Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

viernes, 11 de marzo de 2011

Leyenda

El Señor de Villaseca

Una antigua historia, que data del año de 1540, refiere que un noble toledano, llamado Alonso de Villaseca, acaudalado minero y hombre de profunda fe, se había distinguido por ser un filántropo reconocido por su bondad y largueza en el ejercicio de la caridad.

Colegios, asilos y dotes para huérfanas, así como pensiones para viudas, atestiguaban del desinteresado apoyo que el distinguido prohombre había dado a toda la comunidad.

Don Alonso gozaba del cariño sincero de toda la ciudad y asimismo en todas las regiones que circundaban sus posesiones y también gozaba de una devoción singular. Piadoso como pocos, había mandado traer de España, a sus expensas, tres hermosos Cristos. Uno de ellos lo destinó a Ixquimilpan y los otros dos a sus minas del Real de Zacatecas.

En el año de 1580, cuando murió el noble personaje, se supo que en su testamento había ordenado que uno de los Cristos se entregara a la Iglesia del mineral de Cata. Grandes funerales siguieron a la muerte del filántropo, pero treinta años pasaron sin que se cumpliese su orden hasta que en el año de 1618 trajeron a Cata el Cristo ordenado, conocido desde entonces como el Señor de Villaseca.

Cuenta la historia que ante la efigie santa, en otro tiempo la bella mujer de un minero acudía todas las mañanas y en devotos rezos se complacía.

¿Por qué tanta devoción, que milagros o favores, pedía o agradecía?

Martha de la Fuente, como se llamaba la joven, estaba enamorada de un hombre distinto a su esposo, otro minero le había robado sus sueños y por él suspiraba sin cesar. Algo sospechó el esposo, que sin poder averiguar la causa, notaba de alguna forma que algo extraño se interponía entre él y la bella muchacha que debía honrar su nombre.

Alguna vez, con el alma oscurecida, le preguntó violento si es que ella de alguna manera le faltaba. Que cual era la causa de su frialdad, que si algún hombre se interponía entre ellos.

Pero Martha lo negaba y le decía que no había nada y haciendo un esfuerzo lo abrazaba y lo besaba. Pero nada podía cambiar el humor que su alma encerraba, pues la mujer amada había cambiado y el espíritu de él se había endurecido.

Sucedió pues, que un día en que el esposo salió temprano, Martha consideró que podría visitar a su amado y para ello preparó una rica cesta con opíparo almuerzo y se dirigió perfumada y feliz a encontrarlo. Pero el destino quiso que León Peña, su celoso cónyuge la encontrara en el camino.

-¿A dónde te diriges? Le gritó furioso a la vez que sacaba una daga para acabar con la traidora.

Ella, en un intento desesperado le contestó:

-A llevar estas flores al Señor de Villaseca.

El energúmeno, con la misma daga con la que pensaba degollar a la beldad, levantó la delicada servilleta que cubría la cesta y encontró solamente hermosas y blancas flores, perfumadas y frescas. A este raro prodigio Martha hizo un juramento que cumpliría por siempre, mientras ella viviera, nunca le faltarían flores al Señor de Villaseca.

Tomado del Libro: "Leyendas de Guanajuato, Historia y Cultura"

Nos gustaria saber lo que piensas del blog, escribe un comentario (* campos obligatorios)