Editado el contenido de la revista "Por Amor al Arte" del Maestro Mario Carreño Godinez

martes, 10 de julio de 2007

EL PADRE ESCOBEDO, HOMBRE DE ESTA NUESTRA TIERRA

Por el doctor Jesus Guisa y Acevedo, representante oficial de la Academia Mexicana, en el homenaje que la Corresponsalía del Seminario de Cultura Mexicana de Salvatierra efectúo el 7 de febrero de 1974 con motivo del primer centenario del natalicio del señor canónigo don Federico Escobedo y Tinoco.

Muchas veces y con atención de gran advertencia habremos los salvaterrenses que considerar el caso este, de ser el ilustre Padre don Federico Escobedo de aquí, de nuestra ciudad. El feliz concierto de una vida, la suya, en todas sus manifestaciones, en todos esos movimientos salidos de su entraña y de su raíz de hombre, un algo y, para ser exactos y precisos, un mucho, tiene de ese ambiente nuestro, del « gigantesco Culiacán «, como él le llama, de nuestros contornos, del verde de nuestras praderas, de los frutales promisorios plantados por la mano amiga de los carmelitas, del siempre florecido valle, del impetuoso Lema y, para decirlo todo de una vez, de la dádiva, de prodigalidad continuamente renovada, con que nos obsequia nuestra tierra. De niño resonó en sus oídos el retumbante y multiplicado eco de ese domesticado, civilizado río nuestro, que rugiente se quiebra en El Salto, como para darnos aviso de su presencia fecundante, de su frescura comunicativa, de sus asiduos golpes, de gravedad insistente, generadora de fuerza motriz y de una prefiguración de esa luz con que, por designio de lo Alto, tenemos todos nosotros la vocación de identificarnos, gracias a los efluvios, refulgentes de amor, cuyo foco, no solo inextinguible, sino cada vez mas brillante, tenemos en la Madre de Dios, Patrona de Salvatierra.

El Padre Escobedo es un ejemplo, producto acabado, por otra parte, de una armonía entre el individuo y su medio. Habría de ser, fiel a esa armonía, que el trabajo, asido, con el consciente alborozo de un niño grande, a las bellezas naturales de esa escogida comarca, un poeta, un gran poeta. Esparcidor de luz, dador de bellezas, presuroso de acercarnos a la verdad, nos introduce a los clásicos de la antigüedad. Es Grecia y es Roma, las enseñanzas de sus grandes escritores, la penetrante agudeza de sus artistas, los sabios coloquios de sus oradores políticos, los juegos de sus atletas y, sobre todo, las validas reflexiones acerca de la miseria y, de la grandeza del hombre, que todos ellos pusieron de manifiesto, lo que nos dio a conocer, grandes humanistas como fue, el Padre Escobedo. Recogió en su memoria los dichos y los hechos de griegos y romanos; hizo deposito de sus hazañas y de sus torpezas; guardo y conservo sus aciertos literarios y, docto en la lengua de unos y de otros, le dio lustre a la nuestra y fue hombre de consumada elegancia en el decir.

Y Salvatierra, su suelo, el marco de la ciudad, sus horizontes, su cielo, su agua, ávida de ir a los campos, el verdor, de variados matices, primaveral todo el año, y la suave blancura de una luz que vemos con los ojos de la fe, fueron el asiento el escenario, el estimulo de una vida, la del Padre Escobedo. Y él, regalo, delicia, orgullo nuestro, nos convida e insta, nos incita y estimula, nos inclina y convoca a seguir su ejemplo, a repetir, y aun mejorar sus experiencias. Si el fue humanista cumplido y dio luz a la inteligencia, cualquiera de nosotros y los mismos niños que nacen hoy, un siglo después de su nacimiento de el, pueden, y deben imitarlo. Él respondió al empuje del medio este, de concertadas grandezas naturales, de solicitudes premiosas, y aun tiempo amistosas, a manifestar en nuestra actividad una armonía humana, traslado de la armonía que nos rodea.

Se complacía en dar a conocer la belleza de expresión, y de contenido, de sus queridos autores griegos y romanos. De Simonides, cantor de las proezas de Leonidas, nos traducía este pasaje; « De los que perecieron en las Termopilas, ilustre es su suerte y glorioso su destino. Para ellos, no ha de haber tumbas, sino altares; ni lagrimas, sino himnos; ni lamentaciones, sino elogios. Esto será un monumento que la herrumbre y el tiempo destructor de todo no abatirán jamas «.

Al hablarnos de Herodoto, el padre de la historia, nos decía que, aunque sin la solidez científica y el patetismo de sus continuadores, tenia una naturalidad inimitable y una gracia de estilo por ningún escritor alcanzada.

La madurez, la precisión, la nobleza, la fuerza de convicción y la elegancia, tenemos, hoy como siempre, que buscarlas en Grecia, todavía con mas amplitud, y, por tanto, con mayor gozo que en Roma. En una y otra parte encontramos el heroísmo razonado, por esto mismo más admirable, la piedad sincera, la generosidad y la disciplina. La armonía, la paz, el bienestar, la modestia, la áurea mediocritas, la mediocridad dorada, de que hablaría Horacio, fueron un descubrimiento de estos hombres, señaladamente de Socrates, Aristóteles nos lleva a la Causa Primera a al Primer Motor, que nosotros llamamos Dios, Maestro de Santo Tomas, y perfeccionado por este, sigue siendo el padre intelectual de Occidente.

En política los griegos y los romanos nos enseñaron a tratar en publico, y mediante una discusión libre, todos los asuntos de interés común. « No, atenienses, traducía el Padre Escobedo a Demostenes, la injusticia, la perfidia, la mentira, nunca han fundado nada sólido. Un gobierno de esa índole puede durar unos instantes, tener brillo falso y aplausos de paniaguados y hacer promesas; pero pronto el vicio salta a la vista y todo se desbarata. Una casa no vale sino por sus cimientos, un navío por su quilla. Las acciones humanas tienen necesidad de alimentarse de la verdad y de la justicia. Y esto es lo que le falta a la policía de Pilpo «.

La antigüedad clásica nos deja un legado que consiste en el cultivo de la razón, en el esplendor de la belleza, en la fuerza acompañada de la gracia, esto en los juegos atléticos, y el derecho, esto en las relaciones cívicas y en las de nación a nación. El ideal Humano es la medida y la armonía: De aquí la consecuencia obligada del horror al caos y la adhesión al orden.

Gran humanista, hay que repetirlo, fue el Padre Escobedo; pero, cristiano, sacerdote, poeta, y, primero que todo esto, salvaterrense del río Lerma, del cerro de Culiacán, de las guayabas olorosas, de los cacahuates sapidos, de las manzanas de cristal, de las hortalizas jugosas, y, ante todas cosas, de la Virgen de la Luz, fue cumplidamente, gracilmente, poéticamente, un firme expositor de la magnificencia divina, de excelencia grande en sus dones, manifiestos en la Naturaleza-recordemos la Rusticatio mexicana de Landivar, vertida por el castellano- y activos, reflejo del amor divino, en el corazón de cada uno de nosotros.

Al orden natural, al apego a la razón, a la penetración en la hondera del hombre, a esa exaltación de la inteligencia y al descubrimiento de la belleza, cosas todas herencia de Grecia y Roma, el Padre Escobedo, llevado y movido por su clara conciencia de cristiano cabal y de hombre de Iglesia, agrego su luz de salvaterrense, hijo de la Virgen, y su luz de su armonía con Dios.

J. Jesús García y García

Federico Escobedo. Una

vislumbre de su personalidad

Noviembre de 1999

Todo escritor, en última instancia, escribe

desde sí mismo o acerca de sí mismo.

SEGUNDO SERRANO PONCELA

No se alcanza en arte la universalidad sin un arraigo nativo.

AGUSTIN YAÑEZ

Entrada

Hacemos comparecer hoy ante nosotros a don Federico Escobedo en el año 125 de su nacimiento y 50 de su muerte. Ya debe estar aquí. No hay en esto sombra de espiritismo, de mala magia o de brujería. Tampoco es un desplante sacrílego a lo Tenorio. Lo llamamos porque deseamos redescubrirlo y mimarlo. Tal es la suerte que de suyo corren los muertos que no han muerto, los ilustres: deben responder a cuanta convocatoria se les haga. Por algo les decimos -y son- inmortales. Sólo el pobre difunto oscuro que nunca es recordado ha fallecido de veras.

La presencia aquí de don Federico nos mueve a interrogarlo, a pedirle que nos cuente su vida y nos aclare su pensamiento. Querríamos, además, aun sin poseer la sabiduría médica, auscultarlo, indagar qué clase de ruidos se traía en el pecho el dilecto paisano, qué ritmo cardíaco lo sostenía en pie, cuáles eran los más acentuados rasgos de su personalidad, ese «conjunto de caracteres que distinguen a cada individuo y lo hacen peculiar».

Desde Aristóteles, por lo menos, viene definiéndose al ser, a todo ser, como un compuesto de sustancia y accidentes, y mucho después se dijo, matizando un poco mejor y refiriéndose específicamente al ser humano, que es un compuesto de su yo y sus circunstancias. Mi designio esta noche es acercarme, tanto cuanto me lo permitan mis naturales limitaciones, al yo y las circunstancias de Escobedo, aun a riesgo de que logre únicamente cubrir a nuestro homenajeado con un manto tejido con mi propio yo y mis particulares circunstancias. Tal es el riesgo de las empresas de esta clase.

Sostengo que Escobedo está aquí, pero no estamos en posibilidad de decodificar sus respuestas ni de interpretar sus signos clínicos, de modo que, para nuestros propósitos, hemos de ayudarnos con el esbozo biográfico que ofrezco en seguida, indispensable tarjeta de visita, y con el somero análisis con que trataré que su persona sea objeto de una comprensión más o menos extensa.

Esbozo biográfico

Federico Escobedo y Tinoco, canónigo, poeta y humanista, miembro de la Arcadia Romana y académico de la lengua en México, España y Colombia, nació en Salvatierra el 7 de febrero de 1874, en la casa marcada hoy con el número 809 de la calle de Hidalgo. Si mucho se ha dicho que nació el día 8 del mes y año referidos es por confusión con el día de su bautizo, pues fue precisamente el 8 cuando el párroco Rafael Aguilar bautizó solemnemente a «un infante que nació hace un día en esta ciudad», al que puso por nombre Juan Federico, hijo de don Leandro Escobedo y doña Porfiria Tinoco.

Don Leandro comerciaba con ropa. Provino de Yuriria, donde en 1867 había ocupado el cargo de Jefe Político del Distrito. Siguió incursionando en la política: en Salvatierra fue Regidor Quinto en 1872 y Regidor Primero en 1873, pero fue destituido del cargo tres meses antes de que concluyera el año porque se negó, al igual que otros funcionarios, a protestar obediencia a la Ley de Reformas y Adiciones Constitucionales, instrumento por el cual don Sebastián Lerdo de Tejada, sucesor de don Benito Juárez en la presidencia de la república, incorporó a la Carta Magna de 1857 las Leyes de Reforma, con lo que éstas se formalizaron y pudieron así aplicarse medidas tales como la separación de la Iglesia y el Estado, la libertad de cultos, la nacionalización de los bienes eclesiásticos, la consideración del matrimonio como un contrato civil, la secularización de los cementerios, la abolición de los días festivos religiosos, la supresión de la asistencia del gobierno a los actos piadosos, y, sobre todo, la disolución de las órdenes religiosas, incluso las Hermanas de la Caridad que por decreto del propio Juárez habían sido puestas a salvo de la extinción.

Después (1876), don Leandro volvió provisionalmente a Yuriria para ser por segunda vez el Jefe Político de aquel lugar. En 1881 lo encontramos renunciando al puesto de Juez Municipal de Salvatierra, y en 1887 era Procurador del Ayuntamiento salvaterrense cuando firmó, junto con los regidores Doroteo Vera, Pomposo Martínez y Rafael Nieto, una hoja de protesta por la exclaustración de las monjas capuchinas de la localidad, protesta que provocó las iras y el acoso del Jefe Político don Manuel A. Romo.

Hay versiones de que fueron seis y otras de que fueron diez los hijos del matrimonio Escobedo Tinoco. Se recuerdan, además del de Federico, los nombres de María (quien murió célibe atendiendo al presbítero), del revolucionario Vicente y de Luis y Julia, estos dos muertos de vómito al sorprenderles la epidemia en Veracruz.

Entre 1881 y 1885, mientras era monaguillo del señor cura don Rafael Aguilar, Federico hizo sus estudios primarios en Salvatierra, recibiendo la instrucción del idóneo y afamado don Sebastián Tejada en el colegio de la Purísima Concepción. Para fortuna de aquel adolescente, en noviembre de 1885 tomó posesión del cargo de párroco de Salvatierra el abogado y sacerdote, literato, periodista e historiador michoacano don Tirso Rafael Córdoba, quien fundó aquí inmediatamente un colegio para alumnos avanzados. A ese colegio ingresó Federico y poco tiempo necesitó para mostrar a los ojos de Córdoba una sensibilidad nada común y claras aptitudes literarias. El párroco no perdió tiempo: disolviendo indirectamente el noviazgo de Federico con Amalia Toledo, envió al muchacho a Puebla (habrá sido en tren, de cuyo servicio gozábamos en Salvatierra desde 1883) a estudiar por tres años en el Seminario Palafoxiano el curso completo de Humanidades, que constaba de las materias de Analogía, Sintaxis de la Lengua Latina y Retórica. Tiene allí el salvaterrense sus primeros contactos con los clásicos, y las calificaciones que alcanza son siempre las más brillantes.

Es ya 1889, ha cumplido quince años y debe decidir sobre su carrera. No será médico, como hubiera querido don Leandro, sino sacerdote, como le dicta la vocación. Ingresa a la Compañía de Jesús y es destinado al Colegio Noviciado de San Simón, en Michoacán. Son tres los años del noviciado y uno más para completar los estudios de latinidad. Emite sus primeros votos religiosos y cursa dos años de Retórica antes de viajar a España (1894) para estudiar la filosofía en Oña, provincia de Bribiesca de Burgos, en compañía de otros 19 jóvenes mexicanos, entre los cuales iban futuras lumbreras de la Orden (Cuevas, Heredia, Carrasco, etc.).

Antes de lo previsto retorna a la patria, enfermo por la intensidad de los estudios. Le prescriben la terapia del descanso, pero no la observa porque se ha iniciado en el magisterio. Así, sucesivamente, en San Simón desempeña la cátedra de Literatura, la prefectura de externos en el colegio de San Juan Nepomuceno de Saltillo, y una cátedra para externos en el Colegio de Mascarones, de México. Su inspiración poética empieza a ser productiva: en 1898 dedica un cuaderno manuscrito de sus versos al padre Bernardo Bergöend. El primer poema que allí se recoge está fechado en 1893.

Para los inicios de 1899 Federico ya no está en la Compañía de Jesús. Ha renunciado porque el «cajón de ropa» que don Leandro tiene en Salvatierra no produce lo suficiente para el sustento de los suyos y, finalmente, queda en bancarrota. Don Leandro, desalentado, huye de Salvatierra y Federico vuelve al mundo, al «siglo», para ayudar a la familia. Lo primero que hace es ir al terruño a vender lo realizable, pagar las deudas del papá y llevarse consigo a su madre y a los hermanos que permanecían con ella a Huamantla, Tlax., donde establece un colegio de niños. Por el mismo tiempo colabora en el periódico El País, de don Trinidad Sánchez Santos. Ocupado en atender aquel colegio lo encuentra el obispo de Puebla don Perfecto Amézquita, quien lo anima a ordenarse sacerdote. Ya no como jesuita, sino como miembro del clero diocesano, prontamente recibe las órdenes de subdiácono, diácono y presbítero en el Seminario Conciliar Palafoxiano, del que pasa en seguida a ser profesor de Retórica y Humanidades. Su cantamisa ocurre en Huamantla, el seis de diciembre de 1899. Es designado vicerrector del colegio episcopal de San Pedro y San Pablo de la capital poblana, y prensas poblanas le imprimen sus tres primeros libros en los albores del siglo XX.

Fuera de lo estrictamente concerniente a su ministerio, su centro de atención es la literatura clásica, particularmente la vertida en lengua latina: la enseña, la comenta, la traduce y la imita. En esas labores se encuentra el 22 de mayo de 1907, cuando la Academia de Buenas Letras y Ciencias de Roma avisa que ha concedido a Federico el título de árcade romano, con el seudónimo de «Tamiro Miceneo». Esa academia existe desde el año 1690. Fue fundada por el poeta y retórico Giovanni Mario Crescimbeni, contando con algún patrocinio que alcanzó a brindarle, poco antes de morir, Cristina de Suecia. Comúnmente se conoce a dicha corporación con el nombre más breve de Arcadia Romana. Sus miembros son escritores eminentes, sin distingo de nacionalidad, especialmente poetas (hubo entre ellos algunos papas y reyes), cuya nota característica es la de ser versados en las lenguas antiguas, y quienes toman el nombre de un pastor griego, real o imaginario, agregándole un gentilicio griego también. La Arcadia es una región de la antigua Grecia, en el centro del Peloponeso, zona montañosa convertida por la ficción poética en mansión de la inocencia y la felicidad, donde vivía un pueblo de pastores, los arcadios o árcades. En México, a lo largo de tres siglos, hemos tenido un puñado de árcades romanos, quizá no más de 19 contando a nuestro Tamiro. Y aquí hay que evitar la confusión con una Arcadia Mexicana que hubo durante el siglo XIX y que, al lado de su modelo, resultó «cosa de juego».

La Revolución llevó a Puebla su cauda de inevitables perjuicios y en 1914 Escobedo tuvo que hacerse cargo provisionalmente del arzobispado angelopolitano. Actuó entonces con tino y energía, enfrentándose varias veces a grupos armados extremistas para salvar vidas y bienes necesarios del clero poblano. Así tocóle encarar, entre otros, a los generales Pablo González y Francisco Cos. Por ironía del destino hubo de afrontar también a su propio hermano Vicente. El acierto de Federico se mide por el hecho de que al final de sus intervenciones lograba siempre el respaldo y protección de los mismos individuos beligerantes.

Ese mismo 1914, a propuesta de don Joaquín D. Casasús, Escobedo es llamado a la Academia Mexicana (de la Lengua), en calidad de miembro correspondiente. La Academia había sido fundada un año después de que él naciera. Poco después acaba rindiéndose a la necesidad de radicar en la ciudad de México. Allí sigue practicando la enseñanza, escribe para la prensa, despierta el interés con sus piezas oratorias y declamaciones. La Academia Mexicana lo convierte en individuo de número, carácter que conservará hasta su muerte. Sustituye a don Rafael Delgado y él, a su vez, será sustituido por don José Rubén Romero. Pronuncia en abril de 1917 su discurso de ingreso sobre el tema «Manzoni en México», que le es contestado por don José López Portillo y Rojas. A partir de 1918 es miembro también de la Real Academia Española, en la clase de correspondiente extranjero, según lo acredita el despacho signado por don Emilio Cotarelo ese 4 de octubre.

Vuelve a la provincia, como párroco de Teziutlán, en 1921. En aquel rincón tranquilo termina su célebre traducción de la Rusticatio mexicana de Rafael Landívar, que le es publicada en 1925 por la Secretaría de Educación Pública con el título de Geórgicas mexicanas. De la tranquilidad teziutleca lo arrancan en marzo de 1927 los esbirros callistas, perseguidores religiosos, quienes lo conducen a la ciudad de México para recluirlo en la guarnición de la plaza. Después de unos días de zozobra, porque aquella gente mata sumariamente, regresa a su parroquia.

Ahora va a Puebla como canónigo. El primero de marzo de 1940 la Academia Colombiana lo designa miembro correspondiente. Poco después empieza su declinación vital. La fortuna, que tantas veces aligeró el paso de sus cuitas, que le concedió la oportunidad de organizar su vida conforme a sus inclinaciones y preferencias, dio la espalda a don Federico en sus últimos días: una penosa enfermedad le atacó, pero no le impidió vivificar las potencias del alma, pues sobrellevó la dolencia con su sonrisa eterna. Ese padecimiento le causó la muerte el 13 de noviembre de 1949, cuando se encontraba en una verdadera miseria económica. En julio de 1950, a moción del grupo literario Bohemia Poblana, se erigió el busto en bronce de nuestro coterráneo en el jardín llamado «Federico Escobedo» de la colonia El Carmen de la ciudad de Puebla.

La bibliografía escobediana, contando libros, folletos, composiciones sueltas y colaboraciones, supera la cincuentena de títulos. Más abundante es, sin embargo, su obra dispersa en algunas publicaciones de difícil localización y la que anda, original e inédita, en manos de particulares. Una visión integral de dicha obra nos haría ver al autor en sus diversas perspectivas: «el poeta original en español, el poeta latino, el traductor insigne, el crítico sagaz que une la erudición con el puro hallazgo de la belleza, el orador fecundo, el autor teatral y el admirable escritor de cartas», que dice Joaquín Antonio Peñalosa.

La salvaterridad de Escobedo es cosa a prueba de dudas: dondequiera se mostró satisfecho de su origen. En 1939 acudió a la coronación de la Santísima Virgen de las Luces, a la que dedicó algunos poemas que recitó en memorable velada. Su pensamiento respecto al terruño se condensa en estos versos suyos:

Al Culiacán vecina,

con esmeralda fina

de mil huertos

en torno del circuito,

mírase una tierra

por nombre Salvatierra:

mi cuna, mi ciudad, mi hogar bendito.

Somero análisis

El esbozo que acabo de exponer -la tarjeta de visita, como quise llamarle- nos proporciona datos para una comprensión primaria de nuestro personaje. Vamos a ver ahora si contextualizando los escuetos antecedentes podemos precisarlos, enriquecerlos o al menos matizarlos, y a ver si el retrato mejora.

El tiempo, el espacio y la sociedad moldean al individuo desde su más temprana edad. Estamos hablando aquí de un individuo nacido en el templado Bajío guanajuatense (entonces sí verdaderamente templado y con estaciones climáticas mejor definidas que ahora), el Bajío de vocación predominantemente agrícola, en una época en que no había preocupación por el control natal, miembro, por consiguiente, de una familia que hoy vendría a ser numerosa, de raza indígeno-española (mestizo, pues), retoño de una familia de la clase media-baja.

Reinaba en la Iglesia católica Pío IX, el llamado «Papa del sufrimiento», el del segundo pontificado más largo de la historia: 31 años y fracción, superado en duración únicamente por san Pedro, a quien se le calculan 34 años de pastoreo universal. Pío IX es aquel que el 8 de diciembre de 1854 proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción; el que canonizó el 8 de junio de 1862 a san Felipe de Jesús, hasta ahora el único santo mexicano; el que en 1863 determinó una gran expansión de la Iglesia en México al erigir de una sola vez dos arquidiócesis (una de ellas la de Michoacán) y seis diócesis; el que convocó y presidió el concilio Vaticano I, en el que se definió el dogma de la infalibilidad del papa en materia de fe y de costumbres; el que, al morir, daría paso a la elección de León XIII (1878-1903), autor éste de la famosa encíclica Rerum novarum, en favor de los trabajadores. El pastor eclesiástico en nuestra región lo era el por varios motivos insigne don José Ignacio Arcigas y Ruiz, de también larga duración en su encargo.

A principios de 1874 México tenía, aproximadamente, diez millones de habitantes y aún se sostenía como presidente de la república don Sebastián Lerdo de Tejada, aunque amagado ya por Iglesias y Porfirio. Era gobernador del estado de Guanajuato don Florencio Antillón, y Jefe Político de Salvatierra don Epifanio Solache.

Entre la gente de pensamiento obtuso llegó a darse, en ingenuas épocas, la creencia de que se producía un irrevocable influjo del significado original de un nombre sobre la persona a la que se le adjudicaba; el nombre condicionaba al hombre: te bautizamos como Gustavo para que seas «bastón de mando en el combate». Lo disparatado de aquella forma de pensar se hacía patente, por ejemplo, cuando las Leticias salían mustias y agrias, y los Vicentes, infalibles perdedores. De algún modo aquello fue contrarrestado con la costumbre, hoy casi desaparecida, de asignar a los cristianos, en el bautizo, el nombre del santo que en el día de su nacimiento se festejaba, así fuera tan de poca eufonía como Policarpo, Mamerto, Mucio o Cunegunda, o bien cambiando el género del nombre, de tal modo que salieran los Teresos, los Caritinos, los Magdalenos o las Jorgelinas. Sin una ni otra orientación, don Leandro y doña Porfiria le pusieron a nuestro célebre poeta ese nombre de origen teutón, Federico, que dicen que significa «príncipe de la paz». De chiripa y todo, acertaron. Ya hablamos de las habilidades pacificadoras del padre Escobedo durante la revolución iniciada en 1910. Otros signos de su pacifismo se manifestarán más adelante.

Federico nació sin anormalidades físicas ni, que se sepa, marcas de nacimiento. De haber tenido algo de eso probablemente hubieran sido otras sus actitudes. Por lo demás, no estuvo sujeto, durante su avecindamiento salvaterrense, a esfuerzos cotidianos de desplazamiento: nada más cruzaba la gran plaza y se encontraba ya a las puertas del templo parroquial, centro de su ocupación infantil, el acolitado, en el que tuvo sus primeros contactos con el latín:

- Introibo ad altare Dei.

- Ad Deum qui laetificat iuventutem meam.

Su primera escuela le quedaba en equivalente cercanía, y la segunda se ubicaba, asimismo, en la sede parroquial.

Conforme a la época, era muy profundo e inalterable el respeto que profesaba a sus padres, los cuales formaban una pareja bien avenida. Don Leandro, ya lo apuntamos, en materia de fe era un feligrés comprometido, opositor a las injusticias contra la Iglesia. No hay constancia de que haya sido un adepto al Imperio, pero tampoco de que fuera un liberal militante. Sólo podría tachársele de mal administrador. Por cierto, Federico, salvo algún asunto de salud, no tuvo tempranos contratiempos: el primero le vendría a la edad de 25 años, cuando la quiebra del establecimiento comercial de su progenitor.

La sociedad salvaterrense del último cuarto del siglo XIX era, en general, proclive a la tranquilidad, a pesar de haber sufrido mucho con poco más de sesenta años de perturbaciones sociales en el país: primero la guerra de independencia y, al concluir ésta, múltiples asonadas y motines de todo signo y diferente gravedad; luego la increíble y trágico-grotesca «Guerra de los Pasteles»; el gran despojo de que nos hizo víctimas el imperialismo yanqui; la guerra de Reforma; la intervención francesa y la lucha a morir entre republicanos e imperialistas, culminada con el fusilamiento ocurrido en el cerro de las Campanas. Acabada esta lucha, que de todos modos era en gran parte fratricida, quedaron sin ocupación muchos hombres armados y en estado de exaltación guerrera: algunos se organizaron en gavillas y, tomando como pretexto la causa que fuese, o sin ninguna, pelearon para saquear a las mal defendidas poblaciones provincianas. En 1870, en momentos en que no hubo autoridad formal, los vecinos de Salvatierra habían tenido que organizarse en una llamada Junta Menor para defender a la ciudad de las partidas de facinerosos comandadas por Esteban Bravo, Celso Orozco, Cayetano Lara y Telésforo Alcántara que, supuestamente, luchaban en contra de don Benito Juárez, después de haber estado a su servicio. Las prevenciones fueron inútiles y la localidad fue asaltada el 28 de febrero de ese mismo 1870, con algunos considerables perjuicios, entre ellos la quema del archivo municipal. El amago siguió hasta 1872, por parte, especialmente, de Marcial Bravo y Casimiro Alonso.

De anhelos de paz deben haber estado platicando los vecinos mientras nacía Federico. Ciertamente Salvatierra pocas veces fue centro de batallas importantes durante aquellas décadas de lides guerreras, pero sí fue víctima constante de exacciones (exigencias más o menos violentas de «ayudas para la causa», arbitrariamente impuestas), de las odiosas levas, de secuestros, etc. Y todavía faltaban revueltas. Algunas despertaron simpatías personales, pero el peligro en lo colectivo era patente: así se produjo la primera Cristiada (1874-1875) contra la ya mencionada incorporación de las Leyes de Reforma a la constitución, y después el Plan de la Noria y los de Tuxtepec y Palo Blanco. Finalmente vino esa paz porfiriana que ahora nadie agradece pero que en su momento fue un grato remanso.

Por aquel entonces, cuando no había amenazas a la vista, en los haraganeros patios de la provincia abajeña la vida tenía honduras de refrescante pozo artesiano; la palabra tertulia tenía un significado que era ratificado con la práctica, y entre ésta y otras andancias de la comunicación se daba el trato humano, al concluir la jornada, a semejanza -todo lo remota que se quiera- del ágora griega; contraste evidente con nuestra actualidad en la que no puede estar más infavorecido el «placer cordial de desatar la lengua con nuestros semejantes». De aquella languidez quedan ahora restos nomás en nuestra Salvatierra, regidas como están nuestras vidas «por el grávido péndulo de un reloj torturante». El tiempo ha remontado hoy categorías conceptuales y advino disparatadamente a lo axiológico. Domina la premura y reina un frenesí «moderno» que nos impide simpatizar con el mundo decimonónico, inentendible ya, para siempre perdido.

Con todo esto no cuesta trabajo imaginar a Federico Escobedo como un ser afortunado, sin conflictos ni cronométricos apremios, o en quien, por lo menos, se dio un maravilloso desacuerdo del tiempo del reloj con el tiempo del alma.

Dijo don Alfonso Junco: «Dulce varón fue el padre Escobedo. Alma exquisita y cándida, enamorada de toda belleza y derramada en toda bondad, era imposible acercársele sin sentirse atraído y conquistado. Ajeno a las materialidades circundantes, vivía en las hechizadas nubes de la poesía... Era un humilde triunfador, se crecía y volcaba en la exaltación poética, y volvía luego, suave y benigno como siempre, a su estudiosa penumbra».

Ya casi completamos su efigie: todo nos lleva a que nuestro personaje luce muy dulce, muy sonriente (las fotos avalan esto), muy sosegado, bonachón, que no quiebra un plato. ¿Será cierto?

Además, ¿no era lo suyo la poesía bucólica, esto es, la pastoril o campestre, que canta la belleza de la vida humana desarrollada en íntimo y amoroso contacto con la naturaleza? Es lógico suponerle alguna identificación con ese género de vida. Algunos saben lo que es estar largo rato en el campo y mejor si es en soledad: absorbe a uno el silencio pleno, matizado apenas por el rumorcillo de un suave céfiro; sólo de vez en cuando se registra algún ruido notable: un relincho o un mugido, más o menos lejanos, alguna voz, acaso un silbido; la vista se enfoca al horizonte, la imaginación vuela; los cantos de las aves son otra cosa, muy especial: ocurren inesperadamente, con galana resonancia, y el que los escucha se transporta a otras dimensiones. Por algo se nos quería hacer creer antiguamente que los pastores pasaban la vida apaciblemente cantando y tejiendo guirnaldas de flores. Federico apreciaba esto que formaba parte, ciertamente, de sus preferencias.

Y, abundando un poco, ¿no tenemos a don Federico por humanista? ¿Pero qué es eso? Sabemos que hay el humanismo literario y el humanismo vital. En el primero el humanista posee el conocimiento y practica el cultivo de las lenguas clásicas, el griego y el latín, y de sus correspondientes literaturas, al paso que el humanista vital busca que el hombre se eleve hacia un ideal de perfección, mediante el reconocimiento y realización de los más altos valores que posee naturalmente por su condición humana. Estas formas no se excluyen mutuamente y, en el mejor de los casos, la segunda abarca a la primera, como es fama que sucedió con nuestro Federico, en buena parte por su paternal actuación como maestro y como cura de almas.

Pero, ¡cuidado! No existen los caracteres imperturbables, de una pieza, parejos. El doctor Alberto Ruiz Gaytán dijo ver en Tamiro un ánima dudosamente domesticada, traviesa y juvenilmente juguetona. Y, además, hay mansedumbres y mansedumbres. Federico, ante la puya, sacaba la casta. No hay más que ver lo acerbamente que trató al académico guatemalteco Federico Díaz de León cuando se sintió injustamente criticado por éste.

Me doy cuenta de que habría mucho más que hablar en torno a nuestro homenajeado. Casi no hicimos más que empezar la exploración. Pero no debo seguir abusando de la amable atención que ustedes, generosamente, me han brindado. He de concluir pronto, pues.

Salvatierra, don Federico, yo los veo retratados el uno en el otro: afortunados crónicos, fieles a un destino prefijado, dueños de una tranquilidad que parece confundirse con el tedio pero llenos ambos de una sustancia poética que juguetea disimuladamente y es rota de cuando en vez por algún ex abrupto.

Llamo ahora en mi auxilio a nuestro segundo académico de la lengua, don Jesús Guisa y Azevedo, para que él, con palabras de hace 25 años, dé las últimas pinceladas al retrato del padre Escobedo:

El feliz concierto de una vida, la suya, en todas sus manifestaciones, en todos esos movimientos salidos de su entraña y de su raíz de hombre, un algo y, para ser exactos y precisos, un mucho, tiene de este ambiente nuestro, del «gigantesco Culiacán», como él le llama, de nuestros contornos, del verde de nuestras praderas, de los frutales promisorios plantados por la mano amiga de los carmelitas, del siempre florecido valle, del impetuoso Lerma y, para decirlo todo de una vez, de la dádiva de prodigalidad continuamente renovada con que nos obsequia nuestra tierra.

Más adelante dijo el doctor Guisa:

...es un ejemplo, producto acabado, por otra parte, de una armonía entre el individuo y su medio. Habría de ser, fiel a esa armonía que él trabajó, asido, con el consciente alborozo de un niño grande, a las bellezas naturales de esta escogida comarca, un poeta, un gran poeta.

El remate fue de maestro:

Y él, regalo, delicia, orgullo nuestro, nos convida e insta, nos incita y estimula, nos inclina y convoca a seguir su ejemplo, a repetir y aun mejorar sus experiencias. Si él fue humanista cumplido y dio luz a la inteligencia, cualquiera de nosotros y los mismos niños que nacen hoy, un siglo después de su nacimiento de él, pueden y deben imitarlo.

Despedida

Muchas gracias, don Federico Escobedo, por acudir a este homenaje que le hacemos y que hoy empieza. Muchas gracias por permitir, sin protesta, que yo especulara esta noche sobre su personalidad. Muchas gracias. Lo despedimos a la usanza de hoy: «¡Cuídese mucho!... y sea feliz».

Bibliografía principal:

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