hermana de compartir los favores del joven con ella. El arreglo duró solo algunos días porque de improviso se presentó el marido de Dolores. Estas, asustadas y en su desesperación por no ser descubiertas dieron muerte al enamorado, diciéndole al señor de la casa que había penetrado en ella con la intención de robar.

De vez en cuando el francés busca a sus amantes, en las ventanas que dan al Jardín del Diezmo, hoy Plazuela 2 de Abril.

Las Misas de Medianoche en San Francisco

La noche era plácida ese mes de octubre de 1963. El Padre Fray Eliseo Ruiz se desvelaba como lo venía haciendo desde hacía algún tiempo, estudiando y poniendo en orden el archivo histórico del convento, cuando oyó que la campana mayor de la torre llamaba a misa. Eran pasadas las doce de la noche. El Fraile salió de su celda y se dirigió a la torre a ver por qué sonaba la campana. No encontró nada, pero alcanzó a ver que un grupo de personas se habían juntado en la puerta del atrio esperando entrar a misa.

Al día siguiente mencionó el hecho desde el púlpito, se disculpó por no haber abierto la puerta, les dijo que desde los tiempos de la colonia sucedía esas cosas. Desde entonces la Mitra había encargado a un comisionado para que investigara los extraños sucesos que se daban en el convento, así como las supuestas misas de media noche que se celebraban en el templo, cosa que nunca se logró esclarecer.

Una antigua crónica narra que cuando fue guardián del convento, Fray José Méndez, párroco y juez eclesiástico a la vez del partido de la ciudad de Salvatierra, la inquisición intensificó sus pesquisas buscando sospechosos por actos contra la fe. La comisaría de este temido tribunal, la tenían precisamente los frailes franciscanos, lo que obligaba a los vecinos a que trataran a toda costa, no caer de la gracia de los comisionados, intensificando sus limosnas y donativos.

En estas circunstancias, un sacerdote residente del convento de nombre Fray Antonio de Balbuena, solicitaba a la feligresía que pagaran en vida sus misas gregorianas, para que cuando murieran se las celebraran sin ningún trámite y pasar de inmediato a gozar del reino de los cielos. Muchos fieles acudieron al llamado del religioso, pero éste nunca celebró las misas que tenía por encargo.

Desde hace ya mucho tiempo se oyen las campanadas llamando a misa, muchos han asistido a ellas en diferentes épocas, se han visto rodeados de personas que desaparecen al terminar la celebración. Algunos de la impresión de ver que al sacerdote no se le ve la cara, han quedado desmayados. Pero él sigue celebrando las misas que tenía por encargo, a ella asisten los que se las mandaron celebrar.

Leyendas Tomadas del Libro: “Leyendas, Cuentos y Narraciones de Salvatierra, Recopilación” de Miguel Alejo López

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