Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

martes, 10 de julio de 2007

La identidad en Federico Escobedo.

Felipe Macías Gloria

Centro de Investigaciones Humanísticas

Universidad de Guanajuato

Iniciar un estudio sobre la trayectoria y producción de un miembro de la colectividad Salvatarrense, como es el caso de Federico Escobedo, presenta ciertas dificultades. Estas van, desde el acopio de las fuentes primarias y secundarias, hasta qué aspectos comentar de su trayectoria y producción académica. Sin embargo, también es una oportunidad para que el investigador se interese por abordar otros aspectos de la localidad y de sus moradores. En este caso el presente trabajo pretende ser un primer acercamiento a la contribución productiva de Federico Escobedo.

Antes de comentar algunos aspectos de la obra y trayectoria de Escobedo se mencionará, a grandes rasgos, el devenir de la tierra que vio nacer a Escobedo. Hay que recordar que esta región, como otras del México Antiguo, de acuerdo con estudios arqueológicos, sus ecosistemas permitieron habitar y desarrollar a diversos pueblos antes de la invasión europea109. El nombre de Ucareo (hoy Salvatierra) queda registrado en la memoria colectiva, por 1450 d.n.e., como un reacomodo de los pueblos purepechas o chichimecas110.

Después, con la agresión europea, durante el siglo XVI, la jurisdicción de lo que es hoy el municipio de Salvatierra, se vuelve a mencionar, al igual que sus moradores, durante las décadas de los treinta, cincuenta y ochenta. Primero con la presencia de los franciscanos que llegan al valle de Guatzindeo (1530); los agustinos, más tarde, se instalan en Santiago Maravatío (1540) y en la hacienda de San Nicolás (1557); y, para la antepenúltima década de este siglo (1580), aparece nuevamente en la memoria colectiva, ahora con el nombre del Pueblo de San Andrés de Chochones, dependiendo de la jurisdicción de Acámbaro111. Esta población contó desde su refundación112 con una gran actividad del clero regular en la vida cotidiana de sus moradores.

Las ricas tierras, aledañas al Río Lerma, permitieron refundar asentamientos bajo el patrón e intereses de la corona española en los siglos XVI y XVII. Así surgen las poblaciones de Celaya (1571), Salamanca (1603) y Salvatierra (1644).

A mediados del siglo XVIII (26 de agosto de 1754), al igual que el resto de la Intendencia de Guanajuato, la tierra de Federico Escobedo se destacó, no sólo por su prosperidad agropecuaria, sino por contar con una población de 9,851 personas113 y una fuerte presencia de la Iglesia Católica que estaba representada por el clero regular: franciscanos, agustinos y carmelitas. Atmósfera que, en lo religioso, actualmente y siendo prudente en la comparación, Salvatierra aún mantiene en ciertos sectores de su sociedad.

La Intendencia de Guanajuato en el siglo XVIII, al igual que otras regiones del México de ese momento, se caracterizó por una prosperidad económica que benefició al grupo en el poder. Esta bonanza, también se extendió en las manifestaciones artísticas. Basta con observar algunas de las obras de servicio colectivo, casas de particulares, edificios públicos y religiosos.

La educación, en este período, tuvo un nuevo giro en la enseñanza. La docencia que impartieron los jesuitas, gracias al trabajo y espíritu abierto que tenían, les permitió ir a la vanguardia. Tal como lo menciona uno de los estudiosos del tema: Maestro Luis Rionda Arreguín. De acuerdo a él, ellos reformaron y renovaron la cultura del México en este siglo: filosofía, literatura, ciencia, historia, teología y, sobre todo, la educación. Las ideas que transmitieron los jesuitas en sus aulas permitió, al grupo ilustrado plantearse la necesidad de independizarse de la corona española. Esta surge, también, de la convergencia de intereses de una sociedad harta del control peninsular. Hay concordancia en las inquietudes del total de la población.

Hay que recordar que los jesuitas, en ese momento, se caracterizan por su humanismo y renovación en las tareas de la educación. En este renglón, los colegios jesuitas impartían, en sus aulas, conocimientos que partían de teorías y sistemas modernos de pensadores de la talla de Descartes, Galileo, Bacón o Newton. Es, en este siglo, que los jesuitas resaltarán las aportaciones de la civilización indígena114, sus leguas maternas y verán, también, las particularidades de la realidad del México de ese momento115. Es decir, a un México pluricultural y con su propia identidad. Estas preocupaciones tenida por sus antecesores jesuitas, Federico Escobedo, las manifestará en su obra literaria.

A principios del siglo XIX, Valle de Santiago, Celaya, Salamanca y la tierra de Federico Escobedo, continúan con su desarrollo. Todas ellas sobresalen por su agricultura. Durante estas primeras décadas, los habitantes, al igual que el resto de la Intendencia, participaron en los acontecimientos de la Revolución de 1810. Este episodio histórico es retomado en algunos de los poemas de Escobedo. En la sección denominada Crónica hebdomadária hace alusión a la conmemoración de la revolución de 1810 resaltando la población de Dolores Hidalgo y haciendo una mención a los “¡Nombres inmortales que en sus alas nos traen mundos de recuerdos y poemas de épicas y hazañas!”. Hace hincapié en el contenido que encierra la palabra “patria”116.

El territorio de Salvatierra, durante la Revolución de 1810, fue tránsito y escenario de enfrentamientos entre insurgentes y realistas. Más tarde su representante participa en la Junta Provincial Gubernativa con motivo de la separación de la metrópoli117.

En 1833, la ciudad de Salvatierra, sufre la epidemia del Cólera. Al igual que otras poblaciones del país, los salvaterrenses, también cooperan en la guerra de Texas: proporciona recursos económicos y soldados118.

En 1843 la tierra de Escobedo participa en las Juntas de Industria y, en 1845, se fundó la fábrica de textiles que dará prestigio al terruño.

En el Puente de Batanes (1867) los contingentes mexicanos se enfrentan con el invasor francés. En este mismo año (19 de junio), en la capital del vecino Estado de Querétaro, se llevó a efecto la ejecución de Maximiliano de Austria. Acontecimiento que marca el final de los enfrentamientos entre liberales y conservadores. Los primeros entran triunfantes con Benito Juárez e instauran en México la República.

El nuevo grupo en el poder adopta una nueva doctrina: el positivismo. Que, aunque externa, tuvo su propia particularidad con respecto a la realidad mexicana119. Su influencia se sentirá en la filosofía, en el sistema educativo y, sobre todo, como arma política. En este mismo año, el poblano Gabino Barreda, pronunció el 16 de septiembre la Oración Cívica en la Capital de Guanajuato. En este texto, Barreda, propone una emancipación del mexicano120.

Esta doctrina que representaba, para ciertos sectores de la sociedad con estudios, una forma de enfrentar los problemas del país, también fue vista con recelo por algunos católicos y ministros de su Iglesia. Tendencia que perdura hasta a la época de Escobedo. El también, en su momento, expuso sus puntos de vista con respecto a dicha doctrina. En la publicación denominada: “La Espiga de Oro”, como jefe de redacción, expresa sus desacuerdos y cuestiona la postura liberal que impera en el grupo dominante.

Sin embargo, volviendo al siglo XIX, el proyecto de los liberales de crear grupos sociales de pequeños agricultores propietarios fracasó, ya que, en el mayor número de los casos, los grandes latifundistas devoraron las tierras comunales de los pueblos indígenas121.

Escobedo, en su momento, también hablará de la marginación y miseria en que se encuentra el indígena. Así que, dentro de esta atmósfera de contradicciones en que vivía el país, el salvaterrense Escobedo nace dos años antes de que el dictador Porfirio Díaz inicie su mandato122 (1876).

El poeta bucólico (como lo ubican sus biógrafos) nace en Salvatierra, Guanajuato, el 9 de febrero de 1874. Sus estudios primarios los hizo en la escuela particular del señor Sebastián Tejada. De acuerdo con sus biógrafos, en su pueblo natal (al lado del poeta Tirso Rafael Córdoba) se inicio en la poesía. Después continúa sus estudios en el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús en la ciudad de Puebla. Enrique Cordero (otro biógrafo de él) afirma que es, en este Colegio, donde obtuvo altas calificaciones y se inició en el quehacer de la literatura.

Mientras Federico Escobedo realizaba sus primeros estudios en los ochenta, el autoritarismo del presidente de la República, Porfirio Díaz, continua acumulando y ejerciendo el poder. Enmendo el artículo 78 constitucional con el propósito de obtener una reelección indefinida en la presidencia. Al final de esta década (1887) Escobedo, ingresa (a la edad de 13 años) a la Compañía de Jesús en el Seminario Palafoxiano. Deja, por una corta temporada, el Seminario de Puebla. Vuelve a reingresar con los Jesuitas (1889) en el Colegio de San Simón (Zamora, Michoacán) donde concluye sus estudios de bachillerato. De ahí es enviado al Colegio de Oña en Burgos, España para realizar sus estudios y recibirse como sacerdote. Ahí recibió las órdenes menores. Después, por motivos de salud, pasa una temporada en Granada. Sin embargo, su salud no mejora y regresa a Zamora (Michoacán) donde imparte literatura y otras materias. Después permanece, al parecer, en Huamantla, Tlaxcala.

Sin duda que, Federico Escobedo, fue sensible a la marginación y a la pobreza del medio rural. Aunque no se encuentra en sus poemas una censura directa al régimen, sí pone de manifiesto la situación en que vivía y se encontraba el indígena. Resalta las cualidades que tiene, sobre todo, el entusiasmo con que trabaja la tierra. Esta visión que, aunque lo relaciona con su religiosidad, pone de manifiesto esa desigualdad que se da durante el régimen porfiriano.

Para 1890, Porfirio Díaz restauró el texto original de la Constitución, eliminando toda referencia al tema de la reelección123. Un año después (1891), en Guanajuato, se reformó el artículo 23 de la Constitución Local. Este hecho permitió crear distritos que sustituían a los partidos. Con esta modalidad, los departamentos desaparecen y el distrito tiene el control de un número variable de municipios. El gobernador nombra un funcionario en cada distrito conocido como “Jefe Político”. De esta forma se expendió el Ordenamiento que reglamentaba las Jefaturas Políticas así como la Ley Orgánica de los Tribunales Judiciales.

En esta atmósfera de tranquilidad (para el grupo en el poder) el 31 de julio de 1892, en la capital de Guanajuato, el General Manuel González fue declarado gobernador electo para un nuevo período consecutivo que terminaría el 25 de septiembre de 1896. Dos meses después (noviembre) de su ratificación en el poder, obtuvo una licencia (por el tiempo que fuera necesario) para separarse del cargo con el fin de atender asuntos particulares. Al año siguiente: el 8 de mayo de 1893, muere, a la edad de 60 años, el general de división Manuel González, gobernador de Guanajuato y expresidente de la República en su hacienda124 de Chapingo125.

Mientras parte del grupo en el poder, los “científicos”, continuaba sosteniendo a Porfirio Díaz, Federico Escobedo se traslada al Colegio San Luis González en la población de Huamantla (Tlaxcala). Es ahí, a la edad de 24 años (el 6 de diciembre de 1896) donde se ordena como sacerdote. A partir de este año fue designado profesor de Retórica y Humanidades en el Seminario Conciliar Palafoxiano126.

En el Estado natal de Federico Escobedo las actividades políticas continúan sin ningún cambio. Al relevo, en el gobierno de Guanajuato, entró el licenciado Joaquín Obregón González127 quien fue nombrado gobernador interino por el Congreso Local. Al mes de estar en funciones, los clubes políticos lo postularon como gobernador. En los comicios del 23 de junio (como único candidato) fue declarado gobernador constitucional128 por el período del 26 de septiembre de 1893 a septiembre de 1897. Esta última década del siglo XIX, se vio ensombrecida por la epidemia de tifo que diezmó la población del país. A esta desgracia se le unió la falta de lluvias, que ocasionó la pérdida de cosechas y, como consecuencia, provocó la escasez de víveres129.

En cuanto a las finanzas del país, éstas, bajo la dirección José Ives Limantour se mantuvieron, hasta cierto punto, estables para el grupo en el poder. Lo mismo sucedió para el Estado de Guanajuato. En cuanto a la política exterior, la administración porfiriana se cuidó de mantener con sus vecinos y potencias económicas130 relaciones cordiales. Sin embargo, al interior del país, el Ejército, bajo la dirección del General Bernardo Reyes, realizó represiones contra los pueblos indígenas que reclamaban sus tierras. De esta forma se cierra el siglo XIX y se abre el XX con represiones brutales contra los pueblos yaquis y mayas131.

En los escritos que se revisaron de Escobedo, ya se mencionó, no se encontró una crítica directa al régimen porfiriano. Ciertos poemas sí abordan la situación precaria para los marginados, mencionando, sobre todo, las condiciones difíciles en que se encontraban los pueblos indígenas que él trató directamente como ministro de su credo. A su vez, aprovecha la ocasión para resaltar la dedicación que estos mexicanos tenían por el trabajo.

El Estado natal de Escobedo termina el siglo XIX con fuertes contradicciones socioeconómicas tanto en el medio urbano como el rural. A nivel nacional, el primer año del siglo XX, nuevamente, mediante un simulacro electoral el Congreso volvió a ungir a Porfirio Díaz como presidente del país. La inmovilidad del gabinete porfiriano fue una característica, sólo la muerte permitía el relevo132. Este fenómeno también se repetía en las gubernaturas. En Guanajuato, el general Manuel González o el licenciado Joaquín Obregón González, fueron gobernadores que se perpetuaron en el poder.

El inicio del siglo XX, la producción literaria de Federico Escobedo continua ascendente. En 1903 publicó el trabajo titulado “Odas Breves”, donde, parte de los poemas que contiene el libro, transcribe las condiciones de pobreza en que se encuentra el indígena. Otros resaltan la identidad y la cultura de la localidad, de las regiones y del país. Insiste en el valor que se debe dar a la patria y, destaca, la riqueza de las tradiciones y costumbres del país.

Al igual que sus antecesores los jesuitas, Escobedo, no sólo resalta la otra cara de la realidad rural sino que, también, destaca la diversidad cultural y riqueza de los ecosistemas que tiene el país. En este trabajo, independiente de la temática religiosa que usa, habla de la importancia que debe tener el arte nacional y hace votos para que éste resurja.

Las referencias a la cultura greco latina (Homero o Aquiles) a través del vocabulario que emplea en sus poemas, le permiten elevar a la par, a una de las lenguas maternales de este país. Utiliza términos del lenguaje náhuatl: Atoyoc, Anahuac, Tepeyac. Su vasta cultura y conocimiento literario lo hacen manejar, con facilidad, la preceptiva grecolatina y usar estructuras en términos de lo indígena. Lo mismo hace con el habla cotidiana del momento: labriego, jornada, troje, choza, cabaña, arado, campo, aldeano. Escobedo, a través de su obra, estuvo consciente de la necesidad de mostrar y de proyectar mediante la literatura, la esencia pluricultural de México.

Escobedo, al hablar de nuestros hermanos mayores los indígenas, reconoce en estos mexicanos, el esfuerzo y dedicación que tienen por el trabajo. Recalca que, a pesar de la miseria y marginación en que se encuentran, no dejan de trabajar. A su vez, destaca la armonía que existe en la familia indígena. El poema titulado “Non nisi sudatae debetur laurea fronti” manifiesta estas consideraciones:

“No el bélico tumulto

de Marte sanguinoso, celebrado

por mí será: que culto

vengo á rendir sagrado

al que empuña la esteva del arado.

Dejad en buena hora

Que el combatiente allá la espada ciña,

Y que ésta, destructora,

El campo en sangre tiña;

¡Es más grata la paz de la campiña!

Más grata la faena

Del que corre de Céres á los brazos,

De paz el alma llena,

Libre de arteros lazos;

Que la del que hace un terreón pedazos.

Allá quédese Homero

á Aquiles celebrando reconroso;

yo el idilio prefiero

del campo deleitoso

cantar a orillas de Atoyac undoso.

Y ora mirad: la aurora

va desplegando ya su régio manto

con que las cumbres dora;

se escucha un himno santo:

¡Es del labriego el matutino canto!

Canta el indio; y, desnuda

en actitud humilde la cabeza,

así á su Dios saluda

cuando el trabajo empieza

y al campo se dirige con presteza.

Al campo se dirige,

-estadio de ignorados luchadores.-

el corvo arado rige,

del sol á los rigores,

y su frente se baña en mil sudores.

Sí su frente se baña;

mas del ocio la voz jamás escucha;

¡Ay! piensa en su cabaña

do la miseria es mucha;

piensa en sus hijos, en su esposa, y... ¡lucha! (...)

Lucha por el sustento

Que al fin ha de lograr, siquiera escaso,

y esto le da contento;

esfuerza el cuerpo laso,

y su labor prosigue paso á paso.

Los surcos multiplica,

y, en ellos con afán el grano arroja;

el sol que ardiente pica

ya no le da congoja,

con tal que frutos abundantes coja.

Con tal que terminada

pueda al cabo mirar su árdua tarea;

y, al fin de la jornada

por áspera que sea,

henchida de maíz la troje vea.

Esto en parte mitiga

de su negra fortuna los azares,

y hace que la fatiga

con rústicos cantares

un tanto alivie cuando suda á mares.

Y así, con alegría

mil esperanzas guarda en la simiente;

y cuando el Rey del día

a déspeñase al Poniente,

él á su choza vuelve sonriente.

Vuelve; y sus pequeñuelos

en viéndole llegar, hácenle fiesta;

y halla dulces consuelos

en su mujer honesta

que ya cena frugal tiene dispuesta.

Y, ajeno a los pesares,

con su esposa é hijos muy amados

se nutre con manjares,

manjares no comprados

por la tierra feraz suministrados.

Y así, tranquilo goza

en torno á su familia el aldeano;

de su pagiza choza

el es el soberano,

y la esteva es el centro de su mano.

Y con ella, felice,

sólo atiende á sus rústicas tareas

Que, alegre Dios bendice;

¡oh trabajo que creas

tanto candor y fé!... ¡bendito seas!”133.

El salvaterrense, cuando se refiere al concepto de patria, lo liga con la religión. Hay que tener en cuenta que, como hombre de su tiempo (católico y ministro de la Iglesia) actúo conforme a su formación. El poema que dedica a la población de Teziutlan: Religión y Progreso, después de manifestar su desacuerdo por las luchas fratricidas, hace hincapié en la necesidad e importancia del avance de la ciencia. Al respecto escribe:

¡Estoy en Teziutlán! Hermosa tierra,

la Perla de la Sierra,”

Por Lavalle y Ortega celebrada;

¡Encatadora tierra la que un día

soñó mi fantasía

del Chignautla a la sombra recostada!

allí la miro, sí; cual amazona

que ve de su corana

los florones con íntimo embeleso.

Ya no la turba torcedor cuidado;

¡Goza teniendo al lado

El ángel de la paz y del progreso!

No silban por su cielo y a las balas.

Iris tendió sus alas

Y la irritada mar quedó serena

Ya la guerra civil no la extermina,

Y hoy Tesiutlan domina

De Mercurio mediante la faena.

¡Oís? ¡oís?... Veloz locomotora

con su lengua sonora

del progreso los triunfos nos indica,

y mañana, por chispa electrizada

vuestra ciudad bañada

en Niágara veréis de lumbre rica.

De esplendente luz á los destellos,

van á lucir más bellos

los lauros de tu sien, noble Matrona.

Junto á esa luz que plácida fulgura,

brillará la hermosura

de los diamantes que ornan tu corona.

Y mañana, por todos los mercados,

los filones preciados

Circulararán de tus nativas vetas.

A tu seno vendrán de muchas partes,

y tu ciencia y tus artes

pregonadas serán por los poetas.

Muy grande vas a ser; ya lo preveo;

pero mayor trofeo

anhelo para tí, ciudad hermosa.

Es un bien el Progreso, lo proclamo;

pero á par de él, yo amo

de la divina fe la luz radiosa.

Ama el Progreso, sí, pero avivado

por el fuego sagrado

que el Astro de la Cruz á mares vierte.

Ama el Progreso que hasta el cielo llegas,

no el Progreso que niega

y que en vez de alentar, causa la muerte.

Ama el Progreso que hasta Dios se encumbra,

no el que vano deslumbra

con falso brillo y aparente ornato.

Ama el Progreso que al tocar la linde,

ante la Cruz se rinde

y hace de gracias homenaje grato.

Progreso y Religión: ¡grandes ideas!:

Dos luminosas teas

que ahuyentan el error y la ignorancia.

De Santa Paz al cariño beso,

Religión y Progreso

marcharán en perfecta consonancia.

¿Qué es sin Dios el Progreso? Una quimera.

Mas donde la bandera

augusta de Jesús tranquila flota,

allí todo lo grande se condensa:

¡Muy alto el sabio piensa,

y surgen el artista y el patriota!

De la cruz á los vivos resplandores,

poetas y pintores

nos pintan la belleza y nos la cantan;

Halla Euterpe inmortal nuevos arpegios,

y por doquier, colegios,

talleres y hospitales se levantan

Religión es progreso, es entusiasmo.

¿Quién mirará sin pasmo

las obras de los hijos de Benito

que allá en su soledad y apartamiento,

del hombre el pensamiento

guardaron en precioso manuscrito?

La Religión el patriotismo engendra.

En su crisol se acendra

Ese amor que nos lleva hasta el delirio.

Hace la Religión al hombre, fuerte,

Y en la contraria suerte

Fortaleza le da para el martirio.

La religión en su regazo crea

hombres que en la pelea

perder la vida, al deshonor, prefieren.

Matronas y doncellas delicadas

que, de valor armadas,

por su Dios y su hogar tranquilas mueren.

La Religión conduce al heroísmo.

Opone el egoísmo

una vida de amor y de ternura.

A todos por igual bienes prodiga,

y con su mano amiga

Para todos los males tiene cura”134.

Una parte de su poesía, como se mencionó antes, las palabras de origen nahuatl están presentes, sobre todo para referirse a los lugares. El poema dedicado a la Virgen de Guadalupe no es la excepción: Anahuac y Tepeyac hacen referencia al país y al valle de México. El tema que aquí desarrolló, desde su apreciación, se refiere a los posibles efectos de una guerra entre mexicanos. Ya que, para él, el indígena quedaba a merced de los grupos que se enfrentarían:

“ Virgen, Reina de Anahuac,

del Tepeyac excelsa moradora,

Madre de gracia y de ternura llena;

no en dulce canto ahora

te vengo á saludar; Amor me ordena

eleve á Tí mi voto suplicante

por una raza á la que el mundo olvida,

raza infeliz ya casi agonizante,

raza á tu corazón tanto querida.

Por esa raza indiana,

-objeto de tu amor y complacencia,-

¡Virgen Guadalupana!

á demandar hoy vengo tu clemencia.

Hacia ella vuelve tus amantes ojos;

vuélvelos, Madre mía,

que llorarán tal vez cuando sorprendan

á esa raza que un día

se alzaba noble, poderosa y fuerte,

¡Hoy, míseros despojos

ser casi ya de la implacable muerte!

Vén, indio mexicano:

ante tu madre comparece, que Ella

luego te alargará su tierna mano

y acallará en tus labios la querella.

¡Ven! deja tus hogares,

y á mi amorosa invitación accede;

Si quieres acabar ya tus pesares,

del Tepeyac á tu Señora acude,

porque Ella solo remediarte puede

y secar de tus lágrimas los mares.

¡Ven... Vén! Más, no responde;

mi clamor repetido lleva el viento.

¿dónde se oculta?... ¿dónde?...

¡ah! Confesarlo siento;

¡dulce Madre de amor! El trance es rudo:

el infeliz se esconde

en lo más apartado de un cortijo,

y no parece, porque está desnudo...

¡sí, está desnudo, Madre, y es tu hijo!

¡Miralo, Madre mía!

él es blanco de la suerte dura;

amasa con su llanto noche y día

el desabrido pan de la amargura.

Lo que es gozar, ignora;

sólo sabe de penas;

de ellas rico caudal sólo atesora:

en medio de sus rústicas faenas

muy pocas veces ríe, y muchas llora.

Sí; yo le he visto, Madre,

mil veces ir dejando las semillas

en el abierto surco, y agolparse

a su ojos el llanto, y sus mejillas

de súbito inundarse!

Y en miserable estera

también le he visto con tronco inerte,

por la fiebre sus miembros consumidos,

muerto el color, hundidos

los ojos, y luchando con la muerte.

Mas si hasta aquí su desventura es harta,

si con su llanto fecundar la tierra

le contemplamos; ora, Madre, aparta

tu vista de otro cuadro que destroza

el corazón... Los gritos de guerra

mañana sonarán con ronco estruendo;

y entonces ¡hay! ese indio, de su choza

en la que está viviendo,

y en la que toda su ventura encierra;

por su fuerza arrebatado

será; y al punto se verá en la zona

de militar forzado;

y si llega a morir, ¡ni una corona

su patria le dará! ... ¡pobre soldado! (...)

¿Qué será de él, mañana,

si del Bóreas furiosas tempestades

vienen con rabia insana

á talar sus hermosas heredades?

¿Qué horrores, qué impiedades

nos llevarán sobre él? ¿De cuántos daños

no será triste objeto?...

¿Tratarán con dulzura los extraños

Al que propios trataron sin respeto?

¡Ah Madre... Dulce Madre

De esos tus hijos que en silencio gimen!

Mejor que yo. Tú sabes las desgracias

Que á sus espaldas débiles oprimen.

¡Ampáralos, Señora!

¡ser indio -sepa el mundo- que no es crimen!

pues tu misma, más bella que la aurora,

más blanca que la espuma;

para honra de esta raza que te adora,

tomaste su semblante,

y des aquese instante,

ya fué padrón de gloria, y gloria suma...

¡Hijo ser del país de Moctezuma!

Levanta de la escoria, á esa tu grey, á tu querida raza;

Levántala, y de gloria

Triunfales lauros á su sien enlaza”135.

El salvaterrense, siempre tuvo presente en su poesía, la riqueza de los ecosistemas del terruño y del país. Describe los lugares en donde estuvo, poniendo el acento en retomar los elementos que le proporciona esa realidad social y de su entorno físico: hombres y ecosistemas. Los elementos de la naturaleza están presente en su poesía. Algunos de sus críticos dicen que sus poemas tienen un tono romántico donde se percibe un ligero aire de renovación producto de las lecturas de los poetas modernistas136.

La erudición, humanismo y creatividad literaria de Federico Escobedo, le permitieron trascender las fronteras del país. Gracias al conocimiento que tenía de la cultura grecolatina, 22 de mayo de 1907, la Academia de Roma137, lo nombra Miembro de ella. Desde esa fecha será (...) “conocido entre los Arcades de Roma con el nombre de Tamiro Miceneo” (...)138. Un ejemplo de su talento lo muestra al traducir, del latín al español, la obra del padre Rafael Landívar, “Rusticatio Mexicano”. Hasta la fecha es la primera y única versión completa139. De acuerdo con los especialistas, esta obra resalta las bondades de los ecosistemas y ciertos aspectos de la vida cotidiana del campo mexicano. La traducción que hace de la Rusticatio Mexicana la vertió al español con el título de Geórgicas Mexicanas140.

Los especialistas reconocen en Escobedo a un excelente traductor que, como poeta, tiene la sensibilidad de traducir a otro. Afirman que las traducciones y comentarios, muestran que el padre Escobedo contaba con una amplia cultura humanística141.

Entre las preocupaciones que transcriben los textos del salvaterrense, se encuentra la inquietud de desarrollar el quehacer literario y su difusión. Propone a sus colegas que tomen en cuenta la realidad y el entorno en donde viven. Exalta la riqueza de México y de los países de América, al grado que, al trabajo del padre Landívar, le reprocha que no haya incluido (en el canto XIV), la descripción de una de las aves más bellas de este continente americano: el quetzal. Se da a la tarea de componer hexámetros en verso con el siguiente título: “Elogium Quetzalli”142.

La dedicación a su trabajo académico le ayudará a que, un año después de haber sido nombrado miembro de la Academia Romana (1908), pueda ingresar a la Academia de la Lengua de México como Miembro correspondiente. Estos nombramientos fueron un reconocimiento a su producción y a su labor por impulsar el quehacer literario. El final de esta década, anunciaba las convulsiones de la siguiente: la Revolución de 1910.

En el Estado de Guanajuato, esta Revolución tomó otra dimensión para los paisanos de Escobedo, con respecto a otras regiones del país. Una parte de los guanajuatenses centró sus demandas en los salarios, mejoras en los lugares de trabajo y sanciones para las autoridades locales por su abuso. El aspecto de la política iba con el cambio en el poder de los jefes revolucionarios, situación que propició enfrentamientos entre los grupos locales que detentaban el poder. Además, esta década, acentúo en la entidad una inestabilidad social y económica143: migración y desempleo.

Ante estos acontecimientos, el salvaterrense Escobedo, también los lamenta. Durante los primeros años estuvo como representante del Obispado de Puebla. Su papel fue de mediar para liberar a los sacerdotes que estuvieron presos en la penitenciaría del Estado144.

Esta misma incertidumbre y preocupación la deja ver el escritor José López Portillo y Rojas al contestar el discurso que permitió ingresar a Escobedo como miembro de la Academia de la Lengua en México. Menciona, indirectamente, los acontecimientos de la Revolución de 1910. Se queja del desorden en todos los ámbitos, ya que éste les impide cumplir con su misión de cultura y progreso145.

En 1914, Escobedo se traslada de Puebla a la ciudad de México146 y, en 1915, la Academia de la Lengua lo designa como Miembro de Número. Su discurso, pronunciado en abril, lo tituló: “Manzoni en México” al referirse al novelista y poeta Rafael Delgado147. Hace un parangón con el novelista y poeta Rafael Delgado, no sólo lo compara con los clásicos latinos, sino que hace hincapié en la productividad literaria del país. Subraya las cosas escritas cuando alude a la gente de este continente: “La Oda épica A la raza Latina”.

La palabra patria (en este texto dedicado a Rafael Delgado y otros), lo proyecta más allá de las fronteras del país y le da universalidad. Lo mismo hace al referirse a los países hermanos de México en América: propondrá y hablará de una “raza latina”. Afirma que la obra de Rafael Delgado, debe inscribirse en el catálogo de los “Beneméritos del América Meridional: tierra de grandes poetas”148. Propone elevar la creación literaria de estas tierras al rango universal.

Al referirse a esta década (1910), Escobedo al igual que otros de sus contemporáneos, transmite un malestar y manifiesta que deben terminar los enfrentamientos por el bien de los mexicanos, del país, del progreso y de la cultura. No obstante de los conflictos internos que vivía el país, antes de que finalice la Revolución, la Real Academia Española de la Lengua, lo designa, en 1918, como Miembro de Número.

En los años veinte, el Estado de Guanajuato, al igual que el resto del país, sufrió una crisis económica. El desempleo provoca, en los trabajadores, buscar fuera de Guanajuato mejores oportunidades. Hubo un constante enfrentamiento entre dos grupos políticos que detentaban el poder: los verdes y los rojos. La inconformidad de los trabajadores que se quedaron en el Estado de Guanajuato causó manifestaciones y huelgas. Se suscitaron una serie de revueltas, sobresaliendo la de los cristeros (1926-1929)149.

En esta década de los veinte Escobedo, durante la suspensión del Culto Religioso, hizo circular el título: Al que Leyere. En este libro, manifiesta que es una selección de sermones que ha escrito durante 5 lustros, mismos pone a disposición de los lectores150.

Sin duda alguna, los años que duró en su tierra natal le permitieron, impregnarse de esa atmósfera que tiene la provincia. De ahí que, parte de su producción literaria, haga alusión a la naturaleza y a ciertos aspectos de la vida cotidiana. Es muy probable que, desde entonces, se interesara por el pasado, las cosas de la vida diaria y el entorno.

En el poema titulado: A Orillas del Lerma (escrito en Yurécuaro). Se aprecia, como en otros poemas, el valor que da a la localidad:

Vienes ¡oh río! de la hermosa tierra

vecina de Culiacán, mi hogar nativo;

para mi tu raudal quieto y sombrío

Añoranzas tristísimas encierra.

Tu vienes de mi patria, Salvatierra,

y por eso te llamo: ¡todo mío!

de mis ojos regué con el rocío

tus arenillas en que el pie se entierra.

Hoy, al verte correr bajo mi planta,

y a tu cause asomándome bermejo,

anúdase la voz en mi garganta.

Y es que me sirves tú de fiel espejo,

en el que de la madre que me encanta

Miro brillar un pálido reflejo”151.

Sus poemas transmiten esa realidad que es el campo y la provincia mexicana: las riquezas de sus ecosistemas. A partir de ella, Escobedo da al término patria otra dimensión: incluye la localidad para pasar por las regiones y llegar al concepto de nación. Esta actitud para revalorar el patrimonio sociocultural, a través de la literatura, lo llevará a proponer, como una prioridad, que México y “los países hermanos de latinoamerica” cuenten con su propia literatura.

Esta inquietud que Federico Escobedo tenía por revalorar, desarrollar y fortalecer la identidad nacional fue creciendo con el panorama cultural del siglo XX: filosofía, ciencia, literatura, arte e historia. Su labor como embajador de la palabra le permiten, nuevamente, trascender la frontera del país. En 1940, la Academia de la Lengua Colombiana, lo distinguió como Miembro Correspondiente. Antes de que se iniciará la segunda parte del siglo que está por terminar, Federico Escobedo, avecindado en la ciudad Puebla, muere el 13 de noviembre de 1949.

Su carrera como literato y filólogo fue brillante. Además destacó como maestro de español y latín. Su labor literaria lo ubica como un poeta sacro, épico y bucólico. Esta última modalidad por los escritos donde hace referencia a la patria. Su trabajo más importante fue la traducción de la Rusticatio Mexicana del padre Landivar152.

Uno de los biógrafos, Octaviano Valdés, transcribe de Antonio Caso la opinión que le merecía el padre Escobedo: “Continúa el poeta Escobedo la serie, por desgracia hoy bien mermada, de nuestros dilectos humanistas. Es de la raza del Obispo Montes de Oca, del insigne Joaquín Arcadio Pagaza, del glorioso Manuel José Othón”. Respecto al manejo de la lengua latina, este biógrafo, lo considera al nivel de los humanistas del siglo XVIII (como el padre Rafael Landívar o Alegre)153.

El escritor José López Portillo y Rojas, al referirse a Escobedo, señala que: (...) “El espíritu de tan insigne escritor sintiéndose dominado al emitir ese juicio, por la consideración de que los latinoamericanos para tener una literatura propia, debiéramos inspirarnos tan sólo o principalmente, en la belleza de nuestro territorio, en la majestad de nuestras montañas, en la feracidad de nuestros campos, en el color de nuestro cielo y en las demás peculiaridades de nuestra naturaleza;” (...)154

Tal como lo expresan los estudiosos de su obra, Federico Escobedo, fue un humanista que tenía una gran creatividad literaria y un alto conocimiento sobre la lengua latina y griega. Siguiendo la escuela de sus antecesores (los jesuitas155 como Clavijero, Alegre o Acosta, entre otros). Federico Escobedo revaloró las aportaciones culturales de México y de los otros países hermanos del continente americano. Esta actitud se transcribe en algunos textos cuando hace referencia a la literatura, a la riqueza de los ecosistemas y, sobre todo, al espíritu creativo de sus hombres.

Poeta culto, creador de imágenes, amante de su entorno, humanista que revalora (en su tiempo y circunstancia) lo que fue su lugar de origen, su patria y lo que significaba la mexicanidad. Reconoce la necesidad de crear modelos propios. Su amor por la literatura lo hace llevar a tener una identidad propia: y lo consigue.

La idea de Patria en los jesuitas criollos y en Escobedo.

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