Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

martes, 10 de julio de 2007

EL ULTIMO GRAN ARCADE MEXICANO.

Por el Muy Ilustre Monseñor

ALFONSO CASTRO PALLARES

Fue en mi lejana niñez, allá en mi tierra natal, Morelia la de la cantera rosada y los templos suntuosos, cuando por primera vez escuché el nombre de Salvatierra.

Entre los cálidos olores y el colorido excitante de las frutas y verduras, sobresalían los pregoneros que pregonaban la excelencia de los cacahuates de Salvatierra, como los mejores de México. Yo era un niño y no sabía ni siquiera ese sitio de cacahuatales.

Pasado el tiempo, vine a esta pequeña e ilustre ciudad, deambulé por sus calles, recorrí su plaza. Y he vuelto aquí muy pocas veces.

Otro recuerdo me viene a la mente. Ya había pasado el tiempo, ya había madurado mi edad, cuando fui invitado a la casa de un gran escritor polemista, filósofo formado en Bélgica, iracundo defensor de la ortodoxia.

En su despacho tenía una pintura de él a espátula, semejante a las que pintaba Clemente Orozco. En la parte inferior tenía una leyenda en lengua latina, de la cual, a la distancia sólo me acuerdo de algunas palabras: natus in partibus Salvae Terrae, nacido por estos lares de Salvatierra.

El ilustre personaje, lo supe entonces, era hijo de esta ciudad: Don Jesús Guisa y Acevedo.

Hoy vuelvo agradecido a este hermoso lugar para rendir tributo a otro hijo ilustre de estos aires, de estos rumbos in partibus Salvae Terrae, Don Federico Escobedo, el último gran Arcade mexicano, bajo el nombre de Tamiro Miceneo. Nombre y hombre que sabe a espacios y céfiros de la Hélade perenne y que está emparentado con los bucólicos pastores de la Arcadia de Teócrito.

D. Federico es un personaje perturbador, dentro de su transparencia humana. Su persona camina entre nieblas, que no nos dejan afocar la lente nítida de nuestro recuerdo.

Entró joven en la Compañía de Jesús, estudió ampliamente las humanidades clásicas, estudió filosofía un año en Oña, España, volvió y no sabemos dónde, ni cuándo ni cómo estudió Sagrada Teología.

Se ordenó sacerdote. Y pronto quién sabe por qué, se incardinó sacerdote diocesano (¿Sería por la necesidad de mantener a su madre y a sus hermanos menores?).

En toda esta niebla misteriosa de sus años mozos, recorrió muchos lugares. En esta azarosa y tranquila movilidad estuvo en Jacona, Saltillo del paisaje árido y triste, en Puebla.

Más tarde en Huamantla, la de los bellos tapetes de flores para la Virgen; en Teziutlán, con su niebla y su llovizna perenne. Pero, y otro misterio, nunca nos habla de haber vuelto a su tierra Salvatierra.

La formación jesuítica era absorbente. Los estudios serios y “carcelarios”, pues los muchachos estudiantes tenían un régimen espartano, y por eso aprendían, y por eso sobresalían, y por eso tenemos en nuestro país una muchedumbre de sabios y de letrados. ¿Sería esta la razón?

En su inmensa obra nos habla muy poco de su terruño, nunca, salvo un himno religioso que deben haberle pedido, lo describe; de vez en cuando un suspiro de nostalgia al contemplar al río Lerma que se desliza por Salvatierra.

Un sacerdote desarraigado.

Sus últimos años los vivió en la ciudad de México, donde muere. Había nacido en 1874, y la “Pallida mors” lo toma entre sus brazos en 1949.

Un buen sacerdote, un buen cura de almas, un gran poeta, una gloria para México y para Salvatierra. En su poesía encierra todos sus años de aprendizaje y de profesorado.

Tuvo reconocimientos varios: de personas amigas, de amigos literatos de México y de España, de Colombia ... Pero su vida sigue siendo un vago misterio, una humildad escondida y vivida. Pero ya es hora que pasemos a su obra que es el objeto de esta charla desaliñada.

No es mi intención, ni sería prudente, abarcar la obra lírica total del poeta Escobedo. Ya han oído de él mucho sobre su estro latino; mucho sobre su calidad de traductor. Yo tocaré algunos aspectos de su lírica castellana. Y permitan que les descubra mi pensar: la obra de D. Federico es abundantísima, pródiga, fluvial.

Cada poema es un largo arroyo que corre sin escrúpulos; muchísimos poemas son un río largo, interminable; otros son torrentes impetuosos y cataratas resonantes. Y me pregunto. ¿De dónde sacaría tantas ideas, tantos pensamientos, tantas alusiones clásicas? De un acontecimiento quizás intrascendente, él lo extiende hasta horizontes insospechados. Dobla las ideas, las desdobla, las pronuncia con otras palabras. Y como que termina con tristeza por no poder seguir “in infinitum”.

Ciertamente no tiene la virtud de la brevedad, de la concisión, del encarcelamiento del verso. Su canto no conoce cauces, ni riberas. Poesía incontenible, sin estancamientos ni recovecos. En cada poema el autor como que se vacía y hace una pausa hasta el próximo poema. Su vida poética debió ser un poético martirio. ¡Eso de poner la última palabra! Por eso su producción es demasiado generosa, frecuentemente aturdidora.

Y todo esto en un lenguaje impecable, en un ritmo centelleante, en una persecución de ideas que nunca llegan a alcanzarse. Desde joven atesoró la formación lírica, como se nota ya en sus primeros versos, el humanismo seguro con todo su diccionario de dioses y diosas, de heroínas bíblicas y profanas.

Tenía dos lenguas maternas: la castellana aprendida en la casa paterna de Salvatierra y la latina que había mamado de la loba palatina romana. A la larga se nota la influencia de los literatos medievales y maestros españoles, la euritmia de nuestras serranías, de los lagos, de ese lugar que él llama “el paraíso”, (antes de la canción Michoacán). La Sagrada Escritura la lleva en el corazón y en los labios, con todos sus héroes, con sus hermosas muchachas gráciles como palmeras del desierto.

Poesía selvática la suya: allí caben todos los caminos, todos los paisajes, todos los mármoles inmortales, las resonancias de las abejas hibleas y de las mieles áticas.

Su verbo sazonado de frecuentísimos cultismos, de lirismos ancestrales. Y entre todo esto, se yergue la figura del sacerdote piadosamente enamorado de Dios y de la Virgen. Mucha de esta poesía es recuerdo de compañeros y amigos, de paisajes vividos, de experiencias religiosas piadosamente deliciosas. Pero ante todo, la belleza. Sumo cazador de la Suma Belleza. Es por eso que no tiene par entre los

poetas clasicistas de su tiempo. Su señorío sobrepasa el prosaísmo de otros poetas; su retórica avasalla por su esplendor; su cultura clásica es delicada, posee un cierto culteranismo gracioso y sereno.

Cuando irrumpe el Modernismo Literario, él permanece fiel a su cánones y no permite contagio alguno. El es humanista y es Arcade hasta la muerte. Podremos estar o no de acuerdo con los caminos de su poesía, nos puede parecer empalagosa y exagerada su canción, pero no podemos negar que nos encontramos con uno de esos hombres ante quien debemos descubrirnos y del cual debemos aprender la elegancia del oficio, y la educación del ritmo y del verso. Por eso lleva bien puesta en su cuello la Venera de Arcade Romano.

Fue un ciudadano de las letras, más allá de Salvatierra, más allá de las fronteras de su país. Supo rodearse de amistades prestigiosas y prestigiadas, como lo veremos más adelante, si mis sufridos oyentes me lo permiten.

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